Recientemente el
profesor Jeffrey Sachs, catedrático de economía y director del
Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, asesor de gobiernos de
países en desarrollo y del este de Europa, ha publicado un mapa del mundo en el
que los países están divididos en tres categorías. [1]
La primera está integrada por países con tecnología propia, los cuales, con
el 15% de la población mundial, generan la casi totalidad de las innovaciones
tecnológicas y el 55,5% del producto bruto del mundo. La segunda, con el
50% de la población mundial, la forman los países sin tecnología propia pero
capaces de adoptar las tecnologías foráneas en sus procesos de producción y en
el consumo. El resto ni tiene tecnología propia ni está en condiciones de
utilizar la foránea.
La frontera del sur de Europa entre los
países con tecnología propia y los de segunda categoría no está en el estrecho
de Gibraltar, sino en los Pirineos. Los criterios de clasificación de Sachs son
objetivos, aunque algo arbitrarios, por la necesidad de trazar la raya en
alguna parte. Son países con tecnología propia los que consiguen registrar en
Estados Unidos 10 o más patentes por año y
por millón de habitantes. España, con 40 millones de habitantes, tendría
que registrar al menos 400 patentes por año, en vez del promedio de 154
patentes por año registradas en el período 1997-2001. La definición de países
de segunda categoría responde al siguiente criterio: son aquellos que exportan
productos de alta tecnología por un importe superior al 2% de su producto
interior bruto.
Estos criterios cuantitativos revelan
algo sorprendente. España está en la segunda categoría, por ser un exportador
considerable de productos de alta tecnología: coches de las principales
multinacionales, semiconductores de la fábrica de AT&T en Tres Cantos,
Madrid, impresoras de Hewlett-Packard
fabricadas en Barcelona, etc. Es importante notar que Hewlett-Packard ha
anunciado recientemente recortes drásticos en su actividad de fabricación de
Barcelona, por lo que ello supone de falta de control sobre la economía propia.
Algo similar sucedió hace algunos años con una fábrica de IBM en Valencia.
Por otra parte, Rusia es un país de tercera categoría,
sin tecnología propia ni exportación de productos de alta tecnología. Esto a
pesar de su excelencia en áreas científicas y tecnológicas perfectamente
definidas: matemáticas, física, armas nucleares, submarinos nucleares, programa
espacial, etc.
Esto revela la utilidad de los criterios de
Sachs en los que se pone de manifiesto la relación íntima entre la tecnología y
el desarrollo económico. Sachs no es un americano de miras estrechas, sino un
proponente y defensor acreditado de programas de ayuda al tercer mundo, tanto
en el área de la sanidad (SIDA, malaria, etc.) como en la económica
(cancelación de la deuda, ayuda a la educación, etc.). El hecho de referirse a
patentes registradas en Estados Unidos tiene una lógica obvia ya que, como
primer mercado mundial, todo el mundo está interesado en registrar sus patentes
allí. Esto es lo que hace Zeltia, matriz de PharmaMar, nuestra compañía de
biotecnología. Si consigue culminar el proceso de aprobación por la Federal
Drug Administration (FDA) de su compuesto activo contra el cáncer (ET-743), después de superar las pruebas
clínicas a gran escala, su asociada, la multinacional farmacéutica
Johnson&Johnson, tendrá la exclusiva de su distribución en Estados Unidos
durante un mínimo de 14 años. Debe notarse que hay algunos fármacos anti-cáncer
cuyas ventas en los Estados Unidos alcanzan los $5.000 millones anuales.
Unos pocos países (Taiwán, Corea del Sur e
Israel) han ascendido de la segunda categoría a ser miembros de la élite de
países innovadores con tecnología propia. Produce una cierta melancolía el
pensar que Corea del Sur, una colonia japonesa hasta 1945 y como tal frente de
guerra en la segunda guerra mundial, que emergió en ruinas en 1953 de una nueva
guerra devastadora, está en la élite tecnológica mundial, mientras que España,
después de un enorme gasto presupuestario a lo largo de 63 años de paz, no
tiene tecnología propia. Se puede considerar que la carrera tecnológica en
España comienza en 1939, con la creación del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC).
