Capítulo 9
CONCLUSIONES
A man is morally free when, in
full possession of his living humanity, he judges the world, and judges other
men, with uncompromising sincerity.
(Un hombre es
moralmente libre cuando, en plena posesión de su humanidad viviente,
juzga al mundo, y a los otros hombres, con
sinceridad irrenunciable.)
George Santayana, 1863-1952
Inicialmente este trabajo fue motivado por mi experiencia de
profesor en la Universidad Alfonso X El Sabio, y por el imperativo ético de dar
testimonio sobre esta institución peculiarmente española: la universidad
privada con fines de lucro. Después de dar una charla sobre el tema en el
seminario organizado por el Profesor Manuel Garcia Velarde en el Instituto
Pluridisciplinar de la Universidad Complutense, vi que despertó bastante
interés y me puse a escribir.
El
alcance del libro empezó a expandirse mucho más allá de mis planes iniciales,
los cuales eran bastante limitados. Por ejemplo, descubrí que hay una
definición objetiva y cuantitativa del desarrollo tecnológico de un país y que,
de acuerdo con ésta, España es un país sin tecnología propia, mientras que
otros países como Corea del Sur, Taiwán e Israel pertenecen a la élite mundial
de países desarrollados con tecnología propia. A principios de los 50, se
fabricaron los primeros coches en la fábrica SEAT de Barcelona, mientras que la
guerra de Corea estaba en pleno apogeo y dejaría al país en ruinas. Hoy Corea
exporta coches con marcas y tecnología propias a todo el mundo, mientras que
España ensambla los coches de las multinacionales extranjeras. Algo muy
importante falla en la cultura española cuando se produce este estancamiento.
El
tema de este libro ha sido el examen de aquellas características de nuestra
cultura que han resultado en el atraso secular de nuestra ciencia y tecnología.
Este análisis ha identificado con claridad algunas de estas características, y
su cambio o eliminación son condiciones necesarias para emprender la larga
marcha hacia la adquisición de una cultura científica equiparable a la de los
países de nuestro entorno. El problema esencial es de naturaleza política y
social, y no presupuestaria.
La
cultura científica y tecnológica, como la democracia, está basada en valores
universales que pueden aplicarse por igual en todos los países. No vale decir: Spain
is different. Esto es sólo aplicable en relación con nuestras lenguas,
arte, música y bailes regionales, cocina, ... No existen razones objetivas que
impidan a España adoptar algunas de las características de la educación
universitaria y de los sistemas de ciencia y tecnología de los países avanzados
de nuestro entorno cultural (Europa y Estados Unidos). Es por ello que he descrito
algunas características de las universidades y sistemas de ciencia y tecnología
en Estados Unidos, Reino Unido, y Francia. En este capítulo doy algunos datos
sobre el sorprendente sistema suizo de universidades y de ciencia y tecnología.
En el Apéndice, Cardona describe de manera clara y sucinta el sistema alemán.
EL INTERVENCIONISMO ESTATAL
El
intervensionismo estatal es la madre de todos los males. Todo se origina en la
obsesión de los gobiernos españoles por controlar todo lo relativo a la
educación universitaria y al sistema de ciencia y tecnología. Los gobiernos
nunca han sido capaces de asumir las diferencias existentes entre los distintos
sectores de la cosa pública: el ejército, el sistema judicial, la policía, la
seguridad social, etc., sujetos naturales del control gubernamental absoluto; y
por otra parte, las universidades, sistemas de ciencia y tecnología, los cuales
requieren por un lado la financiación pública y por otro una amplia autonomía
con respecto al gobierno.
Las
universidades y las organizaciones de investigación tienen una característica
esencial y universal: su excelencia requiere décadas de estabilidad para
desarrollarse y crecer, siempre que desde el punto de partida se arranque con
los valores adecuados y estos se mantengan. Por otro lado, las
universidades, la investigación y la tecnología no tienen nada que ver con la
política. Es particularmente negativo y penoso que esto no sea asumido por
los gobiernos españoles, de forma que cuando un nuevo gobierno gana el poder
cambia las cosas en esta área y mete a su gente en los puestos directivos de
política científica y de los organismos públicos de investigación. Esto hace
imposible el desarrollo y crecimiento de una tradición de excelencia. Aquí sí
que hace falta un “pacto de Estado” entre los partidos políticos principales,
es decir, un compromiso de cambiar las cosas sólo por razones de mejora
objetiva del sistema y no por razones políticas. ¿Es que acaso hay unas
matemáticas de derechas y otras de izquierdas?
