UNIVERSIDADES
PRIVADAS EN ESTADOS
UNIDOS: HARVARD, STANFORD Y CHICAGO
Las
universidades privadas norteamericanas nacen
como instituciones de utilidad pública sin fines de lucro y se perpetúan como
tales. Esto no es un caso aislado, sino que es el resultado de una cultura
altruista generalizada del bien público existente en la sociedad civil, es
decir, independiente de las administraciones públicas.
Sin
entrar en juicios de valor, es un hecho constatado que hay catedráticos y
profesores titulares de universidad, y otros profesionales españoles de
distinta índole, como economistas, abogados, etc., que no saben que las universidades privadas
americanas son todas instituciones sin fines de lucro, no empresas. El abismo cultural es
tal a este respecto que ni conciben esta posibilidad. Citamos a Gabriel
Tortella, catedrático de la universidad
de Alcalá[1]:
"No es que la empresa privada (mi cursiva) sea incompatible con la
enseñanza superior: las que quizás sean las mejores universidades del mundo
(Harvard, Princeton, Yale, Chicago, Stanford) son privadas", y más
adelante en un argumento dialéctico sobre la privatización de las universidades
públicas españolas sugiere a la Conferencia de Rectores (CRUE) que deberían
"poner sus cargos a disposición de los futuros propietarios". Cito
asimismo a un profesor titular de la
Universidad Alfonso X El Sabio (privada): "es imposible que haya
universidades privadas sin fines de lucro, porque si ello fuera así, ¿quién
estaría interesado en crearlas?" Pues bien, esto es así: como corporaciones sin fines de lucro, las
universidades privadas americanas no
tienen propietarios ni accionistas y,
por definición, no generan beneficios.
Hay
que señalar el carácter esencial de este hecho, el cual hace posible la
excelencia de las universidades privadas americanas. Esto es algo tan claro (la
incompatibilidad del lucro con la excelencia universitaria) que un catedrático
de la Universidad Complutense de Madrid
me ha manifestado en privado: "es metafísicamente imposible que la
universidad privada española con fines de lucro pueda resultar en una enseñanza
e investigación de calidad." Una universidad digna del nombre no sólo
transmite conocimientos adquiridos, sino también los genera. La creación de
conocimientos surge de la investigación, y la investigación universitaria es
incompatible con el lucro, por tanto, en las universidades privadas con fines de
lucro nunca podrá haber, por definición, investigación universitaria. Las
universidades privadas con fines de lucro nunca podrán ser verdaderas
universidades, sino que son y serán academias en las que se venden horas de
clase y títulos oficiales.
De
hecho, sin ninguna reglamentación por parte de los gobiernos, federal o de los
estados, sino por un impulso de claridad ética, en Estados Unidos se distingue
netamente entre las instituciones de educación superior: los colleges son
instituciones en las que se imparte sólo la docencia de segundo ciclo, y en
donde se confieren títulos de bachelor (aproximadamente equivalente a
las licenciaturas españolas) y algunos masters en algunas ciencias
sociales (administración de empresas, turismo, etc.); pero las universidades
son, por definición, instituciones donde se lleva a cabo investigación en las
ciencias duras (física, matemáticas, química, biología, medicina, etc.)
e ingenierías (mecánica, química, de petróleo, etc.), y en donde se confieren
títulos de doctor en estas disciplinas. Como en España somos un país de listos,
y el criterio ético anterior no rige, la sociedad civil y las administraciones
deben saber que las instituciones sin programas doctorales en dichas
disciplinas son realmente colegios universitarios, mientras que el
término universidad debería utilizarse solamente para designar a las
instituciones con dichos programas. El uso mismo del nombre universidad por
la mayoría de las nuevas instituciones privadas con fines de lucro puede dar
lugar a confusión.
En España también tenemos corporaciones sin
fines de lucro, como los ayuntamientos, que disponen de activos y bienes
considerables y, obviamente, no tienen propietarios. Otro ejemplo más
pertinente es la Organización Nacional de Ciegos (ONCE), una corporación
benéfica sin fines de lucro con recursos económicos considerables. La ONCE es
una organización sin parangón en el
mundo; cuando describimos su funcionamiento y objetivos a nuestros amigos
norteamericanos se quedan absolutamente admirados. Una corporación sin fines de
lucro puede, en principio, generar plusvalías considerables, pero éstas no
pueden ser consideradas beneficios puesto que revierten siempre en la
corporación, que las destina a sus fines propios, ya que no existen propietarios ni accionistas. Un último ejemplo
español es el de las fundaciones sin fines de lucro como la Fundación Ramón
Areces y la Fundación March. Las juntas
de gobierno de estas corporaciones están integradas por personas que sirven por
un período determinado; estos individuos cambian, pero la corporación, sus
objetivos, funcionamiento, y sus recursos económicos perduran en el tiempo.
Lo que quizá haga muy difícil que una
mente española comprenda el funcionamiento de las universidades privadas
americanas es la cuestión de su financiación. Una fundación como la Ramón
Areces funciona con cargo a sus fondos propios, que son esencialmente
estáticos. La Universidad de Harvard tiene hoy un presupuesto anual de 1.700 millones de dólares. Es obvio que este
presupuesto no puede surgir de las rentas producidas por el capital donado por
uno o varios benefactores del pasado.
Ha
llegado el momento de describir de forma concreta la historia y el
funcionamiento de tres universidades privadas
norteamericanas de prestigio mundial: Harvard, Stanford y Chicago. Esto nos
permitirá transmitir nuestro mensaje con toda claridad, poniendo fin a
consideraciones de tipo general y abstracto.
No
tratamos aquí de hacer un panegírico de las universidades privadas
norteamericanas, ya que son un modelo de universidad único en el mundo, quizás
muy difícil de transplantar a otros países. Sin embargo, en España tenemos una
tradición de universidades privadas sin fines de lucro, todas vinculadas a la
iglesia católica (Universidad de Navarra, Universidad Pontificia de Comillas,
Universidad Pontificia de Salamanca, etc.). La cuestión que se plantea es
considerar si nuestra sociedad civil es capaz además de crear universidades
privadas no confesionales sin fines de lucro. Debemos señalar de nuevo que por universidad entendemos una
institución de enseñanza superior compuesta por varias facultades académicas
convencionales: ciencias, letras,
derecho, ingeniería, medicina, etc., con investigación y programas doctorales
en estas áreas. No consideramos como tales las escuelas post-graduadas de
negocios en las que se imparten únicamente cursos de Masters de Administración
de Empresas, etc.
Nuestro
objetivo es dar a conocer los principios, los sistemas de valores y el
funcionamiento de las universidades privadas americanas, ya que en bastante
medida pueden ser adoptados en las
universidades tanto públicas como privadas de nuestro país, con el fin de
mejorar el sistema universitario actual que, casi unánimemente, se considera
muy inferior al de los países con un desarrollo económico equiparable al
nuestro. Para lograrlo, se requiere sobre todo voluntad política de llevar a
cabo un cambio radical de la cultura universitaria antes de proporcionar más
medios económicos.[2]
La
Universidad de Harvard
No
es posible comprender la evolución de Harvard hasta llegar a la institución
actual, sin conocer un poco de su historia. Nuestro objetivo es analizar su
sistema actual de valores con el fin de señalar aquellos que pueden ser
incorporados tanto en las universidades públicas como privadas españolas.
Harvard
fue fundada en 1636, como un colegio (college)
inglés, por las autoridades de la colonia de Massachusets, dieciséis años
después de la llegada de los peregrinos del Mayflower a Plymouth. El
presupuesto votado para su creación fue de 400 libras, y en 1638 se ordenó que
la ciudad que crecería a su alrededor fuera llamada Cambridge, en memoria de la
universidad inglesa en donde se habían educado unos 70 hombres destacados de la
colonia. Es interesante señalar que
por 1646 había entre los colonos unos 130 ex-alumnos
de Oxford y Cambridge. Sus estatutos
fueron votados en
1650 por la Corte General de Massachusetts, 15 de cuyos 43 miembros eran
graduados de universidades inglesas. Su nombre fue adoptado en honor de su
primer benefactor, John Harvard, un pastor puritano joven el cual, al morir en
1638, dejó su biblioteca de 260 libros y la mitad de su fortuna (780 libras) a
la nueva institución. El colegio inició sus actividades con un maestro y nueve
estudiantes. Ya en 1643 se establece la primera bolsa de becas con una donación
de Ann Radcliffe, Lady Mowlson, viuda del alcalde (lord mayor) de Londres.