Cuando se examina la
estructura organizativa de la División Juan de la Cierva del CSIC en 1968, no
puede evitarse concluir que era una estructura jerárquica gigantesca creada con
un afán de pomposidad [2]
y para el beneficio de sus integrantes, y no para llevar a cabo una misión
eficaz de investigación científica. Esta estructura era: Junta de Gobierno con
un Presidente, un Vice-Presidente, un Secretario General, un Secretario
Adjunto, y 14 miembros de la Junta (todos en nómina); además, la división tenía
25 asesores de la Junta de Gobierno. Por supuesto, esto haría imposible que un
científico brillante pudiera llevar a cabo su trabajo, si toda esta maraña de
burócratas tuviese que ser informada para obtener la aprobación de un proyecto.
¿Por qué mencionar lo que era hace más de 32 años? Por dos razones. La primera
es para mostrar que los medios existentes se han utilizado para engordar
a unos burócratas. La segunda, igualmente importante, es para plantear la
pregunta transcendental, ¿es que se ha eliminado la cultura burocrática?. Como
se argumenta en el capítulo 6 sobre el CSIC, parece evidente que la baja
productividad de este organismo a lo largo de su historia se debe
fundamentalmente al hecho de que sus investigadores son funcionarios en la
nómina del Estado que detentan sus puestos en propiedad, y que
consideran su trabajo como una actividad intelectual recreativa, ya que no
están sujetos a exigencias de rendimiento (lo que a veces se llama tensión
creativa).
Las
patentes como medida del nivel tecnológico
Existe una gran
cantidad de datos sobre patentes, tanto nacionales como internacionales.
Recientemente se ha creado la European Patent Office para mantener un
registro centralizado de patentes europeas. Pero en la actualidad, la oficina
más importante y con los datos históricos más extensos (se remontan a 1790), es
la United States Patent Office (USPTO).[3]
Como toda invención científica o tecnológica de cualquier país con
posibilidades de explotación económica resulta en una solicitud de patente en
la USPTO, utilizo los datos de este
organismo sobre las patentes concedidas (no las solicitadas) para
obtener una radiografía del nivel tecnológico de España y de algunos países de
nuestro entorno.
Mi
objetivo es presentar los datos esenciales cuyo significado es transparente, y
no tablas extensas con multitud de parámetros que sólo dificultan la
comprensión. En la tabla siguiente se incluyen las patentes concedidas en el
período 1997-2001 a cuatro países europeos:
Tabla 1.1. Número de patentes concedidas por la USPTO en 1997-2001
a
varios países europeos
|
Año |
España |
Suiza |
Francia |
Reino
Unido |
|
1997 1998 1999 2000 2001 |
97 203 146 153 173 |
1.446 1.395 1.549 1.610 1.894 |
2.753 3.448 3.491 3.702 4.054 |
843 1.171 2.209 2.590 2.731 |
|
Promedio
por año |
154 |
1.519 |
3.489 |
1.908 |
|
Promedio
por año por millón de habitantes |
4 |
208 |
59 |
32 |
El número de habitantes de estos países (en millones) es: 40; 7,3;
59,3; 59,5.
Esta tabla contiene el número de
patentes concedidas a los países indicados, es decir, corresponden a investigación y desarrollo realizados en los
países respectivos, lo cual es la medida más clara y fiable de la actividad
investigadora de cada país. Puede incluir, en principio, trabajos realizados en
los distintos países por investigadores extranjeros, aunque esto no es un
factor importante en Europa.
