Capítulo 6

 

EL CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS Y EL CNRS FRANCÉS

 

            La investigación científica y el desarrollo técnico son el resultado de un sistema complejo que comienza en las universidades, continua en los laboratorios públicos y privados de investigación  y culmina en las empresas tecnológicas. En este capítulo y en los siguientes, describo algunos laboratorios públicos de España y de otros países. La cuestión no es comparar los presupuestos y medios materiales y humanos, sino sus tradiciones, valores, y sistemas de gobierno y de personal.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas fue creado por ley de 14 de noviembre de 1939 al terminar la guerra civil y comenzó a funcionar en 1940. Es una coincidencia de interés que el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) francés fue creado también por decreto el 19 de octubre de 1939, cuando Francia acababa de entrar en la segunda guerra mundial.

La similitud de ambas instituciones es muy marcada. Ambas nacen por decisión política de los jefes de estado de ambos países, como instituciones organizadas y controladas rígidamente por el aparato de dos estados centralistas. Esta concepción napoleónica[1] de que el estado puede organizar la creación científica y el desarrollo tecnológico apoyándose en burocracias que lo reglamenten y controlen todo resulta, en el mejor de los casos, en un despilfarro de los recursos públicos.

El presupuesto del Consejo para 2001 asciende a 70.000 millones de pesetas (€421 M), mientras que el del CNRS es de €2.457 M; es decir, este último es casi seis veces superior. El personal total del CNRS asciende a 25.000 personas, comparado con unas 5.000 personas del Consejo. Dejando de lado las diferencias culturales y educativas entre España y Francia, una cuestión por definición inabordable, el CNRS ofrece una guía abstracta de lo que podría ser el Consejo, si España fuera un país tan rico como Francia. El CNRS no es un modelo a seguir ya que, debido a su estructura burocrática extrema y a la multiplicidad de sus objetivos, la productividad y eficacia de este organismo no guarda relación con los recursos invertidos en el mismo.

El sistema anglosajón (EE.UU., Reino Unido y Canadá) de ciencia y tecnología es superior al napoleónico (francés y español), por su claridad de objetivos, su mayor eficacia y su flexibilidad. Esto será tratado en el próximo capítulo.

 

 

Objetivos del Consejo y del CNRS

 

            Ambos son organismos públicos controlados directamente por el Ministro de Ciencia y Tecnología español, y por el Ministro de Investigación francés.

               Los objetivos y funciones del Consejo le estaban asignados por una ley de 1986, en la cual se enumeraban una serie de principios vagos y generales: “ejecutar proyectos de investigación científica”, “fomentar el avance de la investigación básica”, “colaborar con las universidades en actividades de investigación y enseñanza superior”, etc. ¿En qué áreas científicas y técnicas? No se especificaban. En la práctica el Consejo lleva a cabo actividades en todas las ramas del saber, incluidas las humanidades. En teoría, no falta ambición.      

La organización y funcionamiento actuales del Consejo están establecidos por el Estatuto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, promulgado por el Consejo de Ministros en forma de Real Decreto de diciembre del 2000.[2] Según el estatuto, la misión del Consejo “no es otra que el desarrollo de la investigación científica y técnica en el marco y al servicio de la política científica y tecnológica del país, con objeto de impulsar el desarrollo económico y social en el sentido más amplio.”

El estatuto es un documento napoleónico de unas 32 páginas en el que se especifica absolutamente todo: organización, cargos directivos hasta un nivel bastante bajo, un sinnúmero de clasificaciones laborales, selección y contratación de personal, política de retribuciones, etc. ¿Cómo es posible un disparate semejante? Pues los franceses hacen esencialmente lo mismo, aunque a escala mucho mayor.

            El estatuto del CNRS es un documento de 15 páginas (decreto del 24 de noviembre de 1982) en el que se especifican los principios generales de su estructura y funcionamiento, pero el desarrollo concreto de estos principios es un cuerpo de leyes, decretos y regulaciones que ocupan siete volúmenes, en los que se trata desde la organización general de la investigación, organización general del CNRS, etc., hasta los medios inmobiliarios y materiales. Se regula todo, desde la investigación en física nuclear hasta la organización de la investigación sobre cuestiones árabes y del Islam. Esto es un trajín enorme para el gobierno francés, puesto que todo debe actualizarse permanentemente y en ello intervienen el Ministerio de Economía, el de Investigación, el de Educación y el gabinete del primer ministro.[3]

            Al igual que el Consejo, el CNRS ejerce su actividad en todas las áreas del saber y produce conocimientos para ponerlos al servicio de la sociedad. Más aun, el CNRS se designa como un organismo público de “investigación fundamental”. Es un tópico decir que la investigación fundamental es esencial para el progreso de la ciencia y tecnología, pero hay que afirmar que la investigación fundamental debe llevarse a cabo en las universidades, y otros organismos especiales pequeños y descentralizados. De esto hay que exceptuar la física de alta energía, la cual requiere aceleradores de partículas, es decir, las instalaciones científicas más grandes. Lo que no es razonable es crear una burocracia de 25.000 personas (CNRS) o de 5.000 (Consejo) y “hala, a investigar en todas las ramas del saber”.

Es revelador reflexionar sobre el hecho de que las grandes instalaciones de física de alta energía como el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN) en Ginebra, Acelerador Lineal de Stanford, Fermilab en Chicago, se caracterizan por tener un personal permanente (no funcionario) pequeño y por organizar su investigación con base a proyectos propuestos por científicos de cualquier país del mundo, los cuales son revisados por comités de científicos eminentes (no por burócratas en nómina) y, si son aprobados, son llevados a cabo por los científicos externos a la organización durante un período de tiempo mas o menos determinado.