Dado
que no hay equivalente europeo continental a los colegios ingleses y
americanos, es útil precisar lo que son: unidades de enseñanza y residenciales
integradas por profesores y alumnos, cuyo objetivo es proporcionar a estos
últimos una educación humanista (o en “artes liberales”, tanto en letras como
en ciencias). De ahí que aun hoy en día, Harvard College confiere sólo dos
títulos: Bachelor of Arts (AB), el predominante, o Bachelor of Science (SB),
según sea la especialización de los estudios.
Pero cualquiera que sea esta última, todos los estudiantes deben tomar
cursos en las dos áreas. La duración de estos estudios es en principio de
cuatro años.
Los
estatutos aprobados en 1650 crearon una corporación independiente que se
perpetuaría a si misma, integrada por un presidente, un tesorero y cinco socios
(fellows), cuyas responsabilidades eran promulgar las normas administrativas,
controlar el dinero del colegio, y nombrar a los profesores y personal
administrativo; no obstante, todas estas decisiones están sujetas a
confirmación por la Junta de Control (Board of Overseers, establecida en 1642),
la cual tenía el poder de refrendar o rechazar todos los actos de la
corporación. Es fascinante pensar que esta organización, notable por su
sencillez y transparencia, ha perdurado sin cambio hasta nuestros días. Esta
corporación de dominio público es la más antigua de los Estados Unidos.
La
Junta de Control ostentaba inicialmente la representación del estado y de la
comunidad religiosa puritana.[3]
La Corte General de Massachusetts (el estado en abstracto), como fundadora y
patrón, consideraba a Harvard una institución pública. Harvard recibió fondos
del estado hasta bien entrado el siglo XIX. Como sigue siendo el caso hoy con
Oxford y Cambridge, la distinción entre “público” y “privado” no estaba clara.
Finalmente, en 1823 se dejó de recibir un subsidio del estado de Massachusetts
y en 1865 se cortaron todos los vínculos con el mismo, ya que los vaivenes de
las acciones legislativas resultaban perjudiciales para la universidad. De
hecho, desde el principio y de forma progresiva, Harvard fue sustentada por
benefactores privados.
En sus primeros años, el colegio ofrecía un curso académico clásico basado en el modelo de las universidades inglesas de entonces, pero adaptado a la filosofía puritana de los primeros colonos. Aunque la mitad de sus graduados en el siglo XVII se hicieron pastores en las iglesias puritanas de Nueva Inglaterra, el colegio nunca estuvo afiliado formalmente con la iglesia puritana, sino que se consideraba una institución para la formación de las élites de la iglesia, el estado y el comercio. Un folleto publicado en 1643 explicaba que el objetivo del colegio era "fomentar el conocimiento y perpetuarlo para la posteridad, ante el temor de dejar unos pastores de las iglesias analfabetos."
Es
importante señalar que la fundación de Harvard inicia una tradición de
corporaciones de utilidad pública sin fines de lucro, que sirve de modelo a las
otras universidades privadas de futura creación. Hay que ser conscientes
de la importancia de las tradiciones
para el desarrollo de la vida pública de un país. Las tradiciones constituyen
algo intangible que no puede crearse y mantenerse con dinero; más bien, las
tradiciones positivas se basan en principios y valores éticos. En la Segunda
Guerra Mundial, el almirante Cunningham, ante la tarea de evacuar por mar a las
fuerzas inglesas de la isla de Creta y de mantener la tradición de nunca
abandonar al ejército, enfrentado con circunstancias casi imposibles, con
pérdidas de buques muy elevadas dada la supremacía aérea alemana, declaró:
"La Marina necesita tres años para construir un nuevo barco. Crear una
tradición nueva requiere 300 años. La evacuación continúa."[4]
Desde sus orígenes modestos, el núcleo inicial del Colegio de Harvard se ha transformado hoy en una universidad con unos 18.500 estudiantes, de los cuales 6.500 son de pregrado (estudiantes del College o undergraduates) y 12.000 de postgrado (estudiantes de las Graduate Schools o graduate students).[5] Cuenta con 2000 profesores, y unos 8700 profesores más a tiempo parcial en los hospitales universitarios asociados con la Facultad de Medicina, situados en el área metropolitana de Boston. Entre sus ex-alumnos figuran seis presidentes de los Estados Unidos, y a lo largo de los años sus facultades han producido 39 premios Nóbel. El presupuesto anual es en la actualidad de 2.000 millones de dólares, parte del cual proviene directamente de las rentas del capital propio de Harvard (endowment), el cual asciende a 18.300 millones de dólares.
Gobierno
de la universidad. El Presidente y
Asociados del Harvard College, un total de siete personas (conocidos como la
Corporación), constituyen el órgano ejecutivo de la universidad. Existe además un órgano de control de la
Corporación, denominada Junta de Control (Board of Overseers), integrada por
treinta miembros, los cuales son elegidos directamente por los ex-alumnos de la
universidad en voto directo por correo. Los miembros de la Junta de Control, un
cargo honorífico no remunerado, no son en su mayoría ex-alumnos de Harvard,
sino personas de reconocido prestigio de origen diverso, incluso extranjeros.[6]
De acuerdo con
los estatutos de 1650, cuando se produce la dimisión (lo normal) o la muerte de
un presidente en ejercicio (lo excepcional), la Corporación elige a un candidato
y envía el nombramiento a la Junta de Control para su aprobación. La Junta de
Control puede votar a favor o en
contra del candidato; si vota en contra, la Corporación debe elegir a un nuevo
candidato y el proceso continua hasta que resulta elegido uno. El nombramiento
es vitalicio. El título de presidente,
relativo al europeo de rector, indica una doble responsabilidad: dirige la
política académica como los rectores, pero además es responsable de las
finanzas, incluida la recaudación de fondos.
El nombramiento de Lawrence H. Summers (secretario del tesoro en el gobierno de Clinton) como el 27º Presidente de Harvard, hecho el 11 de marzo de 2001, ilustra con claridad el proceso de selección. Rudenstine, el 26º Presidente, anunció con un año de
antelación su intención de dimitir al final de junio de 2001, al culminar 10 años en el puesto. Inmediatamente, la Corporación constituyó un comité de búsqueda, integrado por los seis miembros de la Corporación y tres miembros de la Junta de Control. De acuerdo con la tradición, el Presidente Rudenstine se autoexcluyó del comité. Este puso en marcha de inmediato el proceso de búsqueda y selección de candidatos. La búsqueda fue iniciada en el verano del 2000 con el envío de 300.000 cartas a los profesores de Harvard, alumnos, personal administrativo y ex-alumnos, así como a personalidades destacadas del mundo universitario, del gobierno y de las fundaciones sin fines de lucro. En la carta, se solicitaban opiniones sobre las cualidades más importantes que debería tener el nuevo presidente.
En
agosto, miembros del comité de búsqueda celebraron reuniones individuales con
unos 200 profesores y miembros destacados del personal administrativo de
Harvard. Asimismo, se celebraron reuniones con otros 100 individuos ajenos a la
universidad, la mayoría profesores y administradores de otras universidades.
Luego se celebraron 12 reuniones con grupos de estudiantes, y otras reuniones con profesores de todos los niveles y facultades, etc. Se generó una documentación considerable compilada en 1.200 páginas de comentario, y se recibieron 1.300 cartas. Todo este material se circuló entre los nueve miembros del comité de búsqueda, que se reunió 16 veces en sesiones de una duración media de cuatro horas. Se generó una lista inicial de 500 candidatos y, a medida que la búsqueda avanzaba, se celebraron reuniones de duración considerable con los más prominentes. En otoño e invierno de 2000-2001, el comité de búsqueda se reunió tres veces con la Junta de Control al completo, para evaluar el proceso de búsqueda y solicitar su asesoramiento. Finalmente, el 11 de marzo se convocó una reunión de la Junta de Control en Nueva York. La Corporación informó a la junta que estaba dispuesta para la elección del presidente, procedió con la misma y comunicó el resultado. El presidenciable se reunió con la junta, y luego ésta votó a favor de dar su consentimiento a la elección de Lawrence H. Summers como 27º Presidente de Harvard.