Los
gobiernos no parecen entender que sólo unos principios y valores universales
asumidos y aplicados con persistencia y continuidad mejorarán la educación
universitaria y la investigación y desarrollo. No sirven de nada los
voluntarismos ni las huidas hacia delante.[1]
La creación reciente de un nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología con su
organigrama propio y con competencias transferidas de otros ministerios es un
ejemplo de voluntarismo inútil. Esto no es en si algo negativo, pero es ilusorio
pensar que estas iniciativas retóricas y burocráticas sirvan para algo.[2]
En
el Reino Unido hay simplemente una Oficina de Ciencia y Tecnología dentro del
Ministerio de Industria, cuya misión esencial es distribuir el presupuesto de investigación
y desarrollo entre las universidades, laboratorios nacionales e industrias. La
ausencia de una extensa burocracia dentro del ministerio, como es el caso en
España, dota al sistema británico de la máxima flexibilidad en la asignación de
los recursos de I+D. Esta flexibilidad significa más fondos públicos para las
organizaciones que funcionan, y la reducción e incluso eliminación de las
subvenciones para las que no funcionan. Esto es posible porque las
organizaciones receptoras de los fondos públicos no son estáticas y no están
pobladas por funcionarios a los que hay que mantener a toda costa.
La
extensión y complejidad del sistema americano de universidades e investigación
son tan grandes que ni siquiera es posible pensar en la existencia de un
Ministerio de Educación o de un Ministerio de Ciencia y Tecnología. Las
universidades son públicas y privadas, y la excelencia se encuentra tanto en
las públicas (Universidad de California, Universidad Estatal de Nueva York)
como en las privadas (Harvard, Stanford). El Gobierno Federal subvenciona a
ambas clases por medio de muchos mecanismos como el Ministerio de Defensa, la National
Science Foundation, el Ministerio de Energía, el Ministerio de Sanidad,
etc. Las universidades públicas dependen de los gobiernos de los estados, los
cuales proporcionan una parte importante de su financiación. Pero también
reciben fondos privados, tienen capital propio, etc. No hay ministro en el
mundo que pueda controlar y administrar todo esto. Excepto el ministro francés
de educación, el cual preside sobre una burocracia de casi 1 millón de
funcionarios.[3]
La
excelencia y el dinamismo de la Universidad de California son posibles por dos
razones: (1) el Gobierno Federal no tiene ningún control ni ninguna
responsabilidad sobre ella; (2) el Gobierno y la Asamblea de California han
establecido desde hace 125 años un sistema de gobierno de la Universidad que
dota a ésta de plena autonomía e independencia del poder político. Esta
autonomía no garantiza que UC no esté sometida en la práctica a los vaivenes
financieros que resultan de los presupuestos votados por la Asamblea, y que a
veces la fuerzan a despedir a profesores (por medio de prejubilaciones, bajas
incentivadas, etc.).
Con
nuestro Estado de las Autonomías, no hay ninguna razón ni impedimento
cultural o de ningún otro tipo por el que las universidades públicas
españolas no pudieran tener un sistema de gobierno cualitativamente igual al de
la Universidad de California (véase Gobierno de la universidad en el capítulo
2). Esto eliminaría por completo y para siempre las luchas políticas
partidistas por el control de la universidad, y permitiría por fin iniciar la
larga marcha hacia la excelencia académica e investigadora.
Otro
ejemplo de los efectos nefastos del intervencionismo estatal es la obsesión
general, casi enfermiza, por los títulos universitarios “oficiales”. Este
concepto es inútil, perjudicial y retrógrado, y figura en leyes en donde no
debiera figurar, como nuestra Constitución y algunos tratados internacionales.[4]
Es verdad que en países de nuestro entorno, como Alemania y Francia, la mayoría
de los títulos son otorgados por las universidades públicas; pero en el caso
concreto de Alemania, la Sociedad Max Planck, la organización de investigación
más prestigiosa del país, tiene una autonomía considerable con respecto al
Gobierno Federal y al de los estados, lo que le permite contratar libremente a
destacados científicos extranjeros sin que se plantee ni siquiera el tema de
los títulos “oficiales” ni el de las “convalidaciones”. Al contrario, en las
universidades alemanas hay una endogamia muy grande, y esto ha resultado en una
disminución notable de su creatividad y en
la decadencia de la ciencia en Alemania.[5]
Las
universidades americanas abren las puertas de par en par al mérito, sin
cortapisas artificiales ni títulos “oficiales”, y adquieren así un dinamismo
extraordinario. En el directorio del California Nanosystems Institute en
UCLA figuran profesores de la India, Chile, Suecia, Taiwán, Hungría, China,
Corea, Francia, Japón e Israel. La mayoría hicieron su licenciatura en sus
países de origen y sus doctorados en Estados Unidos, pero otros recibieron toda
su formación académica en sus países de origen; entre ellos se encuentran un
chileno, un sueco, un húngaro, un francés, un japonés y un israelí. Por ley
natural y por sentido común, son los departamentos universitarios los que
juzgan la idoneidad de los candidatos y hacen sus propuestas al presidente de
la universidad, sin que a ninguna administración externa se le ocurra
intervenir fijando las reglas de juego para un proceso de selección que es
puramente académico.