 

 

Organización del Consejo y del CNRS 

 

            Las afirmaciones a continuación se refieren siempre a las estructuras funcionariales y burocráticas, nunca a aquellos investigadores individuales de gran calidad internacional que hay en el Consejo. Estos últimos no son responsables de trabajar en una organización burocrática, puesto que esto es lo único que hay (the only game in town).

 

Estructura del personal en el Consejo y en el CNRS. Es simplemente una aberración organizar la investigación y desarrollo tecnológico de un país por medio de un cuerpo de funcionarios que forman parte de la Administración del Estado.[4] Un investigador es la antítesis de un funcionario. Un funcionario anhela las categorías y clasificaciones y aspira a alcanzar la máxima categoría, en el caso del Consejo la de profesor de investigación, cargo que se detentará en propiedad hasta el retiro.[5] Un científico aspira a hacer descubrimientos extraordinarios que sean reconocidos como tales por sus pares y que despierten su admiración. En general, un científico con un doctorado en una buena universidad está en condiciones de hacer contribuciones extraordinarias en cualquier momento de su carrera. No queremos entrar en el tema complejo de la creatividad y la edad del investigador. Por esto un principio universalmente aceptado por la comunidad científica mundial es que, una vez comenzada la carrera investigadora, todos los científicos pueden tener a priori un potencial creativo importante en un plazo de tiempo no determinable, que no debe ser limitado por categorías ni otras consideraciones burocráticas; todo esto resulta en que la única categoría mundialmente reconocida es: científico o investigador.

Otras categorías del Consejo en orden descendente son: investigadores científicos, científicos titulares, titulados superiores especializados, titulados técnicos especializados, ayudantes de investigación y auxiliares de investigación. Luego viene la retahíla del personal funcionario, personal laboral y personal contratado y, finalmente, distintas combinaciones entre las distintas categorías. No entramos en el arcano de los becarios, con su lucha permanente para colocarse dentro de la burocracia. Hay que deplorar la inflexibilidad de la burocracia, por la que cada miembro del Consejo está clasificado rígidamente por categoría, la cual no corresponde en todos los casos a los méritos y logros individuales, ya que la antigüedad y las conexiones familiares directas siguen teniendo peso en los ascensos.

La estructura de personal del CNRS está especificada en un decreto del 27 de diciembre de 1984 (con actualizaciones posteriores). El cuerpo de funcionarios del CNRS consta de 18 categorías, y dentro de los investigadores hay dos clasificaciones: directores de investigación y encargados de investigación. Luego hay un grupo genérico de personal denominado ITA (siglas que designan ingenieros, técnicos y administrativos), en el que figuran los ingenieros de investigación y los ingenieros de estudios, y por último viene una maraña impenetrable de categorías inferiores.

            Estas estructuras funcionariales de personal hacen muy difícil la libertad de investigación del personal joven, el reconocimiento del mérito, y roban al sistema de toda flexibilidad. De hecho, las categorías de personal en los mejores centros no universitarios de investigación del mundo son: científicos, ingenieros, técnicos y personal administrativo. El nivel dentro de cada categoría se establece de forma natural, sin que haya que especificarlo con títulos, y se reconoce en los sueldos individuales basados en el mérito. Los grupos de investigación se forman espontáneamente, y la ausencia de una estructura jerárquica formal (aunque hay una estructura real no escrita) hace posible el cambio y la adaptación dinámica y flexible de los grupos y sus jefes a las situaciones cambiantes.

Cuando se organiza un centro internacional de investigación como la European Synchrotron  Research Facility en Grenoble, es imposible contemplar la utilización del laberinto de clasificaciones laborales del Consejo o del CNRS. Las categorías de personal existentes son las arriba señaladas: científicos, ingenieros, técnicos y personal administrativo. Dentro de la categoría de científicos, las diferencias salariales llegan al 60% y en la de ingenieros, al 100%. Estas diferencias pueden cambiarse cuando la dirección del laboratorio lo estime oportuno, siempre dentro del presupuesto global de gastos de personal. Para hacer lo mismo en el Consejo, sería necesario que el Consejo de Ministros elaborara un nuevo estatuto y promulgara un nuevo Real Decreto.

La estulticia de las organizaciones funcionariales de investigación se pone de manifiesto en el CNRS con respecto a la reglamentación demencial de la jornada de trabajo,  para cumplir escrupulosamente la nueva ley de la semana de 35 horas. Para satisfacer la norma general de 1.600 horas de trabajo anuales, que resultan de las 35 horas semanales, las ocho fiestas nacionales y los 25 días laborables de  vacaciones, y dado que el personal del CNRS tiene el privilegio especial de 32 días laborables de vacaciones (algo más de 6 semanas efectivas), el departamento de recursos humanos ha realizado unos cálculos kafkianos cuyo resultado es un semana laboral de 36 horas y 11 minutos.[6] 

Esto choca frontalmente con la mentalidad de todos los científicos con vocación, los cuales en las fases críticas y estimulantes de una investigación no consideran horarios ni cuentan las horas de trabajo. Doy dos ejemplos pertinentes. El primero es el de un científico,  Maurice Allais, francés, premio Nobel de Economía de 1988, graduado de l’Ecole Polytechnique. Exponente de la excelente formación recibida en esta institución, llevó a cabo también estudios teóricos y experimentales sobre la gravedad, por los que en 1959 recibió premios de la Sociedad Astronáutica Francesa y de la Fundación Americana para la Investigación de la Gravedad. Durante 1941-1948 tuvo un puesto administrativo en el Bureau des Mines de Paris, llegando a ser el Director. En este período empieza a investigar y a publicar sus libros importantes de economía. En sus propias palabras: “durante esta época, trabajé muy duro, no menos de 80 horas por semana.”[7]

Otro ejemplo es el de Abdus Salam, pakistaní, doctorado en la Universidad de Cambridge, premio Nobel de Física de 1979, profesor del Imperial College de Londres y director-fundador del Centro Internacional de Física Teórica de Trieste. En su breve biografía, publicada en el portal de Internet de la Fundación Nobel, se afirma: ”para llevar a cabo el volumen increíble de sus actividades, el Profesor Salam suprime todo lo que no considera esencial, vacaciones, fiestas y otros entretenimientos. Ante este ejemplo, el personal del Centro (de Trieste) ve muy difícil quejarse de que están sobrecargados de trabajo.”