Es
interesante dar una breve biografía del presidente Summers, por lo que revela
sobre el carácter y las tradiciones de Harvard. El proceso de su selección deja
claro que Summers encarna en su persona los valores y tradiciones de la
universidad. Summers obtuvo su Bachelor of Science (SB) en MIT en 1975, y su
PhD (doctor) en economía en Harvard en 1982. Fue nombrado catedrático de
economía (full professor) en Harvard en 1983, a los 28 años de edad, una
de las personas más jóvenes en acceder a este puesto en la historia de la
universidad. En 1987 fue nombrado a la cátedra patrocinada (endowed chair)
Nathaniel Ropes Professor of Political Economy. Ha publicado unos 100
artículos de investigación en revistas profesionales de economía y varios
libros. En 1991 obtuvo un permiso de la universidad por comisión de servicios
para desempeñar el puesto de vice-presidente y economista jefe del Banco
Mundial (estos permisos se conceden por un período máximo de dos años, después
del cual termina la relación laboral con la universidad). A partir de 1993 desempeñó una serie de puestos en el
Departamento del Tesoro del gobierno de Clinton, accediendo finalmente al
puesto de Secretario del Tesoro (Ministro de Hacienda) en julio de 1999, cargo
que desempeñó hasta enero de 2001. Durante su etapa en la Secretaría del
Tesoro, viajó extensamente por todo el mundo. En su persona confluyen por tanto dos de las tradiciones más
importantes de Harvard: la enseñanza e investigación universitaria y el
servicio al gobierno.
Debe notarse que la relación de la universidad
con los ex-alumnos se mantiene viva durante la vida de éstos, por medio de
comunicaciones escritas periódicas, envío de revistas, notificaciones de
campañas de recaudación de fondos, etc. El número de ex-alumnos vivos se cifra
en la actualidad en más de 270.000. Es preciso señalar esta relación continua
entre la universidad y sus ex-alumnos, ya que el enorme capital propio de
Harvard (endowment) proviene en gran medida de las contribuciones económicas de
los mismos.
El
presidente es el único miembro de la Corporación con sueldo y dedicación
exclusiva. Vive en una mansión oficial en el campus de la universidad. Los
otros seis miembros de la Corporación
pueden trabajar en otras instituciones o compañías. Una de las
responsabilidades principales de la
Corporación es la administración de las
finanzas y de las inversiones de la universidad. Las cuestiones importantes de
política educativa e institucional son sometidas a la consideración de la Corporación por el presidente y los
decanos de las distintas facultades.
La
Junta de Control, por medio de sus comités permanentes y visitantes, es
informada de las políticas y prácticas educativas de la universidad. La Junta
de Control asesora a la Corporación, y aprueba sus decisiones importantes.
Todos los nombramientos de profesores vitalicios y cargos administrativos de un
cierto nivel tienen que ser aprobados por la Corporación y la Junta de Control.
Los
profesores. El concepto de corporación privada
confiere a la universidad una
independencia total con respecto a cualquier órgano o
administración externos a la misma. Esto permite una gran flexibilidad en el
nombramiento de profesores; tanto es así, que no existe un sistema único de
nombramiento de profesores aplicable en toda la universidad, sino que el
sistema varía de hecho entre los distintos departamentos.
En
la actualidad, en Harvard hay dos categorías diferenciadas de profesores:
aquellos con nombramiento vitalicio (tenure), y los que tienen contratos
limitados en el tiempo. Los profesores vitalicios tienen todos la categoría de
catedráticos (full professor). Los
profesores contratados tienen dos categorías: assistant professor y associate
professor. En todas las categorías, excepto en la facultad de medicina, la
dedicación es exclusiva y a tiempo completo. Excluyendo la facultad de
medicina, el número total de profesores es 1.943, de los cuales 781, es decir
el 40%, son catedráticos.
El
puesto vitalicio se basa en un contrato privado entre la universidad y el
profesor, es decir, ninguna administración pública interviene para nada en el
mismo. Sólo cuando hay causa justificada (entre otras “moral turpitude”,[7]
depravación moral, o deshonestidad en la enseñanza o
investigación), la universidad puede despedir al profesor sin tener que
referir el caso a ninguna instancia externa.
El
sistema general del nombramiento de
profesores es el siguiente. Para optar al primer nivel de assistant professor, es preciso tener un doctorado en una
universidad de prestigio. Además, se requiere una estancia de investigación
(post-doc) de un mínimo de dos años en una universidad de prestigio distinta de la del doctorado, para
evitar la endogamia. Por último, esta criba previa permite aspirar a un puesto de assistant professor por un período inamovible de entre tres y cinco años. Ahora describimos cuál es el
procedimiento utilizado para alcanzar el puesto vitalicio de catedrático (full
professor).[8] Este
procedimiento se aplica igualmente a candidatos de la propia universidad como a
los candidatos externos a la misma.
En
el puesto de assistant professor se viven los años más duros de la
carrera académica, porque sólo si se demuestra una creatividad y productividad
científica excepcionales, la persona en cuestión será nombrada por la facultad
para la escala siguiente de associate
professor. Si en el puesto de associate
professor se hacen méritos excepcionales, o si se trata de un profesor de
otra universidad, el profesor será propuesto
por el departamento de la manera siguiente. Un comité especial evalúa primero
al (o a los) candidato(s) y hace una recomendación al pleno del departamento,
el cual vota para seguir adelante con un candidato en concreto. El departamento
confecciona una lista de científicos distinguidos en el mismo campo del
candidato, ajenos a la universidad. A estos profesores externos se les envía
una carta (blind letter) en la que se mencionan varios nombres de
candidatos, sin especificar cuál es el elegido por el departamento. Se les pide
que manifiesten cuál es el mejor candidato. Una vez que se reciben las cartas
de vuelta, se forma un comité especial del departamento integrado por sus
catedráticos, con algún miembro externo a la universidad. Se leen las cartas y
las conclusiones se le presentan al decano de la facultad y entonces se decide
por un candidato.
Nótese
que el departamento no tiene el poder de nombrar full professor al
candidato. El decano puede vetar el nombramiento. Si el decano lo aprueba, el
nombramiento tiene que pasar la criba final de su aprobación por las dos juntas
de gobierno de la universidad, es decir, la Corporación y la Junta de Control.
En este punto concreto, el poder de la Corporación es ejercido personalmente
por el Presidente, el cual puede vetar a los candidatos para catedráticos. Dado
que el período de tiempo en que un profesor suele trabajar dentro de las
escalas de assistant professor y associate profesor oscila de cinco a 10 años, la universidad puede nombrar a un full professor con el máximo de
garantías relativas a su idoneidad.
En
la actualidad, el departamento de física de Harvard tiene 36 catedráticos en
activo (full professors), de los cuales 22 (el 61%) obtuvieron su
doctorado en otras universidades y los 14 restantes (39%) en Harvard.
Se
pretende que no haya endogamia. Este sistema en el que comités especiales formados
por profesores distinguidos ajenos a la universidad juegan un papel importante
en los nombramientos de los profesores vitalicios fue introducido por el
presidente Conant (1930-1953).
Debido
al poder personal del presidente, ya que puede vetar a los candidatos a
catedráticos en cualquier departamento, y como también nombra y destituye a los
decanos, su política en esta esfera puede influir considerablemente en la
evolución futura de la universidad. Según fuentes oficiosas, el presidente
Rudenstine rechazó entre el 15 y el 20% de los candidatos durante sus 10 años
de mandato. El presidente Summers, que lleva en el cargo menos de un año, está
mostrando que quiere llevar a cabo un cambio sustancial en la política de
nombramientos de catedráticos. Hasta ahora, los candidatos a catedrático tenían
que estar entre los mejores del mundo en su especialidad; esto dio como
resultado que los catedráticos de la facultad de artes y ciencias (la más
grande) tienen una edad media de 55 años. Summers quiere cambiar el criterio
ponderando más la promesa o proyección de futuro de un candidato que sus logros
pasados. Más crudamente, Summers no quiere “volcanes extintos”, estrellas
académicas que han dejado atrás el cenit de su creatividad. Esto ha desatado de
inmediato una polémica entre los profesores,
los cuales se han dividido como es natural de acuerdo con su edad.
Recientemente,
Summers ha vetado el nombramiento de dos candidatos ilustres, un profesor de
Stanford para el departamento de música, y otro profesor de Cambridge
(Inglaterra) para el departamento de ciencias políticas. Ambos, de 54 años de
edad, tenían el apoyo unánime de sus futuros departamentos y las
recomendaciones de los profesores externos. El presidente de Harvard no tiene
que dar explicaciones sobre sus vetos. La cuestión es doblemente delicada
porque hay una ley federal que prohibe la discriminación en el empleo por
razones de edad.[9]
El
papel de la Junta de Control en la aprobación del nombramiento de un profesor
vitalicio es en la mayoría de los casos una formalidad, pero cuando lo juzgan
necesario pueden intervenir con fuerza. El nombramiento del economista John
Kenneth Galbraith a una cátedra en 1948 fue bloqueado por la Junta de Control.