En
resumen, los gobiernos españoles no dan muestras de comprender que su papel es
establecer un marco idóneo que permita lograr el progreso objetivo del sistema
universitario y de ciencia y tecnología. Su afán es al contrario controlar
todo el sistema, con lo cual lo condenan al estancamiento perpetuo.
El papel propio del Estado
Recientemente
el Proyecto del Genoma Humano ha identificado los aproximadamente 30.000 genes
en el ADN humano. La sociedad global ha tomado conciencia de que muchos
sectores importantes (medicina, agricultura, etc.) pueden cambiar de forma
radical por el impacto de la investigación y los avances en los campos de la genómica y proteómica.
Los
Gobiernos de España y Canadá han tomado conciencia de esto y ambos,
independientemente claro, decidieron crear dos organizaciones para llevar a
cabo I+D en esta área. Por casualidad, los nombres de estas dos organizaciones
coinciden: Genoma España y Genome Canada.
Genome
Canada es una fundación sin fines de lucro creada por el gobierno
canadiense, a la que ha dotado con una financiación inicial de unos $300
millones, la cual debe ser completada con una cantidad igual proveniente de los
gobiernos provinciales, el sector privado, fundaciones, etc. El Consejo de
Administración (Board of Directors) es su autoridad máxima y única, y
sus miembros tienen la afiliación siguiente:[6]
1.
Presidente
del Consejo de Administración: Profesor emérito distinguido, Universidad de
Manitoba, antiguo Presidente del Consejo de Investigación Médica
2.
Profesor de
Pediatría y Genética Médica, Universidad de British Columbia
3.
Director,
Organización Veterinaria de Enfermedades Infecciosas (VIDO)
4.
Presidente,
Institutos Canadienses de Investigación de la Salud
5.
Presidente y
Consejero Delegado, Alberta Ingenuity Fund
6.
Socio
director, Desjardins, Ducharne, Stein, Monast
7.
Presidente,
Consejo de Investigación de Ciencias Naturales e Ingeniería
8.
Presidente,
Consejo Nacional de Investigación
9.
Presidente y
Consejero Delegado, Cogene BioTech Ventures
10.
Presidente y
Consejero Delegado, Genome Canada
11.
Científico
Jefe, Health Canada
12.
Profesor,
Facultad de Derecho, Universidad de Montreal
13.
Presidente y
Consejero Delegado, Foragen Technology Ventures Inc.
14.
Presidente,
McGill University
15.
Presidente,
Consejo de Investigación de Ciencias Sociales y Humanidades
16.
Presidente,
Canadian Medical Discoveries Fund
He
resaltado los dos puestos máximos del Consejo de Administración: el Presidente
del Consejo, el cual tiene un papel supervisor y preside sus reuniones, y el
Consejero Delegado. Los consejeros 7, 8 y 15 son los presidentes de consejos de
investigación, organismos nacionales de investigación “no ministeriales”
análogos a los consejos de investigación ingleses descritos en el capítulo 7.
O
sea que los miembros del Consejo de Genome Canada son profesores de
universidad, directores o presidentes de organismos de investigación públicos o
privados, presidentes de universidad y ejecutivos de empresas de capital riesgo
del área de medicina y biotecnología, es decir, son los protagonistas reales
que podrán impulsar el progreso de Genome Canada. No hay un solo político o
funcionario del Gobierno canadiense.
Sin
entrar en demasiados detalles, en abril de 2001 Genome Canada anunció una
primera convocatoria financiada con $136 millones solicitando propuestas para
proyectos de investigación en gran escala y para la creación de cinco centros
en todo el país. Estas actividades de
investigación y de tecnología debían estar orientadas a desarrollar
aplicaciones en sanidad, recursos forestales, caladeros de pesca, agricultura, y también a analizar los aspectos sociales,
legales y éticos de la genómica. En julio de 2001, Genome Canada anuncia su
segunda convocatoria dotada con $155 millones, de naturaleza análoga a la
anterior.
El
resultado de las dos convocatorias fue la aprobación de 34 proyectos
seleccionados de acuerdo con su competitividad internacional y excelencia científica.
En el proceso riguroso de selección de los proyectos intervinieron más de 150
expertos internacionales.
Genoma
España es una fundación estatal sin fines de lucro que en teoría
fue constituida para los mismos fines que Genome Canada. En la página de la red
de Genoma España[7] no mencionan
su presupuesto, pero sí publican un organigrama detallado, y la composición de
su Patronato, su máximo órgano de gobierno, equivalente al Consejo de
Administración de Genome Canada. La composición del Patronato es la siguiente:
1.
Presidencia:
rotativamente por el titular del Ministerio de Sanidad y Consumo y por el
titular del Ministerio de Ciencia y Tecnología
2.
El
Secretario de Estado de Política Científica y Tecnológica del Ministerio de
Ciencia y Tecnología
3.