En el establecimiento científico español, hay sectores importantes que reconocen la maldad del sistema funcionarial en las universidades y centros públicos de investigación. Cito algunos ejemplos.

En el informe especial escrito para la Generalitat de Catalunya por la Comisión de Reflexión sobre el Futuro del Ambito Universitario Catalán, presidida por el Dr. Ramón Pascual, y en el contexto de la selección de profesores universitarios, se afirma: “La selección (de profesores)[8] deberá permitir que las universidades se organicen de la manera más eficiente posible para cumplir sus funciones. La Comisión considera que estas premisas son incompatibles con la uniformidad y rigidez del sistema funcionarial del personal.”[9]

Mariano Barbacid, director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), está planificando una estructura laboral de investigadores basada en el principio siguiente: “en el CNIO no habrá investigadores con plaza fija (funcionarios) que se puedan permitir el lujo de tocarse las narices de por vida...”[10]

Mariano Esteban, Director del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) del CSIC, afirma: “actualmente trabajamos en el CNB 496 personas, de las cuales cerca de un 10% es personal científico extranjero, becarios y post-doctorales de 23 países que representan los cinco continentes. El personal funcionario es sólo un 14% del total.”[11]

Si hay un consenso de que la estructura funcionarial en las universidades y en los organismos públicos de investigación es algo así como la peste, ¿por qué el gobierno no la erradica de una vez?.

El Estado por supuesto requiere funcionarios para actividades permanentes y sobre todo muy específicas: jueces, militares, policías, empleados de correos, etc. En Estados Unidos también hay funcionarios, incluso en organismos públicos de tecnología. El ejemplo más pertinente es el del National Institute of Standards and Technology (NIST) (antiguamente National Bureau of Standards), un organismo público de 100 años de edad, cuya misión principal es llevar a cabo investigación aplicada en cuestiones como el desarrollo de patrones y métodos de medida, estándares industriales de calidad, tablas de funciones matemáticas y métodos numéricos, y tecnología industrial. Algunos de sus logros se enumeran a continuación.[12]

En la segunda guerra mundial, el NIST desarrolló pruebas físicas y químicas con las que obtener caucho sintético de calidad estándar.

A mediados del siglo XX, se convirtieron en los máximos expertos en ingeniería criogénica y construyeron la máquina más grande del mundo para la producción de hidrógeno líquido. Esta máquina produjo el hidrógeno líquido para la primera bomba de hidrógeno. Asimismo produjeron los datos necesarios para el uso de hidrógeno líquido como combustible en los cohetes de la NASA. Por último, colaboraron en la construcción de la cámara de burbujas con hidrógeno líquido para estudios experimentales de física nuclear en la Universidad de California, Berkeley, utilizada por Luis Alvarez en la investigación con la que ganó el premio Nobel de Física.

Construyeron la primera máquina lectora basada en el reconocimiento óptico de caracteres.

Hicieron el trabajo pionero en la utilización de la radiación del sincrotrón, producida cuando los electrones son acelerados en un campo magnético. Esta técnica es hoy fundamental y tiene múltiples usos, por ejemplo, el análisis de la estructura de proteínas como base para el desarrollo de nuevos fármacos.

Quizás el éxito editorial científico mayor de la historia es el clásico Handbook of Mathematical Functions, editado por Milton Abramowitz e Irene A. Stegun, publicado por el NIST por primera vez en 1964. Las ventas totales de las ediciones sucesivas (la última en 1999) alcanzan unos 600.000 ejemplares. Todo científico que usa matemáticas ha utilizado este libro, en el que se describen y se tabulan las funciones matemáticas más importantes.

Por último citamos el trabajo de William D. Phillips que ganó el premio Nobel de Física en 1997, por el desarrollo de métodos para enfriar y atrapar átomos con luz láser. Estas investigaciones han permitido la construcción de uno de los relojes más exactos del mundo, el NIST F-1, con el que se mantiene el patrón de tiempo en los Estados Unidos.

El NIST tiene también como misión concreta la mejora de la productividad y la capacidad comercial de las pequeñas empresas. Esto se consigue por medio de una red nacional de centros locales que prestan asistencia técnica y comercial a empresas pequeñas de fabricación, y por medio de programas de I+D  en asociación con empresas privadas. Todos estos objetivos tienen una aplicación tangible en la economía del país.

Si me he extendido en la descripción de algunas de las facetas del NIST es para señalar de forma clara lo siguiente: una organización funcionarial de investigación y tecnología sólo tiene sentido cuando su misión es la investigación aplicada dirigida a la obtención de objetivos nacionales muy concretos.

Lo que no es aceptable es tener una estructura funcionarial para realizar investigación básica en todas las ramas del saber, sin objetivos definidos. La investigación fundamental, sin objetivos definidos por instancias externas, es la esfera propia de las universidades con investigación.