Algunos de sus miembros se oponían por considerar que Galbraith no había
mostrado el respeto debido al papel y a la eficacia de la fuerza aérea en el
bombardeo estratégico de Alemania, otros lo consideraban demasiado liberal, y
la última objeción académica era que ya había demasiados economistas seguidores
de Keynes en el departamento. Como la Junta tiene 30 miembros, se produjo una
pugna muy tenaz entre los partidarios y detractores de Galbraith que duró un
año entero. Finalmente el nombramiento fue aprobado, pero fue necesario que el
presidente Conant amenazara con dimitir en caso contrario.[10]
Lo
más común es que la mayoría de los profesores contratados casi nunca consiguen
el puesto vitalicio de full professor.
La mayoría, al no lograrlo, puede optar a un nombramiento vitalicio en universidades
de menor categoría, o puede irse a la industria donde en general los sueldos
son más elevados. Sólo personas con una vocación académica total aspiran al
puesto de full professor, ya que la
compensación económica en los puestos de profesores contratados (en los cuales
tienen que permanecer bastantes años) es en general menor que la que se obtiene
en la industria.
Por
lo que atañe a la dureza del proceso de selección, hay un cierto paralelo entre
este sistema y el sistema español de oposiciones para los cuerpos del Estado.
Aunque las haya preparado durante cinco o 20 años, si alguien no gana las
oposiciones para notario, se tiene que buscar la vida. La diferencia es que a
un assistant professor o associate
professor en Estados Unidos[11]
se le prueba y juzga en la tareas esenciales de investigación y docencia
durante un período de tiempo suficiente, lo cual supone un enriquecimiento y
desarrollo profesionales evidentes, consiga la plaza o no. Al contrario, no
está claro de qué sirve a un opositor fallido el saberse de memoria miles de
cosas que ya nunca va a utilizar. Hay que ponderar estas cuestiones cuando se
afirma que el sistema americano, basado en la excelencia, es cruel. La
excelencia es incompatible con el café para todo el mundo.
Hay un principio muy importante relativo al nombramiento del profesorado, el cual es de una importancia obvia en la vida profesional de los profesores y el buen funcionamiento y vitalidad de una universidad. Los títulos de los profesores a todos los niveles, incluidos los catedráticos, son los siguientes: profesor de matemáticas, profesor de física, profesor de medicina, profesor de derecho, profesor de historia, profesor de ingeniería, profesor de informática, etc. Esto es esencial para que los profesores pueden evolucionar y crecer profesionalmente. La rotación de los profesores en la enseñanza de las asignaturas es absolutamente normal y obligatoria. Se pretende que una asignatura dada no sea enseñada por el mismo profesor consecutivamente. Esto evita que alguien enseñe una asignatura con los mismos apuntes y materiales que ya utilizaba antes del Titanic.
El
sistema español de asociar una cátedra con una asignatura y no con una disciplina
académica amplia puede resultar
fácilmente en el estancamiento profesional absoluto. Por poner un ejemplo
extremo imaginario: si alguien ganara en el pasado una cátedra de motores de
hélice, podría haber seguido enseñando sobre dichos motores, años después de la
introducción de los motores a reacción.
Mas seriamente, sería perfectamente normal y positivo que un catedrático español que enseñara derecho romano perdiera por completo su interés en dicha asignatura y que, a partir de una cierta etapa en su vida, quisiera dedicarse a una especialidad del derecho completamente distinta. No es posible.
Los
alumnos. En Harvard y en el sistema universitario
americano en general, los alumnos se dividen claramente en dos clases: los de
licenciatura (Harvard College) y los estudiantes post-graduados o de tercer
ciclo (Graduate Schools o Harvard University). El sistema del college se basa en una educación
humanista de tipo general que dura cuatro años. Sin entrar en demasiados
detalles, el college confiere sólo
dos títulos, Bachelor of Arts (AB) o Bachelor of Science (SB), según sea el área de concentración de los
estudios. Todos los estudiantes admitidos al college, por ejemplo en el año 2000 fueron 1.650, se graduarán en
principio en el año 2004 y serán conocidos hasta su muerte, como la Clase del
2004. Es un título que usarán con orgullo: John
Smith AB ’04 Harvard.
El impulso inicial para lograr un cuerpo diverso de estudiantes comenzó bajo la presidencia de Conant (1934-53), el cual instituyó un programa nacional de becas en 1934 para hacer posible que estudiantes cualificados de todo el país y de medios económicos limitados pudieran asistir a la universidad. En los años 50 se organizó una red de ex-alumnos por todo el país para entrevistar personalmente a estudiantes cualificados, con el fin de animarlos a estudiar en Harvard. Los presidentes sucesivos, Pusey (1953-71), Bok (1971-91) y Rudenstine (1991- 2001) continuaron esta política hasta llegar a la situación actual, en la que la totalidad de los estudiantes del college son admitidos sólo por sus méritos académicos y de otra índole, sin consideración de sus circunstancias económicas. El número de estudiantes pertenecientes a minorías raciales y nacionales asciende en la actualidad al 35% de los estudiantes.
Harvard
emplea unos recursos considerables en la selección de los estudiantes del college. De hecho, hay un Decano de
Admisiones, cuya responsabilidad es evaluar cada año a todos los candidatos y
decidir o no su admisión. Hay que considerar que el número de candidatos puede
ascender a varios miles. En la actualidad, unos 19.000 estudiantes solicitan en
primavera su admisión en el college en el otoño siguiente, para el que
hay unas 1.600 plazas disponibles.
Los
estudiantes del college viven todos
obligatoriamente en las llamadas casas en el campus. Se considera que la
convivencia en las casas durante cuatro años de estudiantes de orígenes
sociales y culturales muy diversos es esencial para la formación de los
mismos. Las casas son mucho más que los colegios mayores en España; cuentan con
un profesor (house master) y tutores residentes, salas de conferencias,
bibliotecas, comedores, etc. Su tamaño está diseñado para que sus estudiantes,
entre 300 y 400, puedan relacionarse entre si, ya que toman sus comidas juntos
en el comedor de la casa. En ellas, los estudiantes organizan con plena libertad todo tipo de actividades
extra-curriculares.
Como
ejemplo de éstas, recuerdo una conferencia de Fidel Castro en 1960, recién
llegado al poder, y la celebración del 25 aniversario del fin de la guerra
civil española en 1964, en el que se proyectaron dos documentales sobre la
guerra civil, y hubo una serie de charlas conmemorativas por veteranos de la
Brigada Abraham Lincoln, integrada en las
Brigadas Internacionales de la guerra civil.[12]
José María de Areilza, embajador de España en Washington a principio de los 60,
fue también invitado a dar una charla en una de las casas del college. En el turno de preguntas fue
cuestionado sobre la libertad en España, a lo que más o menos contestó que la
libertad era un valor muy importante, pero que los españoles valoraban quizás
más otras cosas, como la religión.
Esta
vida inmersa en el college durante
cuatro años, da lugar a una vinculación muy estrecha con la universidad, para
ellos siempre el alma mater, mucho más
profunda que la de los estudiantes post-graduados, que van a Harvard a hacer
estudios profesionales (derecho, medicina, administración de empresas, etc.) y
de doctorado. Los estudiantes post-graduados, muchos de ellos casados,
provienen en su casi totalidad de otras universidades y no tienen la
posibilidad de estar todos alojados en
residencias del campus. La universidad dispone de alojamientos para
estudiantes post-graduados, uno muy emblemático diseñado por el arquitecto
catalán José Luis Sert, decano de la facultad de arquitectura de Harvard en los
años cincuenta y sesenta; pero lograr un alojamiento en el campus es un privilegio que se consigue por estricto
orden de solicitud, y sólo se alcanza por un período limitado al final de la
estancia en Harvard.
