Folklore de la bomba atómica. El general de ingenieros del ejército Leslie Groves fue nombrado jefe ejecutivo del proyecto Manhattan en 1942, con plena autoridad. Había supervisado la construcción del Pentágono. Era un individuo con una capacidad excepcional de decisión. Sus primeras decisiones fueron dos: elegir al director del laboratorio y decidir su emplazamiento.

Hay que comprender que el trabajo teórico y experimental sobre la bomba había sido iniciado en varias universidades, en particular en UC Berkeley y la Universidad de Chicago. Los participantes formaban un grupo compenetrado, entre los que destacaba Lawrence, Director del Berkeley Radiation Laboratory,[1] inventor del ciclotrón y pionero de la gestión de grandes proyectos científicos, lo que hoy se llama la “gran ciencia”. Como tal, creía tener la autoridad para nombrar al director del nuevo laboratorio, y propuso a McMillan, un miembro destacado de su propio Berkeley Radiation Laboratory. Pero Groves tenía otras ideas. Había tenido un primer encuentro con Oppenheimer en octubre de 1942, y éste le había causado una fuerte impresión por lo que decidió nombrarlo. Cuando se enteró, Lawrence se puso colérico. Había coincidido con Oppenheimer en los años 30 en UC Berkeley y ambos tenían caracteres antagónicos. Oppenheimer tenía ideas izquierdistas y había tratado de organizar un sindicato en el Berkeley Radiation Laboratory,  mientras que Lawrence era el prototipo del hombre del establecimiento. Lawrence expresó la opinión de que Oppenheimer fracasaría, a pesar de que éste había creado dos grupos destacados de física teórica, uno en UC Berkeley y el otro en Caltech[2]. Groves tomó la decisión correcta, pues eligió al hombre que conduciría al laboratorio a cumplir su misión con éxito en poco más de dos años.

Con respecto al emplazamiento, Groves tenía dos requisitos: que el laboratorio estuviera como mínimo a 300 km de la costa, y que estuviera situado en un lugar aislado y con mucho espacio para poder llevar a cabo las explosiones necesarias. Envió a un oficial, el comandante Dudley,  a buscar un sitio adecuado en Nuevo México, uno de los estados menos poblados del oeste. Este oficial recorrió durante unas semanas el estado utilizando todos los medios de transporte, incluido el caballo. Al final recomendó dos sitios, Jemez Springs y Los Alamos. Groves y Oppenheimer, después de inspeccionarlos, se decidieron por Los Alamos. Uno de los factores fue su aislamiento y la existencia de Los Alamos Ranch School, una escuela interna para muchachos de familia rica con algunos edificios funcionales (cafetería, dormitorios, aularios, etc.) que podrían servir para satisfacer las necesidades iniciales del laboratorio.

El Ministerio de la Guerra comunicó a la escuela en diciembre de 1942 que el ejército la expropiaría en febrero siguiente. La escuela era un lugar paradisíaco en donde sus alumnos, unos cuarenta chicos de 12 a 16 años, tenían clases por las mañanas y por las tardes se dedicaban a trabajar en el rancho, y a actividades y deportes al aire libre. Su uniforme era el de los boy scouts. El coste anual por alumno era unos $30.000, al valor actual. El director les comunicó el 7 de diciembre que, debido al cierre inminente, se suprimirían las vacaciones de navidad, para poder terminar de forma acelerada el curso académico.

Cuando la escuela cerró el 8 de febrero de 1943, las excavadoras ya estaban funcionando a pleno rendimiento para iniciar la construcción de los edificios del laboratorio, una serie de estructuras variopintas e indescriptibles de madera construidas con urgencia para satisfacer una multiplicidad de necesidades: laboratorios, administración, alojamientos civiles, cuarteles militares, escuelas, economato, hospitales, etc. El ambiente era el de una pequeña ciudad de aluvión, como en los campos mineros del siglo XIX. La supervisión principal de la construcción estaba a cargo del cuerpo de ingenieros del ejército, aunque Oppenheimer y sus colaboradores científicos intervenían continuamente para modificar sobre la marcha las especificaciones de los edificios, y tenían que ocuparse además de la adquisición de los equipos científicos, requisando algunos de laboratorios universitarios.