El listón actual para ser
considerado un país con tecnología propia, según Sachs, son 10 patentes por año
por millón de habitantes. Nuestra cifra actual es 4. Si se ajustan los datos de
estos cinco años a una línea recta por el método de mínimos cuadrados
(regresión lineal), se obtiene para España la recta de regresión:
y = 10.2 x + 123.8
en donde x es el tiempo en años
(1,2,3,...) y el año 1 corresponde a 1997, e y es el número de patentes
por año asignadas a España por la USPTO. De esta ecuación se puede estimar
cuando se alcanzará el objetivo de las 400 patentes por año para todo el país,
si sigue el actual ritmo de crecimiento. El listón se alcanzará en el año
2023, es decir, dentro de unos 20 años.
Las
rectas de regresión para los cuatro países se muestran en la figura 1.1. Se recuerda que estas rectas han sido
construidas con los datos para el período de cinco años 1997-2001. Las abscisas
1,2,3, ..., corresponden a los años 1997, 1998, 1999, ....; el valor 6
corresponde a 2002 y el valor 10 a 2006. Las ordenadas tienen valores iguales
al número de patentes concedidas dividido por cien, de forma que el valor 10
corresponde a 1.000 patentes, etc.
El
mayor ritmo de crecimiento en el número de patentes es el del Reino Unido el
cual, a partir de un número inicial relativamente pequeño (843 patentes en
1997), sobrepasará a Francia en el año 2006 con unas 5.500 patentes. Suiza
registra en la actualidad un número de patentes muy alto (cerca de 2.000) en relación
con su población (7,3 millones); parece claro que su ritmo de crecimiento en
patentes está básicamente limitado por su población. España registra en la
actualidad menos de 200 patentes por año, y su ritmo de crecimiento es el más
bajo de todos. Los ritmos de crecimiento están medidos cuantitativamente por
las pendientes de las rectas de regresión, y los resultados son desalentadores
para España: el Reino Unido crece con un ritmo 52 veces superior al de España;
Francia con un ritmo 29 veces superior y Suiza con un ritmo 11 veces superior.

Figura 1.1. Patentes asignadas por la USPTO a los distintos países
De la tabla 1.1 sorprende el
hecho de que Suiza, un país de 7,3 millones de habitantes, tenga un número de
patentes por millón de habitantes 52 veces superior al de España, 3,5 veces
superior al de Francia y 6,5 veces superior al del Reino Unido.
La
USPTO mantiene datos sobre las patentes concedidas a los inventores
individuales, identificados por su país de origen. Por ejemplo, si la patente X
ha sido asignada a los inventores A y B, y si A es español y B francés, y el
trabajo ha sido hecho en Estados Unidos, esto cuenta como una asignación a un
inventor español y una asignación a uno francés, es decir, no cuenta para nada
el país en donde se ha llevado a cabo el trabajo. Estos datos indican con
bastante claridad la proporción de inventores de los distintos países que han
hecho su trabajo en la diáspora. Los datos son los siguientes:
Tabla 1.2.
Número de patentes concedidas por la USPTO en 1997-2001
a inventores individuales de los
distintos países
|
Año |
España |
Suiza |
Francia |
Reino
Unido |
|
1997 1998 1999 2000 2001 |
239 363 340 378 424 |
1.407 1.638 1.706 1.803 1.913 |
3.467 4.320 4.472 4.621 4.942 |
1.435 2.075 3.872 4.748 5.062 |
|
Promedio
por año |
349 |
1.693 |
4.364 |
3.438 |
|
Promedio
por año por millón de habitantes |
9 |
233 |
74 |
58 |
El número de patentes asignadas a
inventores españoles es 2,25 veces superior al asignado a España (9/4); el
número de patentes asignadas a inventores suizos es sólo 1,12 veces superior al
asignado a Suiza; para Francia el factor es 1,25 y para el Reino Unido es 1,80.