En
la actualidad (2002) el coste de un año académico en el college es de unos $34.000, unos 6,3 millones de pesetas. Para
poder optar a los mejores estudiantes, Harvard tiene instituida una política de
admisiones basada en el mérito académico y otras cualidades de los
solicitantes, no en su capacidad de pagar los costes. En Harvard no hay becas atléticas. Estas son
las que ganan en algunas universidades atletas destacados de las escuelas
secundarias, los cuales constituyen en algunos casos una fuente de ingresos
importante para la universidad, ya que en ciertos deportes (fútbol americano,
baloncesto, tenis) las ligas inter-universitarias atraen a gran número de
espectadores.
En
la práctica, los estudiantes son admitidos sin consideración de sus medios
económicos. Cada estudiante del college
recibe una beca a medida, según las capacidades económicas de su familia, que
puede llegar a cubrir el 100 por 100 de sus costes. En promedio, un estudiante
del college recibe una ayuda
económica de unos $23,000 por curso académico; es decir, este estudiante medio
o su familia deben contribuir con unos $10.000 al coste anual.
La ayuda financiera para los estudiantes post-graduados varía mucho según el tipo de estudios. El sistema es muy flexible e incluye los préstamos personales, muy comunes en los estudios profesionales como derecho, medicina, o administración de empresas, en donde los estudiantes tienen en general muchas ofertas de empleo al graduarse, y pueden entonces pagar sus préstamos. En el campo de las ciencias y la ingeniería, los catedráticos tienen contratos de investigación que, a partir del primer año, soportan el 100 por 100 de los gastos de los estudiantes post-graduados, de master y de doctorado. En el campo de las humanidades (filosofía, historia, música, literatura, etc.) y ciencias sociales, los estudiantes post-graduados no tenían el apoyo económico que había en las otras áreas. En los años sesenta, algunos de ellos sucumbían a la penuria económica y abandonaban los estudios. Harvard reconoció el problema y ha dedicado los recursos necesarios para resolverlo. En la actualidad, más del 90% de los alumnos admitidos en programas de doctorado en humanidades y ciencias sociales reciben una oferta por la que se les exime del pago de la matrícula por un período de cinco años, y además se les ofrece dos años con un estipendio anual de diez meses, más otros dos de apoyo como ayudante de cátedra, y un estipendio durante un verano.
Los
estudios post-graduados tienen una característica fundamental: requieren la
dedicación de los estudiantes a tiempo
completo. Son de una enorme dureza. La mística estriba en que la
universidad considera que dispone de unos medios de investigación únicos en el
mundo, y que deben ser utilizados al máximo y con la máxima eficacia por los
estudiantes. La presión para terminar un doctorado es muy fuerte, y la
expulsión del programa por bajo rendimiento no es una excepción. Esto contrasta
con la situación en España, en donde algunos doctorandos, incluso en ciencia y
en ingeniería, tienen un empleo externo
a tiempo completo y lo simultanean con su programa de doctorado (¡milagro!).
Es
importante comprender y valorar esta ayuda que la universidad presta a sus
estudiantes, y que hace posible su formación en una universidad de prestigio
mundial. Esto crea, sobre todo entre los estudiantes del college, una vinculación afectiva muy fuerte con la universidad. Es
una tradición que todos los estudiantes del college,
una vez graduados, contribuyen financieramente a la universidad, a través de
campañas de recaudación de fondos entre los miembros de las clases, las cuales
culminan cuando una clase cumple sus bodas de plata, a los veinticinco años de
su graduación. En la plenitud de sus medios económicos, la clase que celebra
sus bodas de plata organiza una campaña especial de recaudación de fondos que,
por tradición, siempre bate el récord establecido por la clase anterior. Los
resultados son proclamados públicamente con orgullo por el presidente de la
campaña en la solemne ceremonia de fin de curso.
Los
estudiantes post-graduados no tienen esta vinculación afectiva tan fuerte y no
contribuyen financieramente a la universidad en grado comparable a los
ex-alumnos del college. Estos últimos
son los verdaderos hombres de Harvard.
La contribución económica de los
ex-alumnos a sus universidades está también fomentada por las compañías
principales del país, ya que éstas suelen donar un dólar por cada dólar
contribuido por un empleado a su alma
mater, o a otra universidad de su elección.
Las universidades han sido y deben
ser siempre lugares de un compromiso moral apasionado. A lo largo de los
últimos treinta años, los estudiantes de Harvard han demostrado este
compromiso. Durante la guerra de Vietnam, en abril de 1969, algunos estudiantes
ocuparon University Hall para protestar contra la presencia en el campus del programa universitario de formación de oficiales de
reserva (ROTC). El presidente Pusey llamó a la policía para que desalojara a
los manifestantes, una decisión que fue elogiada por algunos y criticada por
otros. La tensión provocada por la guerra continuó, y en febrero de 1970, Pusey
anunció su dimisión. Más recientemente, en abril de 2001, algunos estudiantes
ocuparon Massachusetts Hall, para exigir un salario mínimo de $10 por hora para
todos los empleados de la universidad. De hecho, sólo 400 de los 13.000
empleados tenían un salario inferior. La mayoría de estos 400 empleados eran
inmigrantes sin ninguna calificación, con un conocimiento casi nulo de inglés,
etc. El presidente Rudenstine respondió a la protesta creando un comité que
determinara las medidas a adoptar para ayudar a este colectivo. El resultado
fue un programa de educación y de formación profesional para estos trabajadores
no cualificados, llevado a cabo durante las horas de trabajo. El beneficio para
los trabajadores de una mejor formación profesional es permanente, mucho más
importante que una subida salarial puntual. Nunca, durante este tipo de
ocupaciones, se causó el menor destrozo material.
El
capital de Harvard. Hasta llegar al siglo
XX, Harvard estuvo siempre escasa de dinero. Sin remontarnos a los primeros
tiempos, en 1845 el capital de la universidad ascendía a $200.000. Para
sobrevivir, la universidad dependía de las matrículas y otros gastos de los estudiantes
(habitación y comida), así que su estado financiero variaba con el número de
estudiantes.
Fue
el Presidente Pusey (1953-1971) quien lanzó en los años 60 la primera campaña
de la universidad para recaudar 82 millones y medio de dólares para el Harvard
College. La labor pionera de Pusey en la recaudación de fondos es descrita en
clave de humor por Bissel, AB ’36.[13]
Pusey escribió en una carta a los ex-alumnos: “Harvard College no puede pararse... Una comunidad
como Harvard es pujante y está llena de nuevas ideas.” Bissel a si mismo:
”¡Caray!, aun no he asimilado las viejas”. Continúa Pusey: “Los ex-alumnos
son el capital viviente de Harvard y su activo más grande.” Bissel a si mismo:
”Nunca había pensado que yo era un capital.” Durante el mandato de Pusey, el
patrimonio de Harvard creció de $304 M a $1.000 M. Aparte de lo que representan
estas cifras, Pusey al organizar la primera campaña masiva de recaudación de
fondos para Harvard, hizo ver a todo el país que las universidades privadas
estaban mal financiadas, y creó el precedente para las campañas posteriores.
Pusey es también recordado porque al principio de su presidencia defendió la
libertad académica frente al senador McCarthy,[14]
el cual había acusado a Harvard de ser un santuario para los comunistas.
Otra
gran campaña fue lanzado por el presidente Bok en la que se recaudaron 356
millones al final de 1984. La última gran campaña de recogida de fondos
destinados a toda la Universidad fue lanzada por el presidente Rudenstine en
1994 y al final de 1999 había recaudado $2,1 mil millones. Las presiones del
cargo son tales que Rudenstine, nombrado en 1991, necesitó un año sabático para
poder recuperarse y anunció su dimisión para el verano de 2001.
Una
vez expuesta la vinculación afectiva de los estudiantes del college con la universidad, es posible
comprender el montante del capital propio de Harvard (endowment), que en la
actualidad asciende a 18.300 millones de
dólares. Para dar una idea del crecimiento de este capital, señalamos que
su importe ascendía a $11 millardos al final de 1997. El tema del capital de
Harvard es bastante complicado, puesto que tiene muchos orígenes: campañas de recogida de fondos organizadas
por la universidad, campañas de recogida de fondos organizadas por los
ex-alumnos, donaciones millonarias hechas por individuos vinculados o no a la
universidad, y finalmente donaciones hechas por las grandes fundaciones (Bill
Gates, Ford, Rockefeller, etc.).