Simultáneamente, Oppenheimer atacó el problema del reclutamiento de los científicos. Groves le había dicho que quería que los científicos y otro personal técnico fueran convertidos en oficiales militares en uniforme, y Oppenheimer inicialmente estuvo de acuerdo (con 38 años, esperaba que lo hicieran teniente coronel). Cuando empezó a contactar a los científicos en las distintas universidades, la mayoría rechazó de plano ser militarizados. Esto creó un impasse con Groves, que no tuvo más remedio que ceder. Aunque al principio sólo dio su acuerdo a que el laboratorio fuera civil en la primera fase, pero insistió en que  cuando el “dispositivo” estuviera listo para su prueba, quería que todo el mundo estuviera militarizado. Con el paso del tiempo, ante la buena marcha del laboratorio (if it doesn’t break, don’t fix it, “si no se rompe, no lo arregles”), el tema de la militarización no volvió a mencionarse.

No es mi objetivo describir paso a paso el progreso del laboratorio hacia la construcción de la bomba, sino centrarme en algunos aspectos humanos de interés. ¿Cómo era la vida de los científicos en Los Alamos durante la guerra? Una buena fuente es la descripción de Feynman,[3] que se incorporó a Los Alamos en abril de 1943, cuando acababa de doctorarse en Princeton.  Al principio, todo era un barullo, y los científicos vivían en casas alquiladas fuera del laboratorio, durmiendo en literas de dos pisos. Los físicos experimentales no tenían sus laboratorios y equipos listos, y como no podían hacer nada, se dedicaban a ayudar en la construcción dirigiendo el tráfico de los camiones con los materiales de construcción, e indicando a los capataces cuantas conducciones de gas, agua, y electricidad eran necesarias para cada estructura, ya que los planos de construcción estaban incompletos. Los físicos teóricos empezaron a trabajar desde el primer momento.  Feynman estudiaba y leía, y se enteró de que Hans Bethe (Jefe de la División Teórica, recibió el premio Nobel de Física en 1967)  era el único de los científicos senior presente al principio. Bethe necesitaba a alguien con quién debatir sus ideas. Entraba en el cuchitril de Feynman, y empezaba a discutir explicándole  una idea. Feynman: “No, no, estás loco. Tiene que ser de esta forma.” Bethe: “ ‘Un momento,’ y me explica por qué él no está loco, sino que soy yo quién está loco.” Y siguen así. Feynman cuenta que cuando empezaba a hablar de física, sólo pensaba en ésta y se olvidaba de con quién estaba hablando y les decía cosas así: “estás loco”. Pero eso era exactamente lo que Bethe necesitaba, e hizo a Feynman jefe de grupo.

Feynman se había casado con su mujer, Arlene, cuando ésta ya sufría de tuberculosis. Arlene estaba en un hospital en Albuquerque, a unos 150 km de Los Alamos, en donde murió en 1945. En preparación de esta emergencia, Feynman había pedido a un colega, Klaus Fuchs,[4] que cuando llegara el momento le dejara su coche para ir al hospital. Durante la guerra, no se fabricaban coches ni neumáticos para los civiles, y en el viaje de Los Alamos a Albuquerque, Feyman tuvo tres pinchazos y, como se había quedado sin rueda de repuesto, tuvo que abandonar el coche.[5] Llegó al hospital unas horas antes de la muerte de su mujer.

Los dos explosivos nucleares para la bomba eran el uranio 235, obtenido en las enormes instalaciones de difusión gaseosa en Oak Ridge (Tennessee), y el plutonio 239, obtenido en los “reactores de producción” de Hanford (estado de Washington). Al principio, Oppenheimer creyó que el diseño basado en el “cañón” serviría para “ensamblar” tanto la bomba de uranio como la de plutonio.[6] Pero el trabajo de Emilio Segre (premio Nobel 1959, discípulo de Fermi) sobre la fisión espontánea del plutonio estableció que antes de que las dos masas de éste se juntaran, se produciría una predetonación muy poco eficiente. Fue preciso abandonar el “cañón” para la bomba de plutonio, y desarrollar un nuevo método para “ensamblar” la masa de plutonio y provocar la explosión nuclear. El método fue el de la implosión, es decir, rodear una esfera hueca de plutonio con explosivos convencionales que al explotar producirían una onda compresiva esférica simétrica dirigida hacia el interior, es decir, a la esfera hueca de plutonio. La esfera hueca se colapsaría en una masa crítica sólida que produciría la explosión nuclear. Fue Luis Alvarez (premio Nobel 1968, de origen asturiano[7]) quién diseñó el detonador para la bomba de plutonio. Este era un dispositivo complejo en el que eran precisas unas “lentes de explosivos” para que la onda de la implosión fuera perfectamente esférica y así colapsara de forma simétrica la esfera hueca de plutonio, con el fin de lograr la máxima “eficiencia del ensamblaje”. No obstante, el detonador era tan complejo que se estimó absolutamente necesario hacer una prueba con la bomba de plutonio, para asegurarse de que funcionaba.