Esto indica que los inventores españoles en la diáspora consiguen un número de
patentes por año, 195 (349-154), superior al de las patentes asignadas a
España, 154. Los inventores suizos se quedan casi todos en Suiza para hacer su
trabajo, los franceses se quedan en Francia casi en la misma proporción que los
suizos, mientras que hay un número considerable de británicos en la diáspora;
es decir, a las 1.908 patentes concedidas al Reino Unido hay que añadir las
1.530 conseguidas por los británicos que trabajan en el extranjero
(3.438-1.908).
Hay
que tener en cuenta que se asume la hipótesis de que las patentes asignadas a
los distintos países es por trabajos hechos por nacionales en sus propios
países. La fiabilidad de esta hipótesis varía según el país; por ejemplo, para
España la hipótesis debe ser casi exacta (¿cuántos científicos extranjeros
tienen plaza en propiedad en el CSIC o cátedras en las universidades?);
en Francia, cerca del 10% de los funcionarios-investigadores del Centre
National de la Recherche Scientifique (CNRS) son extranjeros; no tengo
datos para Suiza y el Reino Unido, aunque estos dos países tienen una tradición
muy abierta hacia los científicos y profesionales extranjeros.
Independientemente de la exactitud de esta hipótesis, las conclusiones
cualitativas son claras: los inventores españoles en la diáspora inventan más
que los de dentro de España (195 patentes vs. 154), luego siguen los británicos
con un número de patentes de la diáspora próximo al del interior (1.530 vs.
1.908), luego Francia (875 vs. 3.489) y por último, Suiza (174 vs. 1.519).
Esto pone de manifiesto la gravedad de la
fuga de cerebros en el caso español, o lo que es lo mismo, la incapacidad del
país de crear estructuras eficaces de investigación y desarrollo. Parece claro
que la solución no es poner más dinero en las estructuras existentes, por su
demostrada ineficacia y estancamiento a lo largo de la historia, sino eliminar
estas estructuras (el funcionariado) y crear otras nuevas a las que asignar los
recursos crecientes del país.
En la figura 1.2 mostramos las rectas de
regresión correspondientes a los datos de la tabla 1.2, en la que se registran
las patentes asignadas por la USPTO a los inventores individuales de los
distintos países. El número de estas patentes es naturalmente superior al
número de las asignadas a los distintos países, porque incluye tanto las
patentes obtenidas por los nacionales que trabajan en sus países de origen,
como las obtenidas por los que trabajan en la diáspora. Como hemos comentado
antes, ambos números son casi iguales para Suiza y Francia (los científicos
suizos y franceses emigran poco), pero son muy distintos para los españoles y
los británicos.

Figura 1.2. Patentes asignadas por la USPTO a los nacionales de los distintos países
La ecuación de la recta de regresión para los
españoles en la figura 1.2 es:
y = 38.5 x + 230
la cual tiene un ritmo de crecimiento
(pendiente) unas cuatro veces superior a la de España en la figura 1.1. Esta
recta de regresión ya no tiene el aspecto de un electroencefalograma plano como
la de la figura 1.1. Los ritmos de crecimiento correspondientes a los
nacionales de los otros países con respecto al de los españoles ya no acusan
diferencias tan marcadas como en el caso de la figura 1.1: el número de
patentes de los británicos crece con un ritmo 26 veces superior al de los
españoles; el de los franceses crece con un ritmo 8 veces superior y el de los
suizos con un ritmo 3 veces superior.
Utilizando
la ecuación de la recta de recesión anterior, el criterio de Sachs
(cuatrocientas patentes por año para el conjunto de España) se hubiera
satisfecho para x = 4.4, es decir, para mediados del año 2000 (se
recuerda que x = 1 corresponde a 1997). Esto implica que si los
investigadores españoles de la diáspora dispusiesen en España de un entorno
equivalente al que tienen en el extranjero, España podría ser en la actualidad
un país con tecnología propia. La solución no es, como demanda el
establecimiento científico español al gobierno, repatriar a los científicos en
el extranjero para meterlos en las estructuras de investigación existentes, en
especial en el CSIC, sino crear estructuras nuevas no funcionariales y
entonces, sólo entonces, repatriar a aquellos que quieran volver. Por supuesto,
esto sólo sería una parte de la solución, porque el sector privado también
tiene que jugar un papel esencial en el proceso.