El Secretario
General de Gestión y Cooperación Sanitaria del Ministerio de Sanidad y Consumo
4.
El Director
del Departamento de Bienestar y Educación del Gabinete de la Presidencia del
Gobierno
5.
El
Presidente o Director de un organismo público adscrito al Ministerio de Ciencia
y Tecnología
6.
El
Presidente o Director de un organismo público adscrito al Ministerio de Sanidad
y Consumo
7.
Un
representante del Ministerio de Sanidad y Consumo
8.
El Director
de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.
Al final se incluye la
frase: “Además, podrán incorporarse al Patronato nuevos miembros, en especial
personas jurídicas de naturaleza privada.”
Salvo los patronos 5 y 6 que presumiblemente pertenecen a organismos
públicos de investigación, correspondientes a los consejos de investigación
canadienses, todos los miembros del patronato de Genoma España son políticos y
funcionarios públicos. Ninguno ha estado vinculado nunca a la investigación ni
a empresas tecnológicas en el campo de la biotecnología. En todo caso, su
dedicación actual es la política. El Ministro de Ciencia y Tecnología anterior al actual fue
sucesivamente Ministro de Industria, Portavoz del Gobierno, Ministro de Asuntos
Exteriores y candidato a la Presidencia de la Generalitat de Cataluña , y todo
ello entre 1996 y 2003. En cuanto al Secretario de Estado (patrono 2), sus
responsabilidades anteriores fueron Secretario de Estado de Seguridad y
Secretario de Estado de Defensa. También es interesante señalar que el
Ministro de Ciencia y Tecnología actual
fue con anterioridad Secretario de Estado de Hacienda y Secretario de Estado de
Comercio y Turismo.
¿Qué
pueden contribuir estos y otros políticos a la orientación y el liderazgo de la
investigación del genoma? ¿Cómo es posible que el gobierno de un país de la
Unión Europea pueda hacer algo tan irracional? ¿Es que no se dan cuenta? ¿Quién
va a asegurar la continuidad de la misión y de los objetivos de Genoma España,
cuando cambie el Gobierno? Pues eso, la otra gente (“ahora nos toca a
nosotros”) y vuelta a empezar.
Genoma
Canada fue fundado en 2000 y Genoma España en 2001. En 2002 ambos organismos
firmaron un acuerdo de colaboración, y a principios de 2003 tuvieron una
reunión en Madrid para planificar proyectos conjuntos. Parecería que, a través
de estos contactos internacionales, los gobiernos españoles deberían aprender
finalmente a organizar instituciones científicas de acuerdo con normas y
principios universalmente aceptados por los países avanzados.
Los
gobiernos españoles no quieren aceptar que, aunque son ellos los que tienen que
financiar iniciativas como Genoma España, no pueden ni deben asumir el
protagonismo en la ejecución de las mismas. Pero lo asumen, y los resultados
están ahí: un nivel tecnológico muy bajo del país, y un crecimiento ínfimo de
este nivel, parecido a un electroencefalograma plano (véase la figura 1.1 en el
capítulo 1).
LAS
TRADICIONES Y LOS VALORES UNIVERSALES
Este libro no pretende ser un
alegato neoliberal, en donde todo lo privado se exalta y todo lo público se
denigra. La excelencia se produce tanto en instituciones públicas como privadas
y, cuando esto es así, hay que apoyar a ambas sin dogmatismos. La clave de la
creación de grandes universidades e instituciones científicas son los valores e
ideales con que nacen y se desarrollan. El cuidado y el mantenimiento de estos
valores e ideales a lo largo de muchas décadas pueden finalmente resultar en
instituciones cuya excelencia y contribuciones a la ciencia y a la cultura
universales hacen que sean verdaderos “patrimonios de la humanidad”. Los
distintos países, basándose en sus propias tradiciones e historia, crean estas
instituciones de forma distinta; pero todas tienen en común ciertos valores
universales.
He dado algunos ejemplos de este
tipo de instituciones: Universidad de California (pública), Harvard y Stanford
(privadas), Universidad de Cambridge (pública y privada). Pero no es difícil
citar otras: Instituto Pasteur (privado), Rockefeller University (privada),
Escuela Politécnica Federal de Zurich (pública).
En el capítulo 2, he descrito el
nacimiento y desarrollo de una gran institución pública: la Universidad de
California. Esta fue fundada hace unos 125 años y ha estado sujeta desde el
principio al control último del Gobierno y la Asamblea de California. Al hablar
de UC con algunos intelectuales españoles amigos míos, ante mi afirmación: “Sí,
es una universidad pública pero, no, no está sometida al poder político.” Su
reacción inicial fue de asombro: “¡Eso es imposible, es una contradicción!”.
