Capítulo 5

 

TITULOS OFICIALES CON VALIDEZ EN TODO EL ESTADO

 

Una característica muy negativa de las culturas latinas en general y española en particular es la obsesión por los títulos universitarios oficiales, los cuales son otorgados en España bajo la autoridad del Estado según establece la Constitución,  por lo cual son válidos en todo su ámbito. No tiene demasiado interés investigar los orígenes históricos y ancestrales de esta obsesión nacional, pero sí debe señalarse que es algo perfectamente inútil y contraproducente, puesto que deforma la mentalidad de nuestros jóvenes graduados universitarios y tiene graves consecuencias para el desarrollo y funcionamiento del país.

Con la democratización de los estudios universitarios, la cual tiene el resultado beneficioso y deseable de que una proporción cada vez más elevada de nuestros jóvenes acceden a la universidad, es una aberración pretender que estos estudios resulten en una calificación profesional (médicos, abogados, ingenieros, etc.). Simplemente, la sociedad no necesita ni puede absorber a todos estos profesionales.

Consideremos el caso de los abogados. En España hay 142.000 abogados colegiados, de los cuales 45.000 están en Madrid.[1] Un abogado por cada 300 habitantes, y las facultades de derecho no paran y siguen produciendo más y más abogados. Como contraste, en Alemania (83 millones de habitantes) hay 95.000 abogados, en el Reino Unido (59 millones de habitantes) hay 49.000 abogados y en Francia (59 millones de habitantes) hay 20.000 abogados.  Las discusiones sobre cómo mejorar el acceso de los graduados de derecho al ejercicio de la abogacía (con pasantías, colegiación, examen de acceso al ejercicio de la profesión administrado por los colegios, masters) eluden por completo la cuestión esencial: hay que cerrar el grifo de abogados que está inundando al país. A pesar de esta plétora, hay un consenso generalizado de que la justicia es una de las instituciones que funcionan peor en España, en  relación a los países de nuestro entorno. No importa, lo que cuenta es expedir más títulos oficiales, y para lograrlo se  siguen dando becas para estudiar derecho.

Consideremos la expresión que aparece en muchos títulos universitarios: el título X “faculta al interesado para ejercer la profesión y disfrutar de los derechos que a este grado le otorgan las disposiciones vigentes”. Esto induce a muchos graduados a pensar que su trabajo en la vida debería ser el ejercicio de la profesión en cuestión.  Debido a la plétora excesiva de profesionales, una proporción considerable de los graduados que intentan ejercer la profesión no lo consiguen, con el resultado de desperdiciar unos años importantes de su vida de trabajo.

Esta cuestión primordial ha sido resuelta en los países anglosajones con un sistema universitario basado esencialmente en dos ciclos. El primer ciclo tiene tres años de duración en el Reino Unido y cuatro años en Estados Unidos; su característica esencial es que su objetivo es dar a los estudiantes una educación liberal y general, no profesional. Los títulos que se otorgan en este primer ciclo tienen nombres genéricos apropiados: bachelor of arts, bachelor of science, bachelor of engineering, etc. Lo equivalente en español sería licenciado en humanidades, licenciado en ciencias, licenciado en ingeniería, etc. Pero aunque los nombres son importantes, lo esencial es lo que hay detrás de ellos. En Harvard, un estudiante que aspire al título de bachelor of arts tiene que seguir cursos no sólo en humanidades (lengua y literatura inglesa, historia, filosofía, etc.) sino también en ciencias e ingeniería (matemáticas, biología, física, informática, etc.). En el Massachusetts Institute of Technology (MIT), un estudiante que aspire al título de bachelor of nuclear engineering, aparte de sus cursos troncales en ingeniería y física nuclear, matemáticas, laboratorios, etc., tiene que seguir cursos en historia, cursos en los que se estudian distintas culturas y sistemas de valores, ética, etc. En todos los estudios de primer ciclo en humanidades, ciencias e ingeniería, se da gran importancia a la comunicación oral y escrita, la cual es necesaria para cualquier trabajo, y en particular para el trabajo en equipo. El tener que escribir ensayos que son revisados y corregidos individualmente es algo esencial en la formación universitaria. Asimismo, se inculca a los estudiantes la importancia de estudiar y aprender a lo largo de la vida para poder seguir distintos itinerarios de carrera. Esto resulta en una actitud mental flexible que facilita a los graduados su inserción en el mundo actual, en el cual el concepto de un empleo, más aun, de un área de actividad laboral fija para toda la vida simplemente ha dejado de tener vigencia.