Después de décadas de existencia, un organismo público de investigación y desarrollo debe poder señalar con nombres y apellidos cuáles han sido sus contribuciones al país, y no decir: hemos publicado X artículos científicos con un índice de impacto Y.

 

Folklore del Consejo y del CNRS. Como en toda burocracia sin objetivos claros que trata de perpetuarse a si misma, la razón de ser del Consejo es el crecimiento: más personal, más presupuesto, más poder y así indefinidamente en un circuito cerrado de realimentación, sin establecer contactos importantes con las empresas y la sociedad civil. Como ejerce actividades en todas las ramas del saber, el alcance de su actuación es, por definición, infinito.

            La indefinición de objetivos, por querer abarcarlo todo en un solo organismo, es un hecho tanto en el Consejo como en el CNRS. En un coloquio sobre la historia del CNRS celebrado en 1989 con motivo del 50 aniversario, se afirmaba : ”Precisamente porque el CNRS es omnipresente ..., no encuentra su sitio, no tiene visibilidad propia; ... este hecho ha sido apreciado tanto por Anne-Marie Moulin como por mi mismo cuando lo comparamos (el CNRS) con instituciones que conocemos bien, como el Instituto Pasteur y el Centro Europeo de Investigación Nuclear de Ginebra (CERN).”[13]

            La colaboración entre el CNRS y la empresa privada es una cuestión que está cobrando urgencia, como se pone de manifiesto en el informe anual de 1999. En este se afirma: “En los últimos años, la amplitud, la naturaleza y la calidad de las relaciones del CNRS con el sector industrial han experimentado un desarrollo considerable. Con el fin de responder con una investigación fundamental a sus necesidades de innovación y productividad, se han creado nuevos laboratorios en común con las grandes empresas, y las misiones y objetivos de los otros han sido definidos de nuevo. El campo de acción de la filial de evaluación del CNRS (FIST) ha sido aumentado notablemente. Esta filial participa en el establecimiento de incubadoras para ayudar a la creación de PYMES ...[14]

            El contraste entre esta actitud reciente del CNRS de entroncar su investigación con la industria y la situación en el Consejo es revelador. En la memoria 1997-1998 del Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa” del Consejo, hay una sección titulada “Actividades docentes y de colaboración con la industria”.  Este título parecería indicar la existencia de cierta colaboración entre el Centro y la industria. Pues no, la tal colaboración consiste en la recaudación de fondos por parte del Centro entre varias compañías farmacéuticas, la mayoría multinacionales, para financiar un Master en Biotecnología, cuyos graduados es probable que traten de colocarse en el mismo Centro.[15]

            Han pasado ya 60 años desde la fundación, y la sociedad civil española aun no sabe para qué sirve el Consejo, de hecho, muchos españoles desconocen su existencia. Sus contribuciones a la economía española han sido examinadas críticamente por Juan Velarde Fuertes. Este autor ha estudiado la base tecnológica del gran desarrollo económico de España desde 1960. Esta base está formada por tres elementos: la importación de equipo capital nuevo; la entrada de las multinacionales, que aportan la ciencia y tecnología de sus países de origen; y la compra de patentes extranjeras. ¿Dónde está la tecnología española?. “Esto provoca la búsqueda de una solución al margen del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que, por tercera vez en nuestra historia económica, ha orientado un evidente, y en algunos sentidos valioso, esfuerzo en una dirección nada interesante para nuestra economía.”[16]

Si el Gobierno no pone remedio, dadas las características universales de las burocracias sin objetivos bien definidos, cuando se cumpla el primer centenario del Consejo se seguirá  hablando de lo mismo: “faltan medios”, “hay que contratar más personal”, “investigación básica”, “no hay que perder el tren de las nuevas tecnologías”, “es de interés humanístico investigar sobre los métodos teóricos de la medicina en el siglo XIV”, etc.

No vale la pena examinar en detalle el organigrama del Consejo, por lo que sólo señalo algunos dislates  típicos de la mentalidad burocrática. Una de las dos vicepresidencias del Consejo, la de Organización y Relaciones Institucionales, dispone de algunas divisiones cuyos nombres pomposos recuerdan en cierto modo a organismos del gobierno de una nación. Por ejemplo: la Subdirección General de Relaciones Internacionales (Ministerio de Asuntos Exteriores), Gabinete de Comunicación y Difusión de Actividades (portavoz del gobierno), Unidad de Protocolo, Coordinadores Institucionales, representantes del CSIC en las CCAA (delegados del gobierno). Está claro que algunas de las funciones de estas divisiones son necesarias y existen en organizaciones internacionales de investigación, pero, cuando surgen algunas actividades en estas áreas, son llevadas a cabo simplemente por miembros del personal administrativo del nivel apropiado, sin que haya que crear pequeñas burocracias.

La pervivencia de las tradiciones (lo que hoy se llama “la cultura”), sean buenas o malas, es un hecho en toda organización, como evidencia la existencia de una Unidad de Protocolo en el CSIC en 2001. Aunque sólo de interés anecdótico, relato una perla sobre el protocolo del Consejo. Es la descripción de la sesión plenaria anual de 1968 de la División Juan de la Cierva del CSIC, hecha por un testigo presencial que hablaba español, profesor de física en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), ya fallecido. Escribió: “Asistieron a la sesión hombres vestidos de media etiqueta, hombres en uniformes de gala, y mujeres de traje largo y abanico. La sesión fue presidida por el Presidente del Consejo, sentado en la tribuna en compañía del Secretario General del CSIC y de otros dignatarios, a los que el programa se refería con el título de Excelentísimo Señor. Las ceremonias nos impresionaron, lo mismo que la conferencia impartida por el Excelentísimo Señor Don Salvador Escala Mila, la cual duró 90 minutos y cuyo título era Problemas Psicológicos en los Grupos de Investigación ...”.[17] Esto contrasta con el “protocolo” existente en la misma época en los medios científicos no burocráticos. Al regreso de Estocolmo, tras recibir su premio Nobel de Física en 1965, Feynman fue a dar una charla en CERN, y se presentó con el mismo traje que había llevado en la cena del Rey. Empezó diciendo: “Hablando con los otros laureados, comentábamos si había cambiado algo por el hecho de haber ganado el premio Nobel. Creo que ya observo un cambio. Me gusta este traje.” La audiencia en CERN respondió con abucheos y Weisskopf, el director del CERN, se sacó su chaqueta y dijo: “!en las presentaciones  científicas no vamos a llevar trajes!.” Con lo cual Feynman se saca la chaqueta, afloja la corbata y dice: “todo es de nuevo normal.”[18]