Es
interesante
analizar las 173 patentes concedidas a España en 2001. Como es normal, algunas
de ellas no tienen ningún contenido científico o tecnológico (por ejemplo, un
diseño nuevo de un lavabo) y no se consideran.
El
número más elevado de patentes científicas y tecnológicas se concentra en el
área de las ciencias biomédicas o farmacéuticas, sobre todo en el desarrollo
de nuevos fármacos o moléculas con propiedades terapéuticas. Esto demuestra la
incardinación de esta investigación con el alto nivel de la medicina española y
sobre todo con el alto nivel asistencial de la seguridad social. Se nota la
presencia en esta área de investigación de compañías españolas, de las
multinacionales farmacéuticas establecidas en España, y del CSIC. Algunos datos (por orden alfabético) son los
siguientes: Antibióticos S.A., 4
patentes; CSIC, 1 patente; Estivill Palleja, Xavier, 3 patentes (Instituto
de Investigación Oncológica, Autovía de Castelldefells, Km. 2,7,
Barcelona); Glaxo Wellcome S.A.,
1 patente; Helsint, S.A.L., 1 patente; Isomed, S.L., 1 patente; Laboratorios
del Dr. Esteve, 2 patentes; Laboratorios Hipra S.A., 1 patente; Lilly,
1 patente; Masterfarm S.L., 1 patente; Novosalud S.L., 1 patente;
PharmaMar S.A., 4 patentes; y Vita-Invest S.A., 2 patentes.
En
el área de la tecnología industrial destacan dos compañías de
ferrocarriles: Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles S.A., 2
patentes; y Patentes TALGO S.A., 2 patentes. En esta área figura también
el CSIC con 2 patentes. En el área de la industria aeronáutica y
auxiliar: Construcciones Aeronáuticas, S.A.; 1 patente; e Industria
de Turbo Propulsores S.A., 1 patente. Luego vienen Repsol Química S.A.,
2 patentes; y Telefónica S.A., 3 patentes.
El déficit europeo en la
utilización de los avances científicos como base para el desarrollo de nuevas
tecnologías es un problema conocido, lo cual pone a Europa en clara desventaja
con respecto a los Estados Unidos. Pero esta desventaja europea alcanza niveles
extremos en España. Todo el mundo quiere ser funcionario y hacer investigación
básica y publicar artículos científicos, pero lo que sigue después no interesa
a casi nadie. La investigación básica y la publicación de artículos son
necesarias y esenciales para el desarrollo de la ciencia; pero ésta tiene que
resultar en un desarrollo tecnológico posterior. Si esta evolución de la
ciencia a la tecnología no se produce a un nivel mínimo adecuado, algo está
fallando de forma trágica y condenando a nuestro país al subdesarrollo
tecnológico perpetuo. En la figura 1.1 se observa con claridad el abismo
tecnológico que separa a España de Suiza, Francia y el Reino Unido, y cómo este
abismo no podrá ser superado nunca, si se sigue con las estructuras y políticas
actuales. La figura 1.2 (véanse también los datos de las tablas 1.1 y 1.2)
muestra que los científicos españoles en el extranjero, cuyo número desconozco
pero que obviamente es muy inferior al número en el interior del país, producen
más tecnología que todos los que trabajan en España.
