Génesis de las universidades privadas americanas

 

Harvard y Chicago fueron creadas bajo inspiración religiosa, puritana la primera y baptista la segunda; mientras que Stanford tuvo inspiración laica desde el comienzo. Estos distintos idearios iniciales se han difuminado con el tiempo, y las tres son ahora instituciones puramente laicas. Es de interés resaltar esto, puesto que ilustra la génesis de la fundación de universidades privadas sin fines de lucro: o son fundadas por instituciones religiosas, o por individuos ricos guiados por un ideal religioso (Rockefeller) o laico (Stanford).

Otro ejemplo digno de mención es la Universidad de Notre Dame, situada en Notre Dame, Indiana. Fue fundada en 1842 por un sacerdote católico de la Congregación de la Santa Cruz, una orden misionera francesa. Sus comienzos fueron muy modestos, de hecho en unos pocos edificios había un seminario, una escuela primaria, una escuela de oficios y sólo una docena de estudiantes de college que seguían un programa  de estudios clásicos copiado de la Universidad (jesuita) de San Luis en Missouri. En 1952, el patrimonio propio de la universidad ascendía a $9 M, y en la actualidad es de $950 M. Aun manteniendo un ideario católico, la universidad tiene un cuerpo diverso de estudiantes y profesores, y en 1987 el gobierno de la universidad fue transferido de la Congregación de la Santa Cruz a una Junta de Gobierno con predominio laico.[1]

La universidad privada más moderna es Brandeis University, fundada en 1948 por la comunidad judía americana y situada en los alrededores de Boston; en 50 años de existencia ha alcanzado un puesto importante entre las universidades de élite, con programas destacados de investigación. Aunque comprometida con el mantenimiento de la identidad judía (en la cafetería no se sirve ni cerdo ni mariscos de concha) está, por supuesto, abierta a un cuerpo diverso de estudiantes de todas las razas, religiones y países.[2]

 

           

Conclusión

 

Cada una de las tres universidades descritas son como seres vivos, muy distintas entre sí, tanto en sus tradiciones, orientaciones, objetivos, y sistemas de gobierno. Cada una juega un papel estelar en el mundo intelectual y educativo que le es propio y característico. Todo esto es posible porque son absolutamente independientes de cualquier administración pública.

Harvard se distingue por sus programas en humanidades, derecho, medicina, y ciencias políticas (gobierno); además,  tiene facultades excelentes, como Stanford y Chicago, en física y en administración de negocios.

Cuando uno piensa en Stanford, se viene a la mente su excelencia en ingeniería y el dinamismo de sus graduados los cuales, a través de la creación de empresas, han sido el origen de Silicon Valley.

El nombre de Chicago brilla por su excelencia en economía. También ha jugado un papel destacado en la historia de la física, ya que fue allí donde Fermi logró la primera reacción en cadena de fisión nuclear de la historia, la cual hizo posible la generación eléctrica nuclear.

Las universidades privadas españolas están controladas por el gobierno, que sigue imponiendo sus criterios sobre los programas de estudios y las normas y regulaciones que deben satisfacer. Esta falta de independencia hace imposible que las universidades privadas españolas puedan alcanzar una excelencia propia y característica. El problema está indeleblemente unido al concepto de “títulos oficiales” expedidos en nombre del Jefe del Estado. Sería bueno que se fundaran universidades privadas sin fines de lucro en las que sólo se concedieran títulos propios, para así evitar la injerencia burocrática y política del Gobierno. Este haría bien en concentrarse en la mejora de la calidad de las universidades públicas.

El sistema español en el que el Gobierno de turno crea una ley de universidades, que establece de forma absoluta cómo tienen que ser, todas por igual, hace imposible la excelencia. Está basado en la tradición centralista y burocrática de nuestra cultura. Quién sabe de universidades son los profesores universitarios y no los políticos; estos últimos deberían ejercer su poder fijando los grandes objetivos para cada universidad, y luego eligiendo a las personas idóneas para ponerlas al frente de cada una, y dejándoles plena libertad para desarrollarlas en centros de excelencia, sujetas claro está a criterios implacables de responsabilidad. Esta obviedad, implantada en las universidades públicas de muchos países (Estados Unidos y países escandinavos), es en lo esencial la propuesta contenida en el informe especial escrito para la Generalitat de Catalunya por la Comisión de Reflexión sobre el Futuro del Ambito Universitario Catalán.[3]

 



[1] www.nd.edu.

[2] www.brandeis.edu.

[3] Por un nuevo modelo de universidad, Informe de la Comisión de Reflexión sobre el Futuro del Ambito Universitario Catalán, marzo 2001.