 

 

Investigación Aplicada. Excepto en el campo de la física de alta energía, por las razones antedichas, las universidades y otras instituciones especiales no burocráticas son el entorno natural donde debe llevarse a cabo la investigación básica. Es un error histórico el haber separado la investigación fundamental de la universidad, creando organismos como el Consejo y el CNRS con medios mucho mayores que los de la universidad, en detrimento de esta última.[19] 

Aquí nos centramos en la cuestión de la investigación aplicada, un objetivo esencial de un organismo público de investigación como el Consejo. Hay que añadir que, en bastantes contextos, no está nada clara la diferencia entre investigación básica y aplicada. El objetivo de la investigación aplicada debe ser la creación de conocimientos y tecnología nuevos para su comercialización o utilización por empresas nuevas o existentes, con el fin de generar riqueza y puestos de trabajo. Cualquier otro objetivo son excusas y justificaciones estériles. No es que el Consejo deba ser responsable único de la creación de nuevas empresas (spin-offs), pero sí debe hacerse co-responsable de este objetivo por medio de la colaboración estrecha con empresas. Desgraciadamente, en el presente no hay nada de esto. La burocracia centra entonces la justificación de su existencia en el número de artículos publicados en la revistas internacionales y su impacto.[20] Esto hace que el Consejo sea algo así como una sociedad cultural recreativa. Esta “cultura” del Consejo viene de lejos, cito del libro de Velasco: “toda investigación seria y honrada es ya en si una actividad cultural digna de apoyo, sin necesidad de justificaciones económicas, políticas ni patrióticas.”[21] Esto es ciertamente apropiado para las universidades, pero no para los organismos públicos de investigación con sus miles de empleados.[22]

Construyen robots para “la investigación y la docencia”, cuando hace decenios que se utilizan en la fabricación de coches. El objetivo lícito sería la obtención de patentes que pudieran ser utilizadas por los grandes fabricantes mundiales de robots o por empresas españolas de nueva creación; si esto no es factible, habría que suprimir la actividad.

En el Centro Nacional de Microelectrónica de Barcelona tienen una sala limpia para el desarrollo y fabricación de prototipos de microprocesadores. Los microprocesadores constituyen hoy una tecnología masificada en la que el desarrollo no está separado de la fabricación industrial (Intel, Advanced Micro Devices, Siemens, etc.). Si no hay un entorno de fabricación industrial en estrecha relación con el entorno de desarrollo, éste no tiene razón de ser.

En el área de las ciencias médicas, la irresponsabilidad y la inercia en los objetivos marcados en el Consejo alcanza cotas muy altas. Se publican informes sobre investigaciones encaminadas a buscar “curas o vacunas” para el mal de Alzheimer, el cáncer, la malaria, etc., basándose en técnicas de biología molecular. Esto no es serio. Merck, la tercera compañía farmacéutica del mundo, tuvo en el año 2000 un presupuesto para investigación y desarrollo de $2.300 M, una cifra muy superior a los €421 M de presupuesto total del Consejo y aproximadamente igual al presupuesto total del CNRS. Tanto esta compañía como las otras dos grandes del sector, Pfizer y GlaxoSmithKline, tienen, como una de sus máximas prioridades, programas de investigación sobre el Alzheimer. Cualquier producto farmacéutico por descubrir, que tenga alguna eficacia contra este mal de nuestros días, alcanzará cifras de ventas muy superiores a los $1.000 M anuales. Debe señalarse que el coste que se maneja en la industria farmacéutica para la investigación, desarrollo y pruebas de un nuevo fármaco sintetizado con técnicas de biología molecular varía entre $250 M y $500 M. No es responsable emplear los parcos recursos del Consejo en metas claramente irrealistas. De todos modos, los biólogos moleculares que quisieran hacer investigación y desarrollo sobre nuevos fármacos deberían trabajar en la industria farmacéutica, que es donde se integran la investigación, el desarrollo, la fabricación y la comercialización.[23]

