EL INTERVENCIONISMO ESTATAL   

 

            El intervensionismo estatal es la madre de todos los males. Todo se origina en la obsesión de los gobiernos españoles por controlar todo lo relativo a la educación universitaria y al sistema de ciencia y tecnología. Los gobiernos nunca han sido capaces de asumir las diferencias existentes entre los distintos sectores de la cosa pública: el ejército, el sistema judicial, la policía, la seguridad social, etc., sujetos naturales del control gubernamental absoluto; y por otra parte, las universidades, sistemas de ciencia y tecnología, los cuales requieren por un lado la financiación pública y por otro una amplia autonomía con respecto al gobierno.

            Las universidades y las organizaciones de investigación tienen una característica esencial y universal: su excelencia requiere décadas de estabilidad para desarrollarse y crecer, siempre que desde el punto de partida se arranque con los valores adecuados y estos se mantengan. Por otro lado, las universidades, la investigación y la tecnología no tienen nada que ver con la política. Es particularmente negativo y penoso que esto no sea asumido por los gobiernos españoles, de forma que cuando un nuevo gobierno gana el poder cambia las cosas en esta área y mete a su gente en los puestos directivos de política científica y de los organismos públicos de investigación. Esto hace imposible el desarrollo y crecimiento de una tradición de excelencia. Aquí sí que hace falta un “pacto de Estado” entre los partidos políticos principales, es decir, un compromiso de cambiar las cosas sólo por razones de mejora objetiva del sistema y no por razones políticas. ¿Es que acaso hay unas matemáticas de derechas y otras de izquierdas?

            Los gobiernos no parecen entender que sólo unos principios y valores universales asumidos y aplicados con persistencia y continuidad mejorarán la educación universitaria y la investigación y desarrollo. No sirven de nada los voluntarismos ni las huidas hacia delante.[1] La creación reciente de un nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología con su organigrama propio y con competencias transferidas de otros ministerios es un ejemplo de voluntarismo inútil. Esto no es en si algo negativo, pero es ilusorio pensar que estas iniciativas retóricas y burocráticas sirvan para algo.[2]

            En el Reino Unido hay simplemente una Oficina de Ciencia y Tecnología dentro del Ministerio de Industria, cuya misión esencial es distribuir el presupuesto de investigación y desarrollo entre las universidades, laboratorios nacionales e industrias. La ausencia de una extensa burocracia dentro del ministerio, como es el caso en España, dota al sistema británico de la máxima flexibilidad en la asignación de los recursos de I+D. Esta flexibilidad significa más fondos públicos para las organizaciones que funcionan, y la reducción e incluso eliminación de las subvenciones para las que no funcionan. Esto es posible porque las organizaciones receptoras de los fondos públicos no son estáticas y no están pobladas por funcionarios a los que hay que mantener a toda costa. 

            La extensión y complejidad del sistema americano de universidades e investigación son tan grandes que ni siquiera es posible pensar en la existencia de un Ministerio de Educación o de un Ministerio de Ciencia y Tecnología. Las universidades son públicas y privadas, y la excelencia se encuentra tanto en las públicas (Universidad de California, Universidad Estatal de Nueva York) como en las privadas (Harvard, Stanford). El Gobierno Federal subvenciona a ambas clases por medio de muchos mecanismos como el Ministerio de Defensa, la National Science Foundation, el Ministerio de Energía, el Ministerio de Sanidad, etc. Las universidades públicas dependen de los gobiernos de los estados, los cuales proporcionan una parte importante de su financiación. Pero también reciben fondos privados, tienen capital propio, etc. No hay ministro en el mundo que pueda controlar y administrar todo esto. Excepto el ministro francés de educación, el cual preside sobre una burocracia de casi 1 millón de funcionarios.[3]

            La excelencia y el dinamismo de la Universidad de California son posibles por dos razones: (1) el Gobierno Federal no tiene ningún control ni ninguna responsabilidad sobre ella; (2) el Gobierno y la Asamblea de California han establecido desde hace 125 años un sistema de gobierno de la Universidad que dota a ésta de plena autonomía e independencia del poder político. Esta autonomía no garantiza que UC no esté sometida en la práctica a los vaivenes financieros que resultan de los presupuestos votados por la Asamblea, y que a veces la fuerzan a despedir a profesores (por medio de prejubilaciones, bajas incentivadas, etc.).