El capital de Harvard está naturalmente invertido. La universidad ha creado una compañía subsidiaria, Harvard Management Company, la cual administra e invierte el capital. Una peculiaridad es que estos fondos no constituyen un capital único del que la universidad pueda disponer libremente. Casi el 90% del dinero conlleva algún tipo de restricción. Por ejemplo, un benefactor puede donar 50 millones de dólares para la construcción, mantenimiento y operación de un hospital para los estudiantes de la universidad; la universidad no puede usar este dinero para ningún otro fin. Otro donante puede donar una cantidad millonaria para la construcción, mantenimiento y operación de una biblioteca determinada que lleve su nombre, etc. Otro método muy común es donar el capital necesario para crear y mantener a perpetuidad una cátedra en una disciplina determinada, por ejemplo la cátedra de ingeniería XYZ (nombre del donante). Estas se denominan cátedras patrocinadas (endowed chairs) y tienen el nombre del benefactor. Otro ejemplo reciente es la donación de Jane Fonda de $12,5 millones a la Facultad de Educación, para investigar si hay características que diferencian la educación de los alumnos según el género (masculino o femenino), desde la escuela primaria en adelante.
Ingresos
y gastos. El presupuesto actual de la universidad
se eleva a 2.000 millones de dólares (unos 370 millardos de pesetas). A grandes
rasgos, los ingresos tienen el origen siguiente: el 30% procede de la renta del
capital; el 28% procede de las matrículas y otras contribuciones de los
alumnos; el 23% de asignaciones y contratos de investigación concedidos por
organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, etc.
Aunque
esto pueda parecer un presupuesto enorme para una universidad de unos 18.500
estudiantes, debe considerarse que la universidad gasta el 22% de su
presupuesto en investigación; el 24% en enseñanza; el mantenimiento de bibliotecas y museos se llevan el 6%, luego
opera un observatorio astronómico; y las nóminas del personal académico y de
administración, las becas, etc., se llevan el resto.
Hay
que considerar que la universidad mantiene un sistema de más de 100 bibliotecas
con más de 14 millones de volúmenes. La biblioteca central, Widener, dispone de
unos 7 millones de volúmenes.
Debe
notarse que hay 2.000 profesores a tiempo completo, pero más de 8.000 profesores
asociados con la Facultad de Medicina a tiempo parcial, y 13.000 personas en la
nómina del personal administrativo. Con 18.500 estudiantes, esto da
aproximadamente una relación de un
empleado en nómina por estudiante. A la pregunta de cómo es esto posible, hay
que pensar que Harvard no es, como muchas universidades españolas, una fábrica
de títulos, sino también una fábrica de conocimientos nuevos, en
medicina, física, química, economía, desarrollo internacional, etc. Todos los
estudiantes de doctorado en disciplinas experimentales son a su vez
investigadores y requieren por tanto el uso de laboratorios, y la construcción
o compra de equipos complejos de experimentación. Esta investigación, creadora
de nuevos conocimientos, requiere una infraestructura considerable, gastos de
viajes, etc. Algunos frutos de esta
investigación se refleja en los premios Nóbel obtenidos:
14 en Medicina,
entre los que señalamos:
Enders (1954) por el desarrollo de cultivos de virus de polio en el laboratorio, utilizados por Jonas Salk para la creación de su vacuna de poliomielitis que ha eliminado una de las lacras de la humanidad.
Watson (1962) por el descubrimiento de la estructura del
ADN, junto con Crick, uno de los descubrimientos científicos más importantes
del siglo XX.
Murray
(1990) por el desarrollo de nuevas técnicas para los transplantes de órganos.
9
en física, entre los que señalamos el de Ramsey
(1989), por el desarrollo de medidas precisas de las interacciones entre átomos
y moléculas. Este trabajo tuvo como consecuencia directa la construcción de
relojes atómicos que pueden medir el tiempo durante miles de años con un error
inferior a un segundo. Estos relojes son un componente crucial de los sistemas
GPS para determinar con precisión la posición de cualquier punto sobre la
superficie terrestre (aviones, barcos, camiones, incluso individuos con un GPS
portátil).
6
en química, entre los que señalamos:
Gilbert
(1980), por un método rápido para decodificar las secuencias básicas del ADN.
Corey
(1990), por técnicas para sintetizar moléculas nuevas y complejas a partir de
productos químicos ordinarios.
5
en economía, entre los que señalamos el de Leontief
(1973), por el desarrollo del análisis de entrada-salida (input-output)
utilizado para planificar la economía y predecir su evolución. El Nóbel de
economía fue ganado en tres años consecutivos (1971, 1972 y 1973) por
profesores de Harvard, por lo que Leontief bromeó: “¿cree Ud. que debería haber
una investigación anti-monopolio?”.
3
en paz, entre los que señalamos el de Bunche
(1950) por su mediación y consecución de un alto el fuego en la guerra
árabe-israelí de 1948.
1
en literatura, ganado por Heaney
(1995) por su obra poética. De forma análoga a Oxford, Heaney, criado en County
Derry, Irlanda, y educado en Queens University en Belfast, es “Poeta en
residencia” en la universidad.
La
cuestión importante es que tanto la sociedad civil como las administraciones
públicas juzgan y apoyan esta actividad de forma continua y dinámica, ya
que no está asegurada por los presupuestos generales del estado.
Folklore.
El origen religioso puritano de Harvard y la evolución hacia su condición laica
actual se reflejan en sus presidentes: de los quince presidentes entre 1640 y
1845, 13 fueron pastores protestantes y dos abogados; de los 12 presidentes
desde 1846 hasta el presente, sólo tres fueron pastores protestantes. La
capilla actual de la universidad, Memorial Chapel, es “no-denominacional” y
está abierta a ceremonias de todas las creencias religiosas.
Es
interesante recordar algunos hechos relativos al interés de Harvard y, más
ampliamente, de los medios intelectuales de Boston, por la historia y
literatura españolas. A principio del siglo XIX, George Ticknor, profesor de
francés y español y de bellas letras, publicó una History of Spanish Literature en tres volúmenes. Ticknor era
contemporáneo y amigo de William H. Prescott, AB 1783, y le ayudó a revisar su
obra monumental sobre la conquista de Méjico y Cortés, un clásico publicado en Boston en 1843.[15]
En el prefacio de su obra, Prescott describe los contactos que tuvo con
diversos historiadores y miembros de la Real Academia de la Historia de Madrid,
con el fin de acceder a algunas de las fuentes documentales que
utilizó en su obra.
Uno
de los profesores ilustres a finales del XIX y principios del XX fue el
filósofo George Santayana, nacido en Madrid en 1863 de padres españoles, y que
fue a Estados Unidos en 1872 para reunirse con su madre y hermanos e iniciar
sus estudios de secundaria en la Boston Latin School. Aunque viviría en Estados
Unidos un total de 40 años, jamás renunció a la nacionalidad española. Su vida
estuvo desdoblada entre Estados Unidos (donde vivía su madre) y España (donde
tenía a su padre). Aunque vivía en Boston y Cambridge, iba a Avila a pasar los
veranos con su padre. Obtuvo su AB en Harvard en 1886, su PhD en 1889 y fue
profesor desde 1889 hasta 1912, año en que, después de 40 años en Estados
Unidos y cuando estaba de viaje por Europa, murió su madre. Inmediatamente
renunció a su cátedra en Harvard, y nunca más regresó a Estados Unidos. Publicó
una obra filosófica muy extensa, toda en inglés, que abarca casi medio siglo, desde 1905 hasta 1951. Es autor de
frases memorables, como: “Los que no pueden recordar el pasado están condenados
a repetirlo”.[16] Se estableció permanentemente en Roma en
1924.
En
plena guerra mundial en 1942, su editorial de Nueva York, conocedora de que
Santayana estaba escribiendo su autobiografía, envió un mensajero del Vaticano
a la residencia de ancianos regentada por monjas donde residía; éste le entregó
una carta de la editorial en la que se le pedía el manuscrito y se le explicaba
cómo podía ser enviado a Nueva York. El manuscrito estaba incompleto y no en
forma final. Después de dos años de trabajo por parte de la editorial, el
primer volumen de la autobiografía, The Background of My Life, fue
publicado en 1944 y se convirtió instantáneamente en un best-seller.