            PharmaMar, la filial de Zeltia, fue fundada en 1986 para investigar, desarrollar y comercializar medicamentos de origen marino para el tratamiento del cáncer. Ha reunido una “librería” de 22.000 organismos marinos. Si consigue superar en EE.UU. las pruebas clínicas de su compuesto activo contra el cáncer, ET-743, extraído de un organismo marino,[24] y llegar a su comercialización mundial en cooperación con la multinacional farmacéutica Johnson&Jonson, con la que ha firmado un acuerdo al efecto, habrá logrado algo de importancia mundial que el Consejo no ha logrado en sus 60 años de existencia. Citamos al Dr. Corey, premio Nobel de Química de 1990 por su trabajo en síntesis química y profesor de Harvard: “la importancia del ET-743 no está todavía clara, pero podría ser un arma decisiva contra el cáncer”.[25] Corey ha sido el primero en sintetizar el ET-743, bajo encargo de PharmaMar. Cuando llegue la fase III y la de comercialización, PharmaMar no podrá suplir la demanda con sus buceadores recogiendo los especímenes del fondo del mar, sino que fabricará el producto sintéticamente basándose en el trabajo de Corey.  Esto pondría a España en el mapa. Aunque no lo logre con el ET-743, PharmaMar habrá hecho algo que el Consejo nunca ha hecho: luchar con denuedo por alcanzar una meta científica y técnica muy importante y al mismo tiempo realista dentro del contexto español, creando y poniendo en marcha el tren de una nueva tecnología, sin tener que subirse al tren de las nuevas tecnologías, una metáfora estéril y manida que expresa el hecho de que “otros” construyen y ponen en marcha estos trenes y que España siempre tiene que correr detrás de ellos para “no perderlos”.

            Si el Gobierno asumiera que el objetivo del Consejo debería ser llevar a cabo investigación aplicada para generar conocimientos y tecnología nuevos para su comercialización o utilización por empresas nuevas o existentes, con el fin de  generar riqueza y puestos de trabajo, entonces tendría que cambiar por completo el Estatuto del Consejo. Sus objetivos serían entonces claros, cuantificables y podría pedirse responsabilidad sobre la consecución de los mismos. En vez de tener un Consejo Rector integrado por altos cargos políticos, miembros de la burocracia del mismo Consejo, representantes sindicales, representantes de la burocracia empresarial, etc., gente variopinta que en general no ha creado ni empresas, ni riqueza, ni puestos de trabajo, tendría que estar integrado mayoritariamente por los presidentes de las empresas españolas que sí entienden de esto último: Telefónica, Repsol, Banco Santander Central Hispano, Banco Bilbao Vizcaya, la Caixa, Indra, PharmaMar, etc. Estos empresarios sí podrían orientar a un organismo público de investigación hacia los fines citados, para iniciar la larga marcha hacia la creación y utilización de tecnología española en la economía.[26]

            La ausencia de una colaboración significativa entre el Consejo y las empresas es la causa de que apenas hay doctores trabajando en la industria privada. No obstante, los doctores en las disciplinas adecuadas pueden y deben jugar un papel transcendental  en la misma. Uso un ejemplo de la industria del petróleo.

            El proceso y análisis de los datos de los métodos sísmicos de reflexión son cruciales para la exploración y descubrimiento de nuevos yacimientos de petróleo. Con ayuda de instrumentos de medida espaciados con regularidad, los geofísicos son capaces de: (1) inducir ondas acústicas en la tierra; (2) registrar las señales acústicas reflejadas en el interior de la tierra; (3) procesar y manipular estos datos para determinar la constitución geológica del interior de la tierra. Estos datos sísmicos son interpretados por medio de las soluciones numéricas de las ecuaciones en derivadas parciales que describen la propagación de ondas en medios inhomogéneos. Estas técnicas permiten “ver” y localizar con exactitud rocas de formación compleja que contienen depósitos de hidrocarburos. Las técnicas numéricas utilizadas son extraordinariamente sofisticadas y son desarrolladas por matemáticos aplicados a lo largo de muchos años de investigación.[27] 

Hoy tenemos en España una multinacional privada, Repsol, que tiene que operar en el ancho mundo en donde se compite sin piedad. ExxonMobil, una de las compañías petroleras más grandes del mundo, contrata doctores en química, geología, biociencia, física, ingeniería, matemáticas puras y aplicadas, ciencia de superficies, ciencia de polímeros y metalurgia.[28] Repsol ha empezado la larga marcha en esta dirección, al crear el Instituto Superior de la Energía, una institución de formación de post-graduados en donde se imparte, entre otros, un Master en Exploración y Producción.[29] La enseñanza es en inglés, y sus profesores y tutores son profesores de universidades extranjeras y empleados de Repsol. El plato fuerte del programa es la asistencia durante cinco meses al curso regular de Master en la Colorado School of Mines en Golden, Colorado, que se centra en Geofísica y Geología. La  Colorado School of Mines está  estableciendo también un Instituto del Petróleo en Abu Dhabi  (Emiratos Arabes Unidos) en colaboración con la Compañía Nacional del Petróleo de Abu Dhabi. Debe notarse que se estima que Abu Dhabi contiene el 10% de las reservas mundiales de petróleo y gas natural. Es interesante señalar que la Junta de Gobierno del Instituto del Petróleo está presidida por un representante de la Compañía Nacional del Petróleo e incluye un representante del Ministerio de Educación y Ciencia de Abu Dhabi,  y representantes de los socios industriales, British Petroleum/Amoco, Japan Oil Development Co., Shell y TotalFinaElf.[30] 

Repsol está también construyendo un Centro Tecnológico con un presupuesto inicial de 11.000 M de pesetas. Nuestra Universidad Carlos III cuenta con un departamento de matemáticas aplicadas con mucho potencial. Es la responsabilidad individual de sus profesores contactar con Repsol (u otras compañías) y pedirles información sobre los problemas de Repsol. Algunos de éstos podrían entonces ser el tema de tesis doctorales  del departamento. Así se empieza la larga marcha. Esta es una tarea muy ardua, pero que sólo puede realizar el investigador interesado.[31] Las oficinas de transferencia de resultados de investigación (OTRI) concebidas para difundir la I+D de las universidades y de los organismos públicos de investigación no pueden ser efectivas, ya que es una responsabilidad intransferible de los propios investigadores el “vender” su trabajo. La industria privada no tiene en principio interés en las investigaciones de las universidades y otros organismos públicos, quieren investigación en sus problemas. Y si las universidades y los organismos públicos de investigación no trabajan en ellos, la empresa privada, como Repsol, tiene que buscar soluciones a espaldas de ellos.