Un ejemplo concreto de esta flexibilidad mental de los graduados con una educación universitaria liberal es una anécdota que me fue contada por Cardona:[2] “Hace poco iba en un avión y  me puse a corregir una tesis doctoral, vino el sobrecargo (azafato) que observó mis papeles y me dijo: ‘¿Usted es científico?.’ Yo le dije que sí, y él me dijo: ‘¿De qué especialidad?’ Yo le dije: ‘físico.’ Y él me contestó: ‘yo en el college me  especialicé en ingeniería.’ Y estaba de lo más feliz, trabajando de azafato. Esto pasó en un avión de American Airlines  sobrevolando Estados Unidos; nunca ocurriría en un avión de Lufthansa  o de Iberia, encontrarte a un ingeniero trabajando de azafato. Es inconcebible. Prefieren cobrar el seguro de desempleo, porque es denigrante hacer algo así, cuando se tiene un título oficial con validez en todo el Estado.”

Un graduado con una educación universitaria liberal está perfectamente equipado para optar a muchos trabajos no profesionales: vendedor de IBM, diplomático tras su ingreso en la carrera, escritor, analista financiero o banquero (después de algunos años de aprendizaje en el trabajo), periodista, empresario, etc. Cito a Pérez-Díaz y Rodríguez:[3] Hay que recordar aquí algo elemental, y es que, en esta vida, a la hora de hacer muchas cosas importantes o de alcanzar situaciones muy respetables, los títulos son irrelevantes, o de valor secundario, o a veces contraproducentes. Para poder llegar a ser empresario o político profesional no hacen falta títulos. Incluso para ser un santo, un sabio o un artista no hacen falta títulos.” Estoy en completo acuerdo con esto, pero lo clarificaría añadiendo que aunque los títulos son irrelevantes, no lo es la formación recibida en unos estudios universitarios adecuados. Por citar algunas figuras históricas sin título universitario, recuerdo a Truman, sucesor de Roosevelt en la presidencia de Estados Unidos, que sólo tenía estudios secundarios. Bill Gates de Microsoft tampoco obtuvo ningún título ya que abandonó Harvard en su tercer año. Camilo José Cela no terminó tampoco ninguna carrera universitaria.

El autor trabajó durante nueve años  (hasta 1976) en el Centro Científico de IBM en Palo Alto, California, en donde llegó a conocer la cultura de IBM en profundidad. Hasta aquella época, sólo había habido cuatro presidentes de IBM: el fundador Thomas Watson Sr., su hijo Thomas Watson Jr. que fue el impulsor de la IBM moderna, Vincent Learson y Frank Cary. ¿Qué tenían los cuatro en común? Pues que eran vendedores, todos habían llegado a la cima ascendiendo a través de la organización de ventas, antes de alcanzar puestos en la alta dirección. El fundador nunca pisó una universidad como estudiante y los tres últimos tenían el título de bachelor, es decir, no habían hecho estudios profesionales. El laboratorio central de investigación de IBM, situado en Yorktown Heights, a 56 km al norte de Nueva York, era y sigue siendo uno de los dos laboratorios industriales más importantes del mundo (el otro es Bell Telephone Laboratories de la antigua AT&T y hoy de Lucent Technologies). En Yorktown Heights ha habido siempre científicos e ingenieros muy destacados (premios Nobel y todo eso),[4] la mayoría con doctorados en ciencia e ingeniería, es decir con títulos profesionales obtenidos en las escuelas de post-grado de las mejores universidades. Pues bien, todo el mundo en IBM sabe y asume que la gente clave y la más importante son los vendedores [5] (son los que traen el dinero a casa), ninguno de los cuales tiene en principio título profesional alguno.

Es obvio que un país se beneficia del hecho de que una mayoría de su población adulta tenga formación universitaria, pero está claro que esta formación no tiene por qué estar ligada a una calificación profesional, ya que el número de profesionales que requiere una sociedad es necesariamente limitado.

