Las estrellas
científicas españolas en el extranjero
España y el mundo han recorrido un
largo camino desde la época (1950) en la que empecé mis estudios de físicas en
la Universidad de Barcelona. La incomunicación de los profesores de la
universidad con profesores de universidades extranjeras era casi total.
Teníamos un profesor de astronomía que mantenía correspondencia con un profesor
sueco, lo cual tenía como motivo de orgullo y nunca perdía la ocasión de
mencionárnoslo en clase: “en mi correspondencia con el Profesor tal y tal, he
averiguado que ...” En el verano de
1952, mi compañero de curso Manuel Cardona (véase el Apéndice) fue a Suecia haciendo auto-stop, localizó al
Profesor tal y tal y consiguió hacerse una foto con él. Cuando regresó a
Barcelona, fue a ver al profesor de astronomía, y cuando éste mencionó una vez
mas: “en mi correspondencia con el Profesor tal y tal ...”, Cardona saca la foto
y se la enseña: “aquí estoy yo con el Profesor tal y tal”. El profesor de
astronomía estuvo a punto de tener un infarto.
De este aislamiento total, hemos
pasado a la situación actual en la que la asistencia a congresos científicos
internacionales es normal, y un número indeterminado de científicos e
ingenieros españoles han hecho estudios de post-grado y obtenido doctorados en
el extranjero, tanto en Europa como en Estados Unidos. Estados Unidos es la
meca para los individuos que han hecho doctorados en sus universidades y que
luego quieren quedarse: no hay la mínima barrera ni dificultad para lograrlo,
todo lo contrario. En la primavera de 1964, a punto de terminar mi doctorado en
Harvard en junio de 1964, fui entrevistado
en la misma universidad por representantes de varias compañías. Solicité cinco
empleos y obtuve cuatro ofertas firmes, eligiendo al final el Vallecitos
Atomic Laboratory de General Electric en California.
Cito algunos de nuestros
compatriotas que han hecho una carrera brillante en aquel país: Nicolás
Cabrera, Jefe del Departamento de Física de la Universidad de Virginia, regresó
a la Universidad Autónoma de Madrid a principios de los 70 y sufrió diversas
peripecias (véase La saga de los Cabrera en el Apéndice); Manuel
Cardona, miembro de la Academia Nacional
de Ciencias de los EE.UU., premio Príncipe de Asturias, fue catedrático
de Brown University y luego Director del Instituto de Física del Estado Sólido
en el Instituto Max Planck de Stuttgart; Joan
Massagué, bioquímico, miembro de la Academia Nacional de
Ciencias de los EE.UU., es Director del Programa de Biología Celular en el
Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, una institución con más
de un siglo de existencia dedicada a la investigación básica y al tratamiento
clínico del cáncer; Mariano Barbacid, Director del Centro Nacional de Investigaciones
Oncológicas (CNIO) de Madrid, regresó a España en 1998 después de haber
trabajado 24 años en investigación sobre el cáncer en los Institutos Nacionales
de Salud (NIH) y en la multinacional farmacéutica Bristol-Myers; es el
co-descubridor de los oncogenes, genes que al mutarse contribuyen a transformar
una célula normal en una célula cancerosa; Carlos Vallbona, catedrático de Medicina
Comunitaria de la Baylor University de Houston.
La
nueva sede del CNIO ha sido inaugurada en febrero de 2003 por el Presidente
Aznar, y en ella se han invertido hasta la fecha €72
millones. El caso de Barbacid pone de relieve los problemas que se plantean al
tratar de recuperar las estrellas científicas españolas en el extranjero.
El más evidente es que estos científicos no pueden integrarse en las
estructuras españolas existentes, universidad u organismos públicos de investigación,
con sus escalafones de funcionarios y sueldos idénticos para todo el mundo. El
Gobierno ha creado una Fundación a la medida de Barbacid que depende del
Ministerio de Sanidad y del Ministerio de Presidencia. Las tensiones entre
Barbacid y el Ministerio de Sanidad por cuestiones presupuestarias son
continuas (lo cual es normal en todo el mundo), también hay tensión entre
Barbacid y el establecimiento científico funcionarial (celoso de los medios
económicos del CNIO), etc. Uno tiene la impresión que Barbacid tiene que
emplear mucho tiempo y energía en defensa del CNIO. Pero ha ganado una batalla
importante: conseguir que en la plantilla del CNIO no haya funcionarios.
Es imposible predecir la evolución y
éxitos futuros del CNIO, pero si se mantiene la estructura esencial de
fundación sin fines de lucro, y se logra paulatinamente la estabilidad y la
independencia científica con respecto al Gobierno, se habrá dado un gran
paso adelante para la modernización de las estructuras españolas de
investigación. Barbacid ha manifestado repetidamente su aspiración a conseguir
que una parte importante de la financiación del CNIO (del orden del 50%)
proceda de fuentes no gubernamentales (cajas de ahorro, fundaciones, grandes
empresas). Su contribución más importante al país será el haber creado una
institución basada en principios y valores universales (como los del Instituto
Pasteur o la Universidad Rockefeller) que perdure indefinidamente. Los
resultados para la lucha contra el cáncer se irán logrando ineludiblemente, con
Barbacid o sin él. Las grandes instituciones científicas mundiales en ningún
caso pueden depender ni dependen de individuos en concreto; una vez que se crea
una tradición de excelencia, estas instituciones crean figuras ejemplares de
investigadores y resultados de nivel internacional, generación tras generación,
como es el caso de Harvard.
La aventura de Barbacid se está planteando de nuevo con
Joan Massagué y con Salvador Moncada, el médico
hondureño director de un departamento de
investigación de la multinacional farmacéutica Wellcome en Inglaterra. Ya se ha
anunciado oficialmente la contratación de Moncada para dirigir el Centro
Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, cuyos nuevos laboratorios en
Madrid serán inaugurados en 2004.
Esto pone en evidencia lo obvio: no
será posible crear una institución nueva para cada científico famoso que quiera
recuperarse. El hecho evidente es que hay que cambiar gradualmente las
estructuras universitarias y de los organismos públicos de investigación, para
que España produzca de forma natural estas figuras ejemplares. Si se alcanza
esta meta, los científicos famosos y otros investigadores que quieran regresar
en el futuro podrán encajarse en instituciones españolas independientes del
poder político, sin que sea preciso movilizar al Presidente del Gobierno y al
Consejo de Ministros para ocuparse de algo que no debiera ser de su
incumbencia.
Si no se resuelven estos problemas estructurales fundamentales, España nunca podrá alcanzar un lugar entre las naciones que por su ciencia y tecnología conforman la élite mundial.