En el apéndice se dan y se comentan datos cuantitativos
sobre la investigación científica básica en estos cuatro países; pero es útil citarlos aquí, porque
demuestran de forma tajante la relación entre la ciencia básica y la
tecnología. El Institute for Scientific Information (ISI) de Filadelfia ha definido 21 materias amplias en ciencias
biológicas (biología, inmunología, bioquímica, etc.), medicina, ciencias
físicas y químicas, ingeniería y ciencias sociales. Utilizando sus bases de
datos que contienen millones de artículos publicados en las revistas
científicas y técnicas más importantes del mundo, el ISI ha compilado una lista
de los 250 autores (científicos e ingenieros) más
citados en el período 1981-1999 para cada una de las 21 categorías. El Reino Unido tiene 337
autores más citados; Suiza, 75 autores; Francia, 114 autores; y España, 11
autores. Estos datos demuestran de forma obvia que los países con un alto nivel
de ciencia básica tienen también un alto nivel de tecnología, puesto que hay
una relación directa entre el número de autores más citados y el número de
patentes de cada país. De la misma manera que el número de patentes de Suiza no
guarda proporción con su población, el número de sus autores más citados es
igual al de Francia.
El gobierno español y el
de las autonomías deben controlar, por
medio de las asignaciones presupuestarias, las áreas en que se concentran los
recursos de I+D del país. Las áreas como las partículas elementales,
astrofísica, fusión termonuclear, etc., que se sabe no van a incidir
nunca de forma significativa en el desarrollo tecnológico del país, deben
concentrarse exclusivamente en las universidades públicas; y las áreas que pueden tener un impacto
obvio sobre el desarrollo tecnológico como la biología molecular, química,
otros campos más aplicados de física, electrónica, etc., deben concentrarse en
las universidades, en el CSIC, y otros
laboratorios públicos y privados. Pero el funcionariado debe eliminarse y
objetivos tecnológicos deben ser definidos de forma cuantitativa. La vieja
obviedad de que la investigación básica es la base de la tecnología debe ser
llevada hasta las últimas consecuencias, es decir, a desarrollos tecnológicos
concretos por instituciones tecnológicas en contacto con las instituciones
científicas. Lo que no puede permitirse es que persista la situación actual en
que sectores importantes del establecimiento científico español se aferran a
sus argumentos de que “la ciencia básica es esencial para la tecnología ...”, pero es que al final resulta que nunca
hay tecnología. Algo debe estar muy mal planteado en el campo de la ciencia
básica, cuando no desemboca en una tecnología vibrante como es el caso de
nuestros vecinos, Suiza, Francia y el Reino Unido.
El maridaje
ciencia-tecnología se produce de forma natural alrededor de las universidades,
cuando algunos de los profesores tienen el afán de aplicar los
resultados de sus investigaciones a fines prácticos. Citamos dos ejemplos, uno
europeo y otro americano.
En los
alrededores de la Universidad de Cambridge (Inglaterra) hay un núcleo de 1.600
empresas de alta tecnología denominado Silicon Fen. Aunque disponen de
tecnologías propias de vanguardia, no se han podido desarrollar grandes empresas
por las restricciones de planificación urbana impuestas por las autoridades
regionales y por la deficiente infraestructura de transportes.
Recientemente, la
multinacional farmacéutica suiza Novartis ha decidido trasladar su laboratorio
principal de investigación al área de Boston, por el caldo de cultivo o entorno
científico extraordinario que existe en Boston en el área de las ciencias
biomédicas y farmacéuticas; este entorno es debido, por un lado, a la
Universidad de Harvard y al Massachusetts Institute of Technology (MIT)
y, por otro, a los laboratorios de ciencias biomédicas y farmacéuticas de las
compañías privadas que se han instalado a su alrededor. Esto demuestra que las
universidades deben abrirse al exterior para alcanzar su plena función de transferencia
ciencia-tecnología.
[1] The Economist, 24 de junio
de 2000, pág. 99.
[2] Cuando les hablo a visitantes
extranjeros del Consejo Superior, muchos me preguntan: “¿es que hay un
Consejo Intermedio?”. La fachada del edificio central del Consejo en Serrano
tiene el aspecto de un ministerio de un régimen dictatorial. El primer paso de
una reforma profunda del Consejo sería el abandono de esta sede, símbolo
material de la burocracia.
[3]
http://www.uspto.gov.