Les expliqué que El Consejo de Regentes de UC tiene 26 miembros, de los cuales sólo
cuatro miembros natos son cargos políticos (el Gobernador de
California, el Subgobernador, el Presidente de la Asamblea y el Director de la
Instrucción Pública). Los otros regentes son nombrados por el Gobernador para
mandatos de 12 años, mientras que el mandato del Gobernador es de cuatro
años. Así que el Gobernador sale por el foro, pero sus regentes le
sobreviven. En el curso normal de los acontecimientos, en un momento dado los
regentes han sido nombrados por gobernadores de ambos partidos. Todas las
decisiones importantes (como el nombramiento y destitución del Presidente de la
Universidad) se adoptan por mayoría simple del Consejo de Regentes. El
Gobernador no puede imponer su voluntad. Este sistema de gobierno de la
universidad está incorporado en la Constitución de California. Una vez
entendido esto, mis amigos españoles se quedaron boquiabiertos, como ante una
revelación: “¡Pues sí, es posible tener una institución pública independiente
del poder político!”.
A continuación damos varios ejemplos
vivos de los valores universales que son el alma de las grandes universidades e
instituciones científicas.
El
Instituto Pasteur
Una institución francesa que es un
patrimonio de la humanidad es el Instituto Pasteur.[8]
Fue fundado en 1887 por un decreto del gobierno francés, reflejando así la
tradición estatalista francesa, pero como una institución privada sin fines de
lucro de utilidad pública. Un mundo agradecido quiso contribuir a la obra de
Louis Pasteur, para que se
pudiese extender la vacunación contra la rabia, desarrollar las investigaciones
sobre las enfermedades infecciosas y difundir sus resultados. Esto se
materializó en una subscrición pública internacional con la que se recaudaron
los fondos para su financiación inicial.
Las contribuciones del Instituto
Pasteur a la salud incluyen la primera vacunación humana contra la rabia hecha
por Pasteur en 1885, el tratamiento de la difteria por seroterapia debido a
Roux y sus colaboradores en 1894, el
descubrimiento del virus del SIDA por Montagnier en 1983, y muchos otros descubrimientos recientes
en los campos de la genética y de la genómica.
Los valores e ideales con que fue
creado el Instituto Pasteur se han mantenido y desarrollado durante mas de un
siglo, y han resultado en una tradición inestimable que es apreciada
universalmente, porque las contribuciones del Instituto a la salud pública en
todo el mundo transcienden las culturas y los países. Fruto de esta valoración
universal del Instituto es el apoyo internacional a su misión, que arrancó
desde sus inicios con la subscrición para su establecimiento, y que hoy se
materializa en la existencia de múltiples asociaciones internacionales de apoyo
y colaboración. Algunas de ellas son: la Fundación Pasteur de Nueva York, que
recauda fondos para el Instituto; la Fundación Canadiense Louis Pasteur, que
lleva a cabo investigaciones sobre enfermedades infecciosas en colaboración con
e inspirada por el Instituto Pasteur; el Comité de Amigos del Instituto Pasteur
en el Japón, que recauda fondos para el Instituto y envía jóvenes
investigadores japoneses al Instituto en París; y la Asociación de Amigos del
Instituto Pasteur en Hong Kong, cuya misión es análoga al Comité de Amigos
japonés.
Además de estas instituciones de
apoyo y colaboración, hay una red mundial de Institutos Pasteur en los países
más diversos, no todos francófonos; algunos de ellos son: Instituto Pasteur
(IP) de San Petersburgo, IP de Marruecos, IP de Madagascar, IP de la Ciudad de
Ho Chi Minh (Saigón), IP de Irán, etc.
Desde 1900, ocho investigadores del
Instituto han ganado el premio Nobel de Medicina.
No es mi objetivo extenderme sobre
otras facetas del Instituto, como su participación en la creación de empresas
tecnológicas, la explotación de sus patentes, etc. Pero sí tiene interés
describir como Francia, uno de los países más centralizados y estatalistas,
creó y mantiene una institución privada sin fines de lucro de utilidad
pública. Los gobiernos franceses, fieles a sus tradiciones, intervienen en
el Instituto y lo apoyan a través de su característica de utilidad pública.
Pero no se les ocurre “nacionalizarlo”, porque una institución que por su
excelencia es un patrimonio de la humanidad no se cambia ni se la somete al
control político.
El poder en el Instituto lo ejerce
un Consejo de Administración de 20 miembros cuya responsabilidad incluye el
nombramiento del Director General, aprobación de los presupuestos, política
de personal, auditoría de cuentas, etc. Hay cuatro miembros natos del
Consejo: un representante del Ministro de Investigación Científica y Técnica,
el Presidente del CNRS, el Director General del Instituto Nacional de la Salud
y de la Investigación Médica (INSERM) como representante del Ministro de
Sanidad, y un representante del Ministro de Hacienda. Los otros 16 miembros del
Consejo son elegidos por la Asamblea, tanto entre sus propios miembros como
entre personalidades externas.