En mayo de 1943, Kenneth Bainbridge, un físico nuclear experimental de la Universidad de Harvard, fue contratado por Los Alamos. Su misión era dirigir la construcción y equipamiento de una instalación para realizar la primera explosión de la bomba nuclear, la llamada Trinity Test (“Prueba Trinidad”). En la madrugada del 16 de julio de 1945, instantes después de la explosión nuclear en el lugar conocido por Jornada del Muerto, a unos 200 km de Alamogordo (Nuevo México), Bainbridge primero felicitó a Oppenheimer y a los otros testigos presentes, y luego les dijo: “Ahora somos todos unos hijos de puta.” Más tarde, Oppenheimer comentó que ésta fue la observación más profunda hecha por nadie justo después de la explosión.

Después de la guerra, desde su posición como presidente del Comité Consultivo de la Comisión de Energía Atómica, Oppenheimer se opuso por razones de conciencia al programa que conduciría al desarrollo de la bomba de hidrógeno. El Presidente Truman, informado de que los rusos podían alcanzar este objetivo y como no creía en los motivos de conciencia de Stalin, dio la orden de iniciar el proyecto. En 1952, durante el macartismo[8] y la guerra de Corea, una vez que el nombramiento de Oppenheimer como presidente del Comité Consultivo llegó a su fin, fue sometido a una serie de audiencias secretas por la Comisión de Energía Atómica tendentes a probar que era un riesgo para la seguridad nacional. Se desenterraron sus simpatías izquierdistas (ciertas) de los años 30 y sus asociaciones con comunistas a lo largo del tiempo,[9] aunque estos antecedentes eran ya conocidos cuando fue nombrado director científico del proyecto Manhattan, durante el cual demostró su lealtad y devoción al país. Todos sus colegas, excepto Teller[10] que hizo una declaración ambigua, afirmaron que su lealtad al país estaba fuera de toda sospecha. En 1953, su autorización de seguridad (security clearance) fue revocada, excluyéndolo para siempre de los consejos de gobierno. Su prestigio era tal, que fue nombrado Director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (institución privada en donde estaba Einstein). En 1963, el Presidente Johnson lo rehabilitó en una ceremonia pública en la Casa Blanca en la que le entregó el premio Enrico Fermi. Murió en 1967.

Después de su regreso a Harvard en 1945, Bainbridge adoptó una posición opuesta a las armas nucleares y a favor de su control. Cuando Wendell Furry, un colega del Departamento de Física, fue atacado por el Senador McCarthy, el Profesor Bainbridge se volcó en su defensa dedicándole mucho tiempo y esfuerzo. Tuve el privilegio de tener a Bainbridge como profesor de física nuclear en el curso 1960-61, y lo recuerdo como un hombre muy amable y modesto.[11] Antes de la guerra en 1936, Bainbridge había construido un ciclotrón que fue juzgado como el mejor de los existentes, y como tal, fue requisado para Los Alamos. Después de la guerra, dirigió la construcción de un nuevo ciclotrón en Harvard que todavía hoy sigue funcionando. Es utilizado por los médicos del Massachusetts General Hospital para tratamientos clínicos y para investigaciones de terapias con haces de protones.

El proyecto Manhattan atrajo a los mejores científicos americanos y europeos, la mayoría de estos últimos refugiados de Hitler y del fascismo, que sabían exactamente lo que estaba en juego: o Hitler consigue primero la bomba o nosotros. Eran en su mayoría investigadores básicos, que abandonaron el trabajo fundamental para llevar a cabo el trabajo aplicado de determinar las propiedades físicas esenciales del uranio y del plutonio, desarrollar métodos para producir estos materiales en gran escala, y por último, diseñar y construir la bomba. Casi la totalidad de ellos abandonaron Los Alamos en 1945, una vez terminada la guerra, y regresaron a la universidad. Un gran número de ellos ganó el premio Nobel de Física o de Química.[12]