Cuando
Roma fue liberada de los alemanes en 1944, el viejo filósofo de 80 años fue
visitado por una avalancha de admiradores entre los oficiales universitarios
del ejército americano, 32 años después de haber dejado Estados Unidos. Murió
en el convento en Roma en 1952, en donde había fijado su residencia a principios
de la segunda guerra mundial. Uno de sus últimos actos realizado poco antes de
morir, a los 88 años, fue visitar el consulado español en Roma para renovar su
pasaporte.[17] Sobre el
tema del desdoblamiento de la personalidad por haber vivido inmerso en más de
una cultura, escribió: “El tener una sola tradición, unas costumbres, una
lengua, es quizás un prerrequisito para alcanzar la armonía completa en la vida
y en la mente. Si se tienen más de una, ello es una lección para el filósofo
que lo arroja en los fríos brazos de la razón; pero confunde al poeta y al
santo y amarga a la sociedad”.[18]
Es muy interesante señalar que Eliot,
presidente de Harvard cuando Santayana era profesor, no veía a éste con buenos
ojos, por considerarlo excesivamente erudito y desconectado del mundo.
Considerado como el presidente más influyente en la historia de la universidad
(su presidencia duró 40 años, ), Eliot había instituido un sistema educativo en
el que los estudiantes elegían todos sus cursos. Harvard dependía entonces de
las matrículas y otros costes de los alumnos para su sostenimiento económico.
Era esencial atraer al mayor número de estudiantes y, por tanto, los cursos
tenían que ser populares. En una ocasión Eliot se encontró con Santayana en el
campus y le preguntó cómo iban sus cursos. Santayana le empezó a contar que los
estudiantes parecían muy interesados y entusiastas, pero Eliot lo interrumpió:
“Lo que quiero saber es, ¿cuántos estudiantes tienes en tus clases?”[19].
El presidente Pusey,
junto con su esposa, ofrecían todos los jueves por la tarde un te durante dos
horas en la mansión presidencial, al que estaban invitados todos los profesores
y ayudantes de profesores. Era una costumbre muy agradable y apropiada para
mantenerse en contacto de forma distendida e informal con un estamento clave de
la universidad. En la cocina hay una enorme caja de caudales que va del suelo
al techo, en donde se guardan los cubiertos y demás utensilios de plata usados
en las ocasiones especiales. Parte del
protocolo era que, durante un tiempo breve, la mujer del presidente sirviese el
te con un servicio monumental de plata sentada a la cabecera de una gran mesa.
Sobre las ceremonias universitarias del te, hay una anécdota divertida,
descrita por el Profesor Feynman (premio Nóbel de física de 1965). La ocasión era un te
ofrecido por el decano de la Facultad Graduada en Princeton; la mujer del
decano le pregunta a Feynman (un nuevo estudiante entonces): “¿Cómo quiere su
te, Mr. Feynman, con leche o con limón?”, Feynman responde: “Con los dos,
gracias”, la mujer del decano: “Debe estar bromeando, Mr. Feynman”.[20] En los tiempos de la guerra fría, en los años
60, el departamento de física tenía algunos contratos con el departamento de
defensa de los Estados Unidos. Estos tenían la clasificación de secretos, lo
cual requería que un policía con un revólver al cinto hiciera la ronda de los
despachos de los catedráticos al final del día, para asegurarse de que las
puertas y los archivadores estaban cerrados con llave. Esto me fue relatado por
un catedrático entrañable, el Profesor K.T. Bainbridge,[21]
que me dijo que estos contratos de investigación estropeaban el ambiente
universitario, y la universidad decidió renunciar a los mismos. El departamento
de defensa y otros organismos de defensa siguen concediendo contratos de
investigación a catedráticos de distintas disciplinas,
que no tienen nada que ver con la defensa, sino que son un medio de apoyar a la
investigación básica universitaria, por ejemplo, en ecuaciones diferenciales.
Otro
recuerdo de profesores de los 60 es el de Ramsey (premio Nóbel de física 1989,
citado anteriormente). Al terminar la última clase del curso de mecánica
cuántica que impartió en la primavera de 1961, los estudiantes, puestos en pie,
le dedicaron una larga ovación; de hecho, Ramsey abandonó el aula emocionado
cuando la ovación seguía in crescendo. Para facilitar una comunicación
distendida con sus estudiantes de doctorado (unos 8 o algo así), los jueves
comían todos juntos unos bocadillos y charlaban sobre lo divino y lo humano,
sentados en círculo en el césped delante del laboratorio de física Jefferson.
Como el gobierno federal no interviene para nada en la organización o control de las universidades privadas, hay un organismo regional independiente que evalúa la calidad de las mismas. Este organismo está integrado por representantes de las universidades de mayor prestigio, y define los estándares: número y nivel del profesorado, laboratorios, bibliotecas, etc. Las universidades tienen que cumplir estos estándares para ser acreditadas por dicho organismo. Si una universidad no consigue o pierde su acreditación, no goza de ningún prestigio, sus títulos valen menos que el papel en donde están impresos y, por supuesto, no atrae a profesores y estudiantes cualificados. El sistema se regula a si mismo sin intervención de ninguna administración pública.
Otra
diferencia fundamental con respecto a los países de tradición estatalista como
son Francia, Alemania y España, es que el concepto de título oficial no existe. Simplemente, si se
completan con éxito unos estudios determinados, la universidad expide al
estudiante un
título propio, cuyo valor depende exclusivamente del prestigio de la
misma. El gobierno federal o el de los estados no se enteran ni mantienen un
registro de los títulos expedidos por las universidades privadas. La tradición
española de que es el Jefe del Estado quién otorga los títulos universitarios es, en el mejor de los casos,
pintoresca. He presenciado una ceremonia de fin de curso en la universidad
Alfonso X El Sabio en la que se manifestó con un orgullo desbordante que el
rector ostentaba la representación del
Rey.
El lector puede preguntarse cómo se garantiza la capacidad profesional de los médicos, abogados, ingenieros de obras públicas, pilotos de líneas aéreas, y otros profesionales responsables de actividades de importancia pública obvia. Los estados, en el contexto español serían las autonomías, son los responsables de autorizar el ejercicio de estas profesiones. Cada estado organiza exámenes de admisión al ejercicio de las mismas.
Naturalmente, los miembros de los tribunales son profesores de universidades de reconocido prestigio; pero el hecho es que estos exámenes no están controlados ni son la responsabilidad de ninguna universidad en concreto, sino de las autoridades del estado. Sin haber aprobado estos exámenes, por ejemplo, los médicos titulados de cualquier universidad sólo pueden trabajar dentro de un hospital universitario bajo el control de sus responsables médicos y en una capacidad secundaria. Los abogados tampoco pueden ejercer ante ningún tribunal, sin haber pasado un examen de admisión. Lo mismo para los ingenieros de obras públicas y arquitectos. Pero aquellos profesionales que no tienen un impacto obvio de carácter público, por ejemplo, físicos, matemáticos, biólogos, ingenieros electrónicos, etc., no requieren ningún registro colegial, ni título, ni autorización de nadie para ejercer su profesión. Simplemente, requieren ser contratados por alguna organización, la cual ya se cuidará de que estén cualificados.
La
independencia total de la universidad relativa a todo órgano externo a la
misma, ya se trate de las administraciones públicas o de las fundaciones
donantes, le confiere una flexibilidad y vitalidad que no pueden ni soñarse en
países de tradición estatalista como Alemania, Francia y España. La universidad
decide unilateral y autónomamente los programas de estudios, se dota a si misma
de un sistema de normas y regulaciones que puede cambiar en cualquier momento,
suprime asignaturas que han perdido interés e incorpora otras nuevas, sin
referencia a ninguna instancia externa. También impera el principio de que toda
regulación existente puede dejar de cumplirse en circunstancias especiales, si
hay justificación para ello y bajo la responsabilidad de algún individuo con
autoridad.
Esto
conduce a situaciones inconcebibles en Europa, como la identificación de un
estudiante superdotado que es admitido en la universidad a los catorce años de
edad, que luego se gradúa del college
a los dieciocho y obtiene su doctorado a los 21. Un profesor de matemáticas muy
distinguido de Harvard, Garrett Birkhoff, destacó por su brillantez como
estudiante del college, y fue
admitido al graduarse en la society of
fellows, una sociedad interna organizada para reconocer y apoyar la carrera
de estudiantes de extraordinaria brillantez. El Profesor Birkhoff decidió que
sus investigaciones podían ser más fructíferas sin pasar por el programa formal
del doctorado. Consiguió una cátedra de matemáticas en Harvard, sin haber hecho
nunca el doctorado. Su padre, George David Birkhoff, fue también catedrático en
Harvard, y fue uno de los matemáticos más destacados en el primer tercio del
Siglo XX. Es uno de los pocos matemáticos americanos cuyas obras completas han
sido publicadas por la American Mathematical Society.