La Asamblea del Instituto tiene unos
cien miembros: representantes del gobierno, rectores de universidades,
investigadores del Instituto, otro personal del Instituto, personalidades del
mundo de la investigación y de la empresa externos al Instituto, y directores
de los Institutos Pasteur extranjeros.
En resumen, el gobierno francés participa
en la supervisión del Instituto Pasteur a través de los jefes de las dos
grandes instituciones públicas de investigación, el CNRS y el INSERM y de otros
dos representantes, pero no ejerce ningún control político. Esto es
transcendental, porque, entre otras cosas, el Instituto Pasteur determina
libremente su política de personal: no tiene funcionarios. Su personal,
sin contar los estudiantes pre y post-doctorales, asciende a unas 2.500
personas de 63 nacionalidades.
La financiación del Instituto es la
siguiente: ingresos debidos a las actividades propias (asistencia y servicios
médicos), 42,8%; contribuciones del Estado, 31%; ingresos debidos al mecenazgo
y a las rentas del patrimonio propio del Instituto, 26,2%.
El
Instituto Rockefeller de Investigación Médica
Este instituto tiene una historia muy
rica como exponente de la filantropía americana de principios del siglo XX. Mi
intención es dar una descripción somera del mismo, que sirva para resaltar los
valores e ideales universales que fueron la base de su fundación, muy análogos
a los del Instituto Pasteur.
El Instituto Rockefeller fue fundado
en 1901 en Nueva York como una institución dedicada exclusivamente a la
investigación médica. En los Estados Unidos no había precedentes que pudieran
servir de guía para crear un instituto de este tipo, por lo que se tuvieron en
cuenta el Instituto Pasteur y el Instituto Koch de Enfermedades Infecciosas
creado en Berlín en 1891. Sus comienzos fueron muy modestos, debido a las malas
experiencias que tuvo que soportar Rockefeller con la fundación de la Universidad
de Chicago, bajo el liderazgo del Presidente Harper.[9] El benefactor estaba muy preocupado con la
posibilidad de que el Instituto confiara exclusivamente en su apoyo económico,
y no desarrollara la capacidad de generar parte de sus propios recursos, de
acuerdo con la ética protestante del trabajo.[10]
Con el asesoramiento de su
colaborador, Frederick Gates, la preocupación inicial de Rockefeller fue
seleccionar a los médicos más eminentes. En esta selección contó con la
colaboración de William Welch, primer decano de la Facultad de Medicina de la
Universidad Johns Hopkins, establecida a finales del siglo XIX de acuerdo con
los estándares de investigación médica de las universidades alemanas. Welch
contrató al primer director del Instituto, Simon Flexner,
profesor de patología de la Universidad de Pennsylvania.
Welch fue el primer Presidente del
Consejo de Administración del Instituto, del que también formaban parte el Dr.
Flexner, Gates y el hijo de Rockefeller, John, conocido como Junior.
Inicialmente, el Instituto tenía su sede en unos locales alquilados modestos, y
en 1906 ocupó un edificio nuevo de seis plantas. Durante bastante tiempo,
Rockefeller se abstuvo de interferir con el Instituto y, sólo varios años
después de la inauguración de la nueva sede, su hijo le espetó: “Padre, nunca
has estado en el Instituto. Cojamos un taxi y visitémoslo.”[11]
Un médico les guió a través de una visita breve. Rockefeller le dio las
gracias, salió y nunca más regresó.
Esto viene a cuento de que, aunque
Rockefeller era un hombre tímido, su actitud con respecto al Instituto era de
un profundo respeto hacia sus eminencias médicas, y estaba motivada por el
sincero deseo de no interferir en su trabajo. No obstante, con la excepción de
Standard Oil, Rockefeller estuvo más orgulloso del Instituto que de ninguna
otra de sus creaciones. Se mantenía informado con todo detalle de sus
investigaciones y, cuando se lograba algún descubrimiento excepcional, se le
llegaban a escapar lágrimas de alegría.
Un hito del Rockefeller fue el
desarrollo por el Dr. Flexner de un suero que demostró su eficacia en el
tratamiento de la meningitis cerebroespinal, y que salvó las vidas de cientos
de neoyorquinos, tratados gratuitamente. En 1907, John Jr. le indicó a su padre
que había llegado el momento de construir el pequeño hospital adyacente al
Instituto que se había prometido a Flexner. El coste total de construcción y
del patrimonio[12] del
hospital era de $8 millones, una suma considerable en aquel entonces. El
triunfo del suero de Flexner fue decisivo y Rockefeller, en homenaje a este
descubrimiento, anunció la creación de un hospital de 60 camas con un pabellón
de aislamiento de nueve camas. El hospital fue inaugurado en 1910 y ofrecía
tratamiento gratuito a todos los pacientes afectados de las enfermedades
infecciosas en las que estaba especializado.