 

 

Conclusión

 

            El sistema funcionarial para el personal del Consejo no es que sea malo, es que es perverso. Está diseñado para que los funcionarios-investigadores puedan disfrutar de una vida tranquila y sin tensiones hasta el retiro, haciendo sus investigaciones básicas o aplicadas. No tienen incentivos para interaccionar con las empresas y la sociedad civil; esto requiere un esfuerzo considerable y de una naturaleza distinta al requerido por sus investigaciones, el cual no realizan porque nada les obliga a ello.

            La realidad es que, debido a esta incomunicación casi total entre los doctores formados en el Consejo y la sociedad civil, esta última no sabe para qué sirven dichos doctores. Ello resulta en que apenas hay doctores empleados en las empresas, por lo que el gobierno se siente presionado para subvencionar a las empresas que los contraten, una situación que demuestra de modo palpable el fracaso estructural del sistema. Pero la realidad actual es que la mayoría de los doctores sólo pueden emplearse en el Consejo.

Recientemente, se ha anunciado la convocatoria para un número elevado de puestos de doctores en el Consejo. El Gobierno debe haberlo hecho con la mejor intención, presionado por distintos intereses entre los que el más importante es la propia burocracia del Consejo. Esto no hace más que empeorar la situación y retrasar el comienzo de la solución.

            Esto es algo evidente. Si la mayoría de los PhD de Harvard tuvieran que obtener puestos de profesor en la misma universidad, ésta moriría porque la sociedad civil que sustenta a Harvard retiraría su apoyo a un disparate semejante. Pues bien, esto es exactamente lo mismo que pretenden los grupos de presión del Consejo: que éste acoja en su seno a la mayoría de sus doctores. Como es el Estado quién soporta financieramente todo este tinglado, la situación puede durar indefinidamente y pudrirse cada vez más.

            Debería establecerse un objetivo cuantitativo sobre el porcentaje máximo de doctores formados en el Consejo que pueden obtener puestos en el mismo, algo así como el 10% o menos. El resto debería buscarse la vida en las empresas o universidades, o crear sus propias empresas o emigrar. Si quieren quedarse en España y no consiguen colocarse, la solución es disminuir el número de doctores futuros formados en las disciplinas actuales, reduciendo el número de becas en la medida precisa. Y más positivamente, se deben crear programas de formación en aquellos campos que la sociedad civil y la economía demandan. Esta solución es responsabilidad de los profesores de investigación que forman a los doctores y de los futuros doctores así formados, no del Gobierno. Lo que no debe hacerse es perpetuar el círculo vicioso actual de seguir produciendo unos doctores que la sociedad civil no puede ni quiere absorber, que es precisamente lo que se hace ahora.

 



[1] La expresión napoleónica se utiliza para designar algo con un carácter centralista y burocrático extremo, en donde todo se organiza, reglamenta y controla desde la cúspide de la pirámide.

 

[2] Véase el portal de Internet del Consejo,  www.csic.es.

 

[3] Véase el portal de Internet del CNRS, www.cnrs.fr.

 

[4] Las tradiciones y cultura de un país perduran durante mucho tiempo, quizás siglos. Así como en los Estados Unidos se mantiene viva la memoria de la Gran Depresión de los años 30 (véase el capítulo 3), en España persiste la mentalidad funcionarial. La relativa debilidad de la sociedad civil en España puede comprenderse mejor si se considera lo siguiente. A finales del siglo XIX, Santayana (ob. cit., pág. 215) describía así las ocupaciones de los españoles: “Nadie tenía “dinero”. Había algunos grandes terratenientes, y otros más pequeños; había médicos y abogados; y el resto de la clase media, incluidos los ingenieros, profesores, militares y curas, eran funcionarios del gobierno y esperaban pensiones, no sólo para sus viudas e hijos menores, sino también para las hijas solteras para toda la vida.” A pesar de la incorporación masiva de la mujer al trabajo, todavía hoy hay algunas pensiones vitalicias para huérfanas solteras. Es vital erradicar la mentalidad funcionarial de aquellas personas que quieran dedicarse a la investigación y el desarrollo.

 

[5] La ciencia y la investigación son intrínsicamente internacionales, no conocen ni fronteras ni nacionalidades. Los centros mundiales de excelencia se caracterizan, entre otras cosas, por tener un número apreciable de miembros de distintas nacionalidades. En el CNRS francés, a pesar de la burocracia, el porcentaje de investigadores-funcionarios extranjeros es del orden del 10% (véase www.cnrs.fr). ¿Por qué en el Consejo apenas hay profesores de investigación extranjeros? Porque estos puestos son empleos en la nómina del Estado que se detentan en propiedad, y como tales propiedades pertenecen a alguien. Estas propiedades no se dan ni se adquieren siempre por mérito, sino que a veces se otorgan a familiares directos de los funcionarios (véase en www.csic.es el caso del Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”, en cuyo personal investigador-funcionario figuran dos hermanas y un hermano). Comentando este hecho con un profesor de Stanford, me dijo: “esto, como en las universidades americanas, debería estar prohibido formalmente”, es decir, independientemente de los posibles méritos individuales. Sólo conocemos a un profesor de investigación extranjero, el historiador inglés Henry Kamen, autor de una biografía reciente de Felipe II, Philip of Spain, Yale University Press, 1997.

 

[6] Véase www.cnrs.fr.

 

[7] Véase el portal de Internet de la Fundación Nobel, www.nobel.se.