Las profesiones en Estado Unidos, médicos, abogados, físicos, químicos, ingenieros, economistas, etc., se alcanzan por medio de estudios post-graduados de segundo ciclo que se empiezan a los 22 o 23 años, una vez graduados del college, cuando las personas han alcanzado la madurez suficiente y saben lo que quieren. Los estudios profesionales de post-grado son de una enorme exigencia, en particular los de medicina, en los que después de un programa académico de unos 4 o 5 años de duración, los graduados tienen que hacer otros 4-5 años de residencia en un hospital universitario según la especialidad, con horarios y guardias de una particular dureza. Los ingresos económicos durante estos años de estudio son los justos para mantenerse de modo espartano, lo mismo que en los programas doctorales de ciencias e ingeniería, los cuales duran un mínimo de cuatro años. Descendiendo en la escala de dureza académica, medida solamente por su duración,  están los estudios post-graduados de derecho (tres años), y los del Master of Business Administration (dos años). Es típico que en derecho, medicina y administración de empresas, los estudiantes pidan préstamos personales para financiar los estudios, los cuales serán pagados a lo largo de su vida de trabajo. Según el viejo refrán americano: there is no such thing as a free lunch (las comidas gratis no existen).

Lo mismo que en los estudios liberales del college (primer ciclo), tampoco hay títulos oficiales para los estudios profesionales del segundo ciclo. El lector puede preguntarse cómo se garantiza la capacidad profesional de los médicos, abogados, ingenieros de obras públicas (caminos), pilotos de líneas aéreas, y otros profesionales responsables de actividades de importancia pública obvia. Los estados, en el contexto español serían las autonomías, son los responsables de  autorizar el ejercicio de estas profesiones.  Cada  estado  organiza  exámenes de admisión al ejercicio de las mismas, naturalmente en colaboración con las universidades y colegios profesionales.

Obviamente, los miembros de los tribunales son profesores de universidades y otros profesionales de reconocido prestigio; pero el hecho es que estos exámenes no están controlados ni son la responsabilidad de ninguna universidad o colegio profesional en concreto, sino de las autoridades del estado. Sin haber aprobado estos exámenes, por ejemplo, los médicos titulados de cualquier universidad sólo pueden trabajar dentro de un hospital universitario bajo el control de sus responsables médicos y en una capacidad secundaria. Los licenciados en derecho tampoco pueden ejercer ante ningún tribunal, sin haber pasado un examen de admisión al ejercicio profesional. Lo mismo para los ingenieros de obras públicas y arquitectos. Pero aquellos profesionales que no tienen un impacto obvio de carácter público, por ejemplo, físicos, matemáticos, biólogos, ingenieros electrónicos, periodistas, etc., no requieren ningún registro colegial, ni título oficial, ni autorización de nadie para ejercer su profesión. Simplemente, requieren ser contratados por alguna organización, la cual ya se cuidará de que estén calificados.

Esta forma de admitir a un graduado universitario al ejercicio profesional se está debatiendo en España en el caso de los licenciados en derecho, para los que se ha propuesto un examen de admisión a la abogacía administrado por el colegio de abogados, como es la norma en otros países de la Unión Europea.[6]

La rigidez estructural creada por la cuestión de los títulos oficiales está siendo superada en España por el progreso continuo de la sociedad civil. No sólo las universidades privadas, sino también las públicas, conceden cada vez más títulos “propios”, es decir, no regulados por los burócratas del Ministerio de Educación. El hecho mismo de que una burocracia centralizada intente regular el conocimiento humano, siempre en evolución pero en el presente a un ritmo mucho más rápido que en el pasado, es como  pretender poner vallas al campo.