Flexner se reveló posteriormente
como un cazatalentos excepcional. Entre otros, contrató a un científico
experimental japonés, Hideyo Noguchi,
que llevó a cabo investigaciones pioneras sobre la sífilis. Pero su
contratación más famosa fue la del cirujano francés Alexis Carrel,
entonces establecido en Chicago. El Dr. Carrel fue el primer cirujano que, con
una técnica de su invención, pudo volver a juntar arterias y venas que habían
sido seccionadas, con lo que se salvó la vida de pacientes que hasta entonces
estaban condenados a morir a causa de la hemorragia. Carrel ganó el premio
Nobel de Medicina en 1912, el primero logrado en Estados Unidos. En un
memorándum a Rockefeller escrito por Gates, le manifestaba: “los valores de la
investigación médica son los más universales, porque son los más valiosos y los
que impactan de forma más íntima a cualquier ser humano.”
El Instituto se consolidó como una
fundación independiente establecida a perpetuidad, con unos estatutos que
crearon dos consejos de gobierno: uno de consejeros científicos con un control
absoluto sobre la investigación, y otro de consejeros fiscales con control
sobre los presupuestos. El conflicto perpetuo entre los investigadores
(“queremos más dinero”) y los financieros (“esto es lo que hay”) fue así
resuelto de forma inteligente: “esto es lo que hay pero sois vosotros quienes
decidís en lo que se ha de emplear.”
En 1965 el Instituto se convirtió en
la Universidad Rockefeller, una institución peculiar en donde sólo se realizan
estudios médicos post-graduados e investigación. Al llegar a los años 70, esta
institución había producido un total de 16 premios Nobel.
El Instituto Pasteur está dedicado a
la investigación y a la asistencia clínica, pero tiene quizás una vertiente
clínica más acusada que la Universidad Rockefeller, y naturalmente la dotación
económica del Pasteur es en la actualidad muy inferior a la de la Rockefeller.
Mi interés en describir ambas joyas de la medicina mundial ha sido para poner
de manifiesto sus ideales comunes de servicio a la humanidad a través de la
investigación, y resaltar el hecho de que estos patrimonios de la humanidad
sólo se construyen por medio del mantenimiento y desarrollo de estos ideales
durante muchas décadas, libres de cualquier control político.
El Milagro Suizo
Suiza registra por año en la Oficina
de Patentes de Estados Unidos (USPTO) un promedio de 208 patentes por millón de
habitantes, que han de compararse con las 59 patentes de Francia, 32 del Reino
Unido y 4 de España. O sea que la
productividad en el campo de patentes de Suiza es 3,5 veces mayor que la de
Francia, 6,5 veces mayor que la del Reino Unido y 52 veces mayor que la de
España.[13]
La muy citada relación entre investigación básica y aplicada se revela con toda
claridad en el caso suizo, como se mostrará a continuación. La investigación
básica produce como fruto artículos científicos en las revistas de prestigio
internacional, mientras que la investigación aplicada es el origen de las
patentes.
Cada país construye sus universidades y sistemas de ciencia y
tecnología basándose en su cultura y sus tradiciones históricas. Los Estados
Unidos tienen el modelo que es la referencia mundial, porque están a la cabeza tanto en la investigación básica como en
la investigación aplicada y la tecnología. Es el más flexible y dinámico, ya
que no hay impedimentos legales o políticos de ningún tipo que limiten
la creación y desarrollo de las instituciones más variadas y excepcionales, por
ejemplo, universidades exclusivamente médicas (UC San Francisco y Universidad
Rockefeller), universidades de élite especializadas en ciencias e ingeniería
como Caltech (que con 2.000 estudiantes tiene una facultad que ha ganado 29
premios Nobel a lo largo de su historia),[14]
institutos privados de investigación como el Institute for Advanced Study
de Princeton en donde Einstein trabajó durante su etapa americana, etc.
Con la excepción de algunas universidades
de la costa este (Harvard, Yale, Princeton), fundadas en los siglos XVII y
XVIII como colegios universitarios centrados en las humanidades y estudios
clásicos, la tradición de las universidades americanas modernas arranca de
finales del siglo XIX y principios del XX. Esto se ha descrito en los capítulos
2 y 3.
Lo que hace único al sistema
americano de universidades es la ausencia casi total de dogmatismo o influencia
política sobre el mismo. No hay un debate estéril o maniqueo, universidad
pública versus universidad privada. No puede haberlo, porque la
evolución y desarrollo natural de la sociedad americana han resultado tanto en
universidades públicas (Universidad de California, Universidad Estatal de Nueva
York (SUNY), etc.) como privadas (Harvard, Stanford, etc.) de calidad
excelente.[15] La
excelencia de ambos tipos de universidades demuestra que en principio un modelo
no es superior al otro. Cuando una institución ha logrado un nivel altísimo de
excelencia, caso del Instituto Pasteur, incluso el gobierno francés se abstiene
de nacionalizarla y someterla al control gubernamental; al contrario, le
proporciona el 31% de su presupuesto.