Es
sorprendente notar el buen criterio usado en la selección de estudiantes como
miembros de la society of fellows (Soc.
Fells). Bastan algunos ejemplos: John Bardeen, AB ’38, Soc. Fells 1935-1938, único hombre en la historia que ganó dos
premios Nóbel de física, uno por ser el co-inventor del transistor y el otro
por la teoría de la superconductividad, desarrollada cuando era profesor en la
Universidad de Pennsylvania; James Tobin, PhD
(doctor) 1947, Soc. Fells
1947-1950, premio Nóbel; Stanislaw Ulam, Soc. Fells 1936-1939, jugó
un papel decisivo en el desarrollo de la bomba de hidrógeno; Roald Hoffman, PhD
1962, Soc.
Fells 1962-1965, premio Nóbel.
Ninguno
de estos premios Nóbel fue por trabajos realizados en Harvard. La creación y
difusión del conocimiento es en las dos direcciones, hacia otras instituciones
y desde otras instituciones hacia Harvard. Notamos que de los 38 premios Nóbel
de Harvard, sólo el 28% de los ganadores habían hecho estudios en la
universidad.
Una selección subjetiva de
otros ex-alumnos notables de Harvard, excluidos los políticos, nos da una idea
de la gran diversidad de los mismos y de sus carreras futuras:
John
Reed, AB 1910, corresponsal en Moscú al estallar la revolución bolchevique,
escribió el panegírico de la revolución Ten Days that Shook the
World. Está enterrado en las murallas del Kremlin.
Norbert
Wiener, recibió su título de PhD (doctor) en 1913, antes de cumplir los 19 años.
Desarrolló los conceptos y la teoría de la cibernética. Fue profesor del MIT,
en donde desarrolló toda su carrera académica.
George
W. Merck, AB 1915, hijo del fundador de la compañía farmacéutica Merck, la
segunda más grande del mundo. Como presidente de Merck, en la época difícil de
la Gran Depresión de los años 30, decidió dedicar la compañía a la
investigación de vanguardia. Como fruto de esta política, se hicieron algunos
descubrimientos históricos: la estreptomicina para el tratamiento de la tuberculosis
(por Waksman, premio Nóbel), la vitamina B12, la cortisona, etc. Esta tradición
investigadora se ha consolidado y ha seguido creciendo hasta el presente: en
1999 el presupuesto de I+D de Merck ascendió a $2,1 mil millones (unos 400 mil
millones de pesetas).
Almirante
Isoroku Yamamoto, estudiante especial 1919-1920, Comandante en Jefe de la
Marina Imperial Japonesa, planeó y ejecutó el ataque a Pearl Harbour.
J. Robert Oppenheimer, AB 1925, dirigió el laboratorio de Los Alamos (desarrollo y construcción de la bomba atómica) en la segunda guerra mundial.
Barbara
Tuchman, AB 1933 Radcliffe, colegio femenino asociado con Harvard, historiadora
eminente escribió el clásico The Guns of August, considerado por muchos
como la mejor obra sobre los orígenes y el estallido de la Primera Guerra
Mundial.
Edward
Purcell, PhD 1938, premio Nóbel de física.
Paul
Samuelson, PhD 1941, premio Nóbel de economía, ejerció toda su carrera
académica en el MIT.
Bill Gates, realizó estudios
en Harvard en los años 70 sin llegar a terminarlos; en 1975 abandonó la
universidad en su tercer año para fundar Microsoft con su amigo de la infancia
Paul Allen. No sólo se ha convertido en el hombre más rico del mundo, sino que
ha creado la Fundación Bill y Melinda Gates a la que han dotado con $21.000
millones para apoyar iniciativas filantrópicas globales en los campos sanitario
y de educación. Es un ejemplo vivo de que se puede adquirir una fortuna
inimaginable sin explotar a los trabajadores (un número apreciable de
empleados de Microsoft se han hecho
millonarios a través de las opciones de acciones).
También es de interés citar algunos de los profesores
notables, ninguno de los cuales obtuvo un título de Harvard; indicamos
los años en que enseñaron e investigaron en la universidad:
Wassily
Leontief, 1931-1975, premio Nóbel de economía.
Walter
Gropius, 1938-1952, arquitecto.
Julian
Schwinger, 1945-1972, premio Nóbel de física.
Nicolaas
Bloembergen, 1949-, premio Nóbel de física.
José
Luis Sert, 1953-1969, arquitecto.
J.D.
Watson, 1955-1976, premio Nóbel de medicina, junto con Crick descubrió la
estructura del ADN.
Carlo
Rubbia, 1970-, premio Nóbel de física.
Steven
Weinberg, 1973-, premio Nóbel de física.
Estos profesores son un ejemplo claro de la universalidad
del proceso de selección. Gropius, fundador de la Bauhaus en Dessau (famosa
como escuela de arquitectura y diseño, y también por sus edificios), fue uno de
los grandes arquitectos del siglo XX. Se exilió voluntariamente del régimen de
Hitler y se refugió en Londres, hasta que fue invitado a Harvard en 1937. Fue
así miembro de aquella generación legendaria de científicos e
intelectuales europeos, entre los que se encuentran Einstein, Bethe,
Fermi, y Wigner (todos éstos premios Nóbel de física), los cuales abandonaron
Europa huyendo de Hitler y del fascismo en los años 30, y que no sólo
enriquecieron sino que cambiaron para siempre el rumbo de la ciencia en los Estados Unidos. Sert fue un
arquitecto catalán de fama mundial, exiliado de la guerra civil española,[22]
que sucedió a Gropius como decano de la facultad de arquitectura. Bloembergen,
un nativo de Holanda, y Rubbia, italiano, son otros dos ejemplos más recientes
de la universalidad del profesorado de Harvard.
Endogamia:
¿dónde está tu victoria?.
La
Universidad de Stanford
Esta universidad es de un
interés especial, por la influencia que ha tenido en la emergencia del fenómeno
de Silicon Valley, una concentración muy elevada de industrias electrónicas centrada
en el valle de Santa Clara, situado a unos 50 kilómetros al sur de San
Francisco.
La Universidad de Stanford, situada en Palo Alto,
Condado de Santa Clara, California, fue establecida por una Carta Fundacional
redactada por su fundador, Leland Stanford, magnate del ferrocarril, Gobernador
de California y Senador de los Estados Unidos, la cual fue aprobada por la
primera Junta de Gobierno (Board of Trustees) de la futura universidad el 14 de
noviembre de 1885. La nueva universidad abrió sus puertas para el primer curso
el 1 de octubre de 1891.
El matrimonio Stanford donó a la universidad la inmensa
fortuna que el senador había amasado, primero vendiendo provisiones a los
mineros de oro, y luego participando con sus tres socios en la construcción del
Central Pacific Railroad que se uniría con el Union Pacific para completar el
primer ferrocarril intercontinental.
La donación inicial incluía el rancho de 8.000 acres (unas 3.600 hectáreas) que los Stanford tenían en Palo Alto, y un capital de $21 millones para la construcción de los edificios y para asegurar el funcionamiento inicial. En la Carta Fundacional Stanford estipuló que la universidad nunca podría vender ninguna parte de sus tierras.
Es interesante para el lector español recordar un poco de la historia de la California española relativa a Palo Alto. A partir de la mitad del siglo XVI, los españoles establecieron una ruta comercial importante entre Méjico y las Filipinas, y su interés en California era debido a que los galeones de Manila navegaban a lo largo de la costa de California, con sus valiosos cargamentos del Oriente, en la última etapa de la travesía del Pacífico hasta Acapulco. Para proteger las manufacturas de seda de Sevilla, Felipe II decretó en 1593 que el comercio entre Méjico (oro y plata) y Manila (sedas y otras mercancías de lujo de Oriente) se limitaría a un galeón por año. Para aumentar al máximo los beneficios del viaje, el galeón iba cargado hasta los topes con mercancía, la cual ocupaba espacio que debería haber sido reservado para agua y comida. El viaje de Manila tardaba entre seis y siete meses, durante los cuales las tripulaciones padecían horribles sufrimientos, debidos a la hambruna, la sed y el escorbuto. Parecía necesario encontrar un puerto en la costa de California, en el que el galeón anual de Manila pudiera recabar, para cargar agua y comida y dar un descanso a la tripulación. Esto condujo al descubrimiento de la bahía de Monterrey por Vizcaíno en 1603. Debe notarse que los vientos y las corrientes hacían la navegación nor