En la actualidad, la tecnología básica para construir una bomba nuclear de fisión es de dominio público, y de hecho ha sido utilizada por varias naciones para lograrlo.[13] Pero el lector no experto no debe creer que el problema no tenía dificultades fundamentales. Un núcleo de uranio 235 o de plutonio 239 se fisiona cuando es bombardeado con neutrones rápidos, libera la energía de fisión, y produce a su vez nuevos neutrones rápidos (del orden de 2,5 por fisión). Estos neutrones producidos en la fisión bombardean nuevos núcleos de uranio 235 o plutonio 239, producen su fisión, etc., es decir, tiene lugar la reacción en cadena. La posibilidad de lograr una explosión nuclear dependía, entre otros factores, de la rapidez con que se producen los neutrones después de la fisión. De hecho, una fracción de los mismos se llaman neutrones retardados (delayed neutrons) porque se liberan mucho después de los neutrones inmediatos (prompt neutrons). Pues bien, si las leyes físicas hubieran sido distintas y la mayoría de los neutrones de fisión hubiesen sido “retardados”, no habría sido posible construir una bomba nuclear, porque la liberación de energía en la reacción en cadena habría sido más lenta, es decir, no explosiva. Esto no se sabía cuando comenzó el proyecto Manhattan que, en este sentido, fue una gran apuesta. La tarea de las naciones que desarrollaron la bomba después fue bastante más fácil, ya que sabían que el invento funcionaba y por tanto iban “a tiro fijo”.

¿Qué ha quedado de todo esto en Los Alamos de hoy? Lo más valioso en una institución científica: una tradición de excelencia y un orgullo manifiesto en los logros históricos del pasado, que sirven de inspiración al trabajo de los investigadores actuales. Un ambiente en el que el trabajo sigue considerándose importante y urgente, como en tiempo de guerra. Si se necesita algún equipo o instrumento para un proyecto, se materializa en un par de días. Si se pide un artículo de una revista científica a la biblioteca, te lo envían al día siguiente. Si no se puede esperar, se va a la biblioteca: está abierta las 24 horas del día.

El proyecto Manhattan fue el primero en la historia, en el que un gobierno decidió resolver un problema transcendental, para lo cual reunió una banda de científicos e ingenieros y les dio durante un poco más de un par de años el 2% del producto interior bruto. Y lo resolvieron.

Los investigadores de Los Alamos hoy, como los de Livermore, se dividen en dos clases: los que trabajan en investigaciones militares y los otros. Los investigadores de defensa tienen sus revistas internas en donde publican sus trabajos, con una distribución limitada a los otros investigadores de defensa de Los Alamos y de los otros laboratorios nacionales. Reciben reconocimiento por su trabajo, siempre en actos internos. Esto es contrario a la esencia de la comunicación abierta que es una de las bases de la ciencia; pero hacen su trabajo como una contribución y un deber al país. Naturalmente, no tienen que dedicarse siempre al trabajo de defensa, sino que pueden transferirse a investigaciones abiertas no militares.

Los Alamos es una institución de una naturaleza completamente desconocida en Europa: un laboratorio científico en un altiplano a 2.200 m de altura con unos 7.500 empleados, cuya mayoría vive en urbanizaciones de casas unifamiliares en plena naturaleza. El pueblo de  Los Alamos tiene del orden de 10.000 habitantes, y hay otro pueblo satélite, White Rock, de 8.000 habitantes. La ciudad más próxima, Santa Fe, está “allá abajo”, a 55 km. Ser investigador en Los Alamos requiere una decisión de abrazar una vida centrada en el trabajo, y un ocio que gira alrededor de todo tipo de actividades y deportes al aire libre: ski, golf, tenis, patinaje sobre hielo, acampadas, senderismo, excursiones a caballo, caza y pesca, etc.  Los miembros del laboratorio son conscientes de que se pierden lo que sucede “allá fuera” (out there, el mundo urbano).[14]  Nadie usa corbata, y no se necesita un jefe de protocolo como en el CSIC, a pesar de que el laboratorio recibe visitas de científicos ilustres de todo el mundo, y de los presidentes americanos y otros políticos. Con tantos doctores por metro cuadrado, la calidad de la educación en las escuelas públicas secundarias es extraordinaria, y se dispone también de una excelente biblioteca pública. En el verano, la gente de Los Alamos puede asistir a la temporada de ópera en el auditorio al aire libre de Santa Fe.