El número de carreras o titulaciones universitarias oficiales ha alcanzado un número demasiado elevado. Sus programas de estudios, asignaturas y contenidos, prácticas, etc., todo escrito y codificado, resultan contraproducentes porque desde el momento de su aprobación y codificación empiezan a quedarse anticuados, como es natural. La solución obvia es que sean las universidades las que definan y especifiquen sus propios títulos universitarios, los cuales deben ser genéricos y cuyo número debe ser necesariamente reducido. Esto daría al sistema la flexibilidad y el dinamismo requeridos por la evolución actual del conocimiento humano, sin estar sometidos al poder político y a los resultados electorales. Por título genérico se entiende, por ejemplo, un título en ingeniería a secas (ingeniero o licenciado en ingeniería), cuyos contenidos y especialización (mecánica, eléctrica y electrónica, industrial, telecomunicación, aeronáutica, naval, etc.) pueden ser especificados de la forma adecuada por la universidad que los confiere. Estos títulos vendrían avalados por la calidad de la universidad que los otorga y por la sociedad que los juzga y valora de acuerdo con su prestigio, como es el caso en los países anglosajones. Este sistema se regula a si mismo, sin necesidad de intervención alguna de los poderes públicos.

 

 

La homologación de los títulos no oficiales

 

            El problema de la homologación de los títulos universitarios de otros países se ha planteado continuamente en España a lo largo de los años. Es un problema real que puede ilustrarse con un ejemplo actual. Parece ser que hay un número considerable de dentistas sudamericanos, en particular argentinos,  que consiguen la homologación y se establecen en España. Es evidente que ésta es necesaria, porque la sociedad requiere un control de la idoneidad de ciertos profesionales para ejercer, en particular de aquellos en el área de salud.

            Este control puede ser ejercido como en la actualidad por el Ministerio de Sanidad, o por una junta central de homologación designada por el mismo. En ambos casos, el resultado es el mismo. En Estados Unidos en el pasado, la homologación de médicos extranjeros no se concedía sin que estos tuvieran casi que estudiar de nuevo la carrera en Estados Unidos, incluido un largo período de residencia en un hospital universitario.

            Con la Unión Europea se va hacia el reconocimiento de los títulos médicos obtenidos en cualquier país miembro. En el Reino Unido, la aplicación de esta política está muy avanzada. De hecho, reclutan de forma activa tanto médicos como enfermeras españoles. En Canadá se requiere un examen inicial, luego la primera parte de otro examen, una residencia en un hospital universitario de 12 meses, y luego la segunda parte del otro examen.

            La necesidad de la homologación de las profesiones médicas es algo obvio, lo mismo que las de otras profesiones en las que la seguridad pública está en juego, como es el caso de los arquitectos, ingenieros de obras públicas (de caminos, canales y puertos en España, llamados civil engineers en el mundo anglosajón),  pilotos de líneas aéreas, abogados, etc. Pero hay una serie de profesiones que no afectan para nada la seguridad pública y que son homologadas innecesariamente por el Ministerio de Educación.

            Me refiero a todas las profesiones en ciencias (física, química, biología, matemáticas, etc.) en ingenierías (telecomunicación, electrónica, informática, etc.), en donde la calificación y evaluación de estos profesionales debería dejarse a las organizaciones, incluidas las gubernamentales, que quieren contratarlos. Esta es de hecho la situación actual en las empresas privadas españolas que reconocen títulos nacionales o extranjeros no “oficiales” utilizando de forma autónoma sus propios criterios sobre la calidad de los mismos. Pero el lastre de la tradición burocrática en España es tal que en el tema de las homologaciones se producen situaciones surrealistas muy negativas.

            Un ejemplo es el caso de estudiantes europeos que quieren hacer estudios de post-grado en España. Pues bien, primero tienen que solicitar la homologación  por el Ministerio de Educación español de  su título de licenciado en la universidad de origen. Este es un proceso kafkiano cuya duración es imprevisible, por lo que el proceso no tiene ningún sentido. Normalmente, un estudiante solicita en primavera su admisión para el curso que comienza en el otoño siguiente. La homologación impide el desarrollo normal del proceso, puesto que debería ser la universidad a la que quiere ir el estudiante la que decidiera de forma autónoma y en menos de un mes sobre sus calificaciones para ser admitido. En la práctica, la Universidad de Navarra (UNAV) admite a estudiantes extranjeros para estudios post-graduados, incluso doctorados, sin requerir la homologación oficial de su primer título. La contrapartida a esta flexibilidad es que el estudiante extranjero recibe un título propio de la UNAV, no el “oficial”. El estudiante extranjero consigue exactamente lo que quiere, un título de la UNAV que goza de considerable prestigio a nivel europeo e internacional. Si el estudiante es inglés o americano, todavía se queda más ancho, porque ni en el Reino Unido ni en Estados Unidos saben que existen títulos “oficiales”.