Esta disquisición viene a cuento de
que Suiza, un país de 7,3 millones de habitantes, tiene un sistema
universitario y de ciencia y tecnología cuya calidad sólo es superada por el
sistema americano. Y el sistema suizo es exclusivamente público,
resultado de la tradición histórica y evolución de su sociedad.
Suiza es una confederación de 26
cantones en la que las universidades son competencia exclusiva de éstos, pero
el Gobierno Federal se reserva la competencia exclusiva sobre las llamadas
Escuelas Politécnicas Federales. Sólo hay dos: la de Zurich (EPFZ, conocida
como ETHZ según las iniciales en alemán) y la de Lausana (EPFL).
Sólo hay diez universidades suizas:
Universidad de Basilea, Universidad de Berna, Universidad de Friburgo,
Universidad de Ginebra, Universidad de Lausana, Universidad de Lucerna,
Universidad de Neuchatel, Universidad de Saint-Gall, Universidad de la Suiza
Italiana y Universidad de Zurich.
No es mi objetivo hacer una
descripción detallada de las universidades suizas, pero sí es de interés
señalar cuáles son las universidades investigadoras clasificándolas por el
número de publicaciones en el período 1994-99.[16]
Principales universidades investigadoras de Suiza
|
|
|
Publicaciones 1994-99 |
% de publicaciones |
Acumulado |
|
1 |
Universidad de
Zurich |
11.919 |
13,4% |
13,4% |
|
2 |
EPFZ |
11.080 |
12,4% |
25,8% |
|
3 |
Universidad de
Ginebra |
9.737 |
10,9% |
36,7% |
|
4 |
Universidad de
Berna |
8.099 |
9,1% |
45,8% |
|
5 |
Universidad de
Lausana |
6.927 |
7,8% |
53,6% |
|
6 |
Universidad de
Basilea |
6.795 |
7,6% |
61,2% |
|
7 |
EPFL |
4.259 |
4,8% |
66% |
En esta
tabla el porcentaje se calcula sobre el total de publicaciones de todas las instituciones
de investigación del país, es decir, incluye universidades, institutos de
investigación públicos y de la empresa privada, hospitales y organismos
internacionales (como el CERN). Los datos utilizados corresponden al período
1994-99 y están contenidos en las publicaciones del Institute for Scientific
Information (ISI) de Filadelfia, Science Citation Index (SCI), Social Sciences
Citation Index (SSCI) y Arts & Humanities Citation
Index (A&HCI).
En estas publicaciones se recogen datos de 8.000 revistas periódicas con un
total de unos 7 millones de artículos.
Las publicaciones del ISI
proporcionan el estándar mundial para las medidas de la productividad
científica. Estas bases de datos contienen mucha más información que el número de
publicaciones de los distintos autores, instituciones y países. Una medida
aceptada de la calidad de las publicaciones es el número de veces en que
son citadas por otros autores. Por ejemplo, el autor X ha publicado un
artículo de física titulado Y en el período 1994-99, y éste ha sido
citado 350 veces en el mismo período; esto sería considerado como un artículo
importantísimo por la comunidad de los físicos. A partir de las citas
correspondientes a los distintos artículos, se ha definido el llamado índice
relativo de citas o índice relativo de impacto (IRI). Para poner de manifiesto
la excepcional calidad de la producción científica suiza relativa a la de otros
países, es preciso utilizar el IRI, cuya definición se da a continuación.
Consideremos las publicaciones de la
institución X en el área de conocimiento y (astrofísica, química,
derecho, ciencias sociales, etc.) en un determinado período de tiempo; el índice
relativo se define como:
I = [Citas(X,y) /
Publicaciones(X,y)] / [Citas(ww,y) / Publicaciones(ww,y)]
en
donde Citas(X,y) es el número de citas referidas a la institución X en
el área y, que aparecen en todas las revistas del ISI de esta área,
dividido por el número de publicaciones de la institución en dicha área.
Citas(ww,y) y Publicaciones(ww,y) expresan el mismo concepto, pero se refieren
a todas las citas y publicaciones de todas las instituciones del mundo (ww,
world-wide) en el área y. El
índice relativo de impacto (IRI) se define como:
IRI = 100 . (I2 – 1) /
(I2 + 1)
Si
el índice relativo I = 1, entonces IRI = 0, es decir, el impacto de las
publicaciones de la institución X es igual al impacto promedio de todas
las instituciones del mundo. Si IRI > 0, el impacto de la institución X
en el área y es superior a la media mundial; cuando IRI < 0, el
impacto de X en el área y es inferior a la media mundial.
Un ejemplo numérico es el siguiente:
Citas(X,y) = 8, Publicaciones(X,y) = 16