Un hecho sorprendente es el viaje a Los Alamos. Se vuela a Albuquerque, y si uno va a visitar el Laboratorio, una compañía de taxis aéreos te lleva del aeropuerto de Albuquerque al pequeño aeropuerto del Laboratorio, en donde te recoge un coche con chofer que es “español(descendiente de españoles) y que habla castellano.

Nuevo México ofrece un mosaico encantador de tres culturas: india, española y “anglo”. Hoy en día existen 19 grupos de indios “pueblo”, así llamados por los exploradores españoles porque vivían en comunidades con casas de varios pisos que les recordaban a pueblos españoles. Cada una de estas 19 tribus tiene su propio territorio, en donde disfrutan de autogobierno. Algunas aun tienen pueblos con casas de varios pisos que han sido habitadas continuamente desde antes de la llegada de los españoles; el más famoso es el Taos Pueblo, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. En general disponen de mucha más tierra de la que necesitan sus habitantes. Por esto, alquilan parte de sus tierras a compañías mineras, o para canteras; la actividad más lucrativa es el establecimiento de casinos de juego, los cuales no están sujetos al permiso ni a las regulaciones del gobierno del estado. Trabajan en artículos de artesanía que venden en el “palacio del gobernador” en Santa Fe, una estructura de adobe de una sola planta con soportales, construida en 1610 por Don Pedro de Peralta, el tercer gobernador español de Nuevo Mexico. Los americanos lo valoran mucho y lo designan como “el edificio público de uso ininterrumpido más antiguo de los Estado Unidos”. Los indios tienen plena libertad para integrarse en los Estados Unidos, si así lo desean. Algunos van a la universidad, se casan al margen de la tribu, y de hecho se integran. Hay algunos indios americanos que trabajan en el laboratorio de Los Alamos y que por las tardes regresan a su pueblo.

En Santa Fe, una de sus mayores atracciones es la Capilla de Loreto (Loretto Chapel), construida para un colegio de chicas regentado por unas monjas enseñantes llamadas Hermanas de Loreto. Terminada su construcción en 1878, se planteó el problema de cómo comunicar la nave con el coro. Ningún carpintero veía una solución clara, ya que cualquier escalera ocuparía mucho espacio. Las monjas hicieron una novena a San José, el patrón de los carpinteros, y en el último día de la misma apareció un hombre montado en un burro con una caja de herramientas, y construyó en unos meses una escalera de caracol sorprendente que da dos vueltas y sólo está soportada en el suelo de la nave y en el coro (a unos 6,6 m de altura); no tiene clavos metálicos. El hombre desapareció sin recibir ni paga ni gracias. Las monjas no pudieron localizarlo: concluyeron que había sido San José en persona.

Hay un pueblo cerca de Santa Fe, llamado Chimayo, en el que uno parece estar en un pueblo de Castilla: la plaza con los soportales, las casas de adobe, la iglesia. Hay una creencia sobre un crucifijo milagroso en la iglesia de Chimayo que atrae a peregrinos, sobre todo en Semana Santa. Muchos “anglos” (como los españoles y mexicanos llaman a los anglosajones) participan en las romerías de Chimayo; no son católicos, pero creen que es una tradición “étnica” muy bonita. En los alrededores de Santa Fe, hay bastantes habitantes que se saben descendientes de los colonizadores españoles que ocuparon y colonizaron Nuevo México a partir del siglo XVI y hasta principios del XIX. Te dicen: “yo soy español, no mexicano.”

 

 

Conclusión

 

Los Alamos constituye un hito en la historia de la ciencia. Un gobierno decide crear un laboratorio para lograr un objetivo transcendental en plena guerra. Dada su suprema importancia militar, el control absoluto se pone en manos de los militares. Estos, como es natural, consideran que para ejercer este control sobre el proyecto tienen que militarizar a los científicos: Oppenheimer, teniente coronel; Fermi (premio Nobel 1938), ¿teniente coronel también?. Se producirían situaciones surrealistas: “teniente coronel Fermi, la semana que viene me investiga Ud. la fisión espontánea del plutonio 240”. Los científicos se niegan en redondo, y los militares lo aceptan primero a regañadientes, y luego con la marcha del proyecto llegan a comprender claramente la diferencia entre el control militar sobre la seguridad y el control científico, que sólo puede estar en manos de los científicos.