            El ejemplo más hiriente de las aberraciones que resultan de las homologaciones innecesarias es el de una persona que se doctoró en física por la Universidad de Stuttgart. Regresó a España y ganó unas oposiciones de colaborador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La homologación de su título de doctor estaba en curso, pero como este proceso es un arcano y duró más de lo esperado, su oposición tuvo que ser anulada por razones administrativas. ¿Pero es que el CSIC no conocía la Universidad de Stuttgart, su nivel académico, sus profesores? Por supuesto que sí. Este poder de decisión, que como es lógico debería estar en manos del CSIC, no fue transferido por la burocracia ciega y sin rostro del ministerio, resultando en el disparate mencionado.[7]

            El concepto mismo de título “oficial” es burocrático y antiuniversitario, y su “homologación” es una aberración burocrática que raya en la imbecilidad, por lo que nunca fue utilizada en los países de nuestro entorno, y contra la que claman desde hace tiempo muchas personalidades académicas españolas. Una persona con el título de doctor de alguna de las mejores universidades del mundo (Harvard, MIT, Universidad de Cambridge, Escuela Politécnica Federal de Zurich, ...) viene a España y tiene que tener su título homologado por el Ministerio de Educación, un proceso burocrático y arcano que puede durar hasta tres años. ¿Quién es responsable de que esta imbecilidad perdure? Todos nosotros.

El ideal universitario sobre la “homologación” se ilustra en el caso siguiente. A finales de los 50, Manuel Cardona (Premio Príncipe de Asturias de Investigación y Director Emérito del Instituto Max Planck de Stuttgart) fue admitido en Harvard como estudiante “especial”, es decir, en un programa sin objetivo de título. En esa época, los medios académicos americanos podían pensar que España era un país de pastores (los pastores vascos emigraban entonces a EE. UU. para cuidar rebaños de ovejas). Advertido del significado de estudiante “especial”, Cardona fue a ver a un decano, el cual le recibió durante varias horas, al final de las cuales cogió el teléfono, dio una orden y le dijo: “queda admitido para hacer el doctorado.”

            Con la Constitución española en la mano, en la que incomprensiblemente el Estado se reserva en exclusiva la facultad de otorgar títulos académicos,  es posible que para cambiar de raíz esta situación se necesite una reforma de la Constitución; pero de hecho, sin cambiar la Constitución, nada impediría que el gobierno ignorase la famosa homologación y dejase que las organizaciones interesadas, incluidas las universidades y organismos públicos de investigación, reconocieran o no títulos universitarios extranjeros y nacionales.

 



[1] El País, 31 de marzo de 2002.

 

[2] Véase el Apéndice B de este libro.

 

[3] Victor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez, Educación Superior y Futuro de España, Fundación Santillana, Madrid, 2001, pág. 372.

 

[4] La organización de Yorktown Heights es horizontal. En los puestos permanentes sólo hay una categoría: staff member (esto significa en general un investigador con el doctorado). Las jefaturas de los departamentos (matemáticas, física, ingeniería, etc.) son ejercidas por períodos de unos cinco años por un investigador, ya que se consideran funciones administrativas sin el prestigio de la investigación de vanguardia. El edificio del laboratorio tiene la forma de un arco de círculo con un amplísimo mirador hacia el exterior a lo largo de todo el arco, desde donde sólo se divisa un paisaje de bosques frondosos, sin ninguna construcción humana. Los despachos y laboratorios están a lo largo de pasillos perpendiculares al mirador, ninguno tiene ventana. La idea es conseguir un ambiente igualitario, en donde el único mérito es la calidad investigadora del trabajo; cuando se siente claustrofobia, se da un paseo por el mirador.

 

[5] El fundador, Watson Sr., le dijo a su hijo: “Todo empieza con una venta. Si no hay ventas, no hay comercio en América.” Thomas J. Watson Jr. y Peter Petre, Father Son & Co., Bantam Books, Nueva York, 1990, pág. 8.

 

[6] El País, 31 de marzo de 2002.

 

[7] Por razones obvias de privacidad, no doy nombres. Esta triste anécdota me fue comunicada de primera mano por medios académicos de la Universidad de Stuttgart.