 

[8] En las citas textuales he añadido el texto entre paréntesis para lograr mayor claridad; asimismo, para mayor énfasis, he puesto en cursiva algunas de las expresiones del original.

 

[9] Por un nuevo modelo de universidad, Informe de la Comisión de Reflexión sobre el Futuro del Ambito Universitario Catalán, marzo 2001, pág. 13.

 

[10] Entrevista en El País, 7 de enero de 2001.

 

[11] Mariano Esteban, Papeles y Memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, núm. IX, febrero 2001, pág. 160.

 

[12] www.nist.gov.

 

[13] Colloque sur l’Histoire du CNRS des 23 et 24 Octobre 1989, en www.cnrs.fr.

 

[14] Rapport d’activité du CNRS 1999, en www.cnrs.fr.

 

[15] Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”, Memoria 1997-1998, en www.csic.es.

 

[16] Juan Velarde Fuertes, Papeles y Memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, núm. IX, febrero 2001, pág. 6.

 

[17] Julian D. Cole, Professor of Aeronautics, California Institute of Technology, comunicación privada, 1968.

 

[18] Richard Feynman, Surely You’re Joking, Mr. Feynman!, Bantan Books, Nueva York, 1986, pág. 284.

 

[19] En la biografía científica de Miguel Catalán, se afirma: “... al ofrecerle el Consejo los medios de que no disponía en la Universidad, Catalán cedió a la tentación de separar su labor docente de la investigadora y, desde ese momento, sus cursos de doctorado fueron perdiendo gran parte de su valor.” (R. Velasco, El Mundo Atómico de Miguel Catalán, Instituto de Optica, CSIC, Madrid, 1977, pág. 133).

 

[20] Matilde Sánchez Ayuso, Análisis Comparativo de la Producción Científica de la Unión Europea, España y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, julio de 1999, en www.cics.es. Nadie se preocupa demasiado por el número de artículos científicos publicados por Einstein, pero todo el mundo sabe que su teoría de la relatividad es quizás el logro más grande de la física en el siglo XX. La teoría especial de la relatividad apareció en dos artículos publicados en Annalen der Physik en 1905, sin coautores. No se entiende muy bien la tendencia actual a publicar artículos con 10 o más autores, ya que es imposible determinar quién hizo qué. Por consiguiente, son bastante vacías las alegaciones de haber publicado un gran número de artículos, sobre todo por jefes de algunas burocracias científicas del Consejo, los cuales se autoproclaman  y se imponen como coautores natos de todo lo que se publica en su departamento. Esto no fue siempre así. El profesor Miguel Catalán, físico español descubridor de los multipletes en los espectros atómicos, permitía que sus colaboradores publicaran sus propios resultados con su solo nombre  (R. Velasco, ob. cit.,  pág. 128).

 

[21] R. Velasco, ob. cit., pág. 129.

 

[22] Uno de los ejemplos más claros del valor de la investigación pura y del entorno en que debe realizarse es el dado por Boole. A partir de 1847 desarrolló el álgebra de la lógica, hoy denominada álgebra de Boole o álgebra binaria, en la que hay sólo dos dígitos, 0 y 1.  Esta es la utilizada en los ordenadores, en los que los dígitos binarios controlan la secuencia de la ejecución  de las instrucciones de un programa, siguiendo una de dos posibles rutinas alternativas. El caso de Boole ilustra la cultura anglosajona. Sus contribuciones a las matemáticas fueron de tal trascendencia que fue nombrado profesor de matemáticas en el Queen’s College en el condado de Cook (Irlanda), y alcanzó el máximo honor académico al ser elegido fellow of the Royal Society de Londres en 1857. Nunca realizó estudios universitarios (Encyclopaedia Britannica, 1994).

 

[23] GlaxoSmithKline ha establecido un Centro de Investigación Básica en Tres Cantos (Madrid), y contrata personal a nivel de master y de doctor. El objetivo es el descubrimiento de nuevas medicinas (El País, 30 de septiembre de 2001).

 

[24] Actualmente en la llamada Fase II de pruebas clínicas con unos pocos cientos de pacientes, en algunos de los hospitales más prestigiosos del mundo, como el Massachusetts General Hospital de Boston, asociado con la Facultad de Medicina de Harvard (véase el portal de PharmaMar, www.pharmamar.es). Después de la Fase II viene la Fase III, en la que las pruebas clínicas se realizan en régimen ambulatorio con muchos más pacientes. Superada esta última, el medicamento estaría listo para su aprobación por la FDA americana (Federal Drug Administration), obteniéndose entonces la exclusiva de su comercialización durante unos 17 años en el mayor mercado del mundo.

 

[25] Wall Street Journal, 6 de febrero de 2001.

 

[26] Véase El Sistema Español de Innovación. Diagnósticos y Recomendaciones, Fundación Cotec para la Innovación Tecnológica, Madrid, 2000, pág. 141. En este libro básico se trata de forma completa el problema de la falta de tecnología española en nuestra economía, las razones que producen esta situación y las recomendaciones para su solución. En la elaboración de este libro, han participado más de 800 miembros del establecimiento científico-técnico de toda España.

 

[27] J. Gazdag, Extrapolation of Seismic Waveforms by Fourier Methods, IBM J. Res. Develop. 22, 5, 1978.

 

[28] www.exxonmobil.com.

 

[29] www.repsol.es.

 

[30] www.mines.edu.

 

[31] De los 25 doctores formados en el departamento de ingeniería matemática (matemáticas aplicadas en el resto del mundo), sólo uno se ha empleado en la industria (en Endesa); los otros han ido a la universidad o al Consejo (véase www.uc3m.es).