Oppenheimer juega un papel crucial, porque tiene el respeto de los científicos clave, y puede interaccionar con ellos y criticarlos y orientarlos hacia el objetivo; algo normal en el ámbito científico, en donde la publicación de un artículo en una revista con revisión por pares (peer-reviewed journal) implica eso: la crítica y petición de revisión de un artículo hechas por expertos anónimos, aunque el autor del mismo sea una científico famoso. Una vez comprendido este concepto, el Gobierno Federal decide poner la gestión del laboratorio en manos de la Universidad de California, un arreglo que ha funcionado bien y que dura ya 60 años.

Después de haber regresado a España en 1976, todavía hoy me sigue produciendo estupor el control político ejercido por los gobiernos españoles sobre organizaciones como el CSIC y el CIEMAT; un control que se mete de lleno en la especificación detallada del organigrama de personal, la definición de multitud de categorías del personal científico y técnico, la especificación de las condiciones de contratación (hecha de acuerdo con las normas generales de la Administración del Estado, es decir, las normas para los funcionarios en general), etc. Este paroxismo de control alcanza su nivel máximo cuando el Ministerio de Educación controla la convalidación de títulos universitarios extranjeros. En primer lugar, exceptuando lo obvio (medicina, derecho, arquitectura, ingeniería de caminos, pilotos de líneas aéreas, etc.), el concepto mismo de convalidación de títulos científicos no existe ni se usa en los países avanzados. Si una organización gubernamental extranjera quiere contratar a un ingeniero electrónico de Stanford o del MIT, o a un físico de la Universidad de Cambridge, no se le pasa por la mente “convalidar” estos títulos. Si alguien alega tener un doctorado por una universidad americana por correspondencia (haberlas, hailas),  pues no se le contrata y ya está. Esta decisión corresponde por ley natural a la organización contratante.

El sistema español de control de los laboratorios públicos está diseñado para que no funcionen, como es el caso. Este sistema sirve solamente para satisfacer las ansias de control de los políticos, que de esta forma condenan al país a un subdesarrollo científico y tecnológico perpetuos. El problema no es el dinero.



[1] Véase el capítulo 2.

 

2 Véase la nota 23 de pie de página del capítulo 2.

 

3 R. Feynman, Surely You ‘re Joking, Mr. Feynman!, Bantam Books, Nueva York, 1986, pág. 95. Ganó el premio Nobel de Física en 1965. Véase también el capítulo 3.

 

4 Klaus Fuchs fue el físico alemán que espió para los rusos. Después de la guerra, regresó al Reino Unido, donde fue descubierto en 1950 y condenado a 14 años. Fue liberado en 1959, en un intercambio de espías. Murió en la antigua Alemania del Este.

 

5 Como los únicos coches que se vendían eran los de antes de la guerra, un individuo compró un coche y le preguntó preocupado al vendedor: “¿qué garantía me ofrece?”, y el vendedor le respondió: “si se le rompe en dos pedazos, se puede quedar con los dos.”

 

6 Este consiste en disparar dentro de un tubo de cañón una masa del explosivo nuclear contra otra, para así alcanzar la masa crítica y producir la detonación nuclear. La velocidad del ensamblaje de las dos masas es esencial; de otro modo, se produciría una explosión pequeña.

 

7 Véase la nota 14 de pie de página del capítulo 2.

 

8 Véase la nota 31 de pie de página del capítulo 3.

 

9 Su hermano, su mujer y una antigua novia habían sido miembros del partido. En los años 30 esto no era nada especial, sobre todo en UC Berkeley, en donde había una corriente izquierdista de apoyo a la causa de la República en la Guerra Civil Española. La mujer de Oppenheimer era la viuda de Joseph Dallet, un miembro del partido comunista, muerto en España en 1937 combatiendo con las Brigadas Internacionales.  Véase también la nota 39 de pie de página.

 

10 Véase el capítulo 2.

 

11 Véase el capítulo 3.

 

12 Véase la nota 49 de pie de página en el capítulo 3.

 

13 A principios de los 70, cuando Livermore contrataba a nuevos doctores recién salidos de la universidad, les pedía a un grupo de ellos que realizaran el siguiente ejercicio: diseñar una bomba de fisión utilizando sólo la información de dominio público. Conseguían hacerlo en unas pocas semanas.

 

14 Algunos no soportan vivir en una comunidad habitada casi exclusivamente por empleados del laboratorio, y prefieren vivir en Santa Fe, lo cual requiere entre una hora y media y dos horas diarias de coche.