            Con nuestro Estado de las Autonomías, no hay ninguna razón ni impedimento cultural o de ningún otro tipo por el que las universidades públicas españolas no pudieran tener un sistema de gobierno cualitativamente igual al de la Universidad de California (véase Gobierno de la universidad en el capítulo 2). Esto eliminaría por completo y para siempre las luchas políticas partidistas por el control de la universidad, y permitiría por fin iniciar la larga marcha hacia la excelencia académica e investigadora.

            Otro ejemplo de los efectos nefastos del intervencionismo estatal es la obsesión general, casi enfermiza, por los títulos universitarios “oficiales”. Este concepto es inútil, perjudicial y retrógrado, y figura en leyes en donde no debiera figurar, como nuestra Constitución y algunos tratados internacionales.[4] Es verdad que en países de nuestro entorno, como Alemania y Francia, la mayoría de los títulos son otorgados por las universidades públicas; pero en el caso concreto de Alemania, la Sociedad Max Planck, la organización de investigación más prestigiosa del país, tiene una autonomía considerable con respecto al Gobierno Federal y al de los estados, lo que le permite contratar libremente a destacados científicos extranjeros sin que se plantee ni siquiera el tema de los títulos “oficiales” ni el de las “convalidaciones”. Al contrario, en las universidades alemanas hay una endogamia muy grande, y esto ha resultado en una disminución notable de su creatividad y en  la decadencia de la ciencia en Alemania.[5]

            Las universidades americanas abren las puertas de par en par al mérito, sin cortapisas artificiales ni títulos “oficiales”, y adquieren así un dinamismo extraordinario. En el directorio del California Nanosystems Institute en UCLA figuran profesores de la India, Chile, Suecia, Taiwán, Hungría, China, Corea, Francia, Japón e Israel. La mayoría hicieron su licenciatura en sus países de origen y sus doctorados en Estados Unidos, pero otros recibieron toda su formación académica en sus países de origen; entre ellos se encuentran un chileno, un sueco, un húngaro, un francés, un japonés y un israelí. Por ley natural y por sentido común, son los departamentos universitarios los que juzgan la idoneidad de los candidatos y hacen sus propuestas al presidente de la universidad, sin que a ninguna administración externa se le ocurra intervenir fijando las reglas de juego para un proceso de selección que es puramente académico.

            En resumen, los gobiernos españoles no dan muestras de comprender que su papel es establecer un marco idóneo que permita lograr el progreso objetivo del sistema universitario y de ciencia y tecnología. Su afán es al contrario controlar todo el sistema, con lo cual lo condenan al estancamiento perpetuo.

 



[1] El ejemplo más flagrante de huida hacia delante fue la pretensión del gobierno español de que el proyecto ITER estableciera su sede en España (véase el capítulo 8).

 

[2] La percepción pública inicial de este ministerio era que parecía funcionar como un ministerio de “Internet o de la tarifa plana”, ya que daban la impresión de conceder una importancia primordial a la introducción de  Internet (“las nuevas tecnologías”) en las escuelas primarias, de forma que nuestros niños aprendieran a enviar mensajes por correo electrónico a sus amigos y a otros estudiantes en otros países.

 

[3] Aunque no la controla mucho, porque al menor intento de reforma educativa o de reducción de sus privilegios relativos al sector privado, huelga.

 

[4] Por curiosidad consulté el Concordato entre España y la Santa Sede, y vi que en él se especifican las condiciones para que los títulos de las universidades de la Iglesia tengan validez “a efectos civiles”. Nada impediría al gobierno dejar de usar el adjetivo “oficial” en conexión con los títulos concedidos por las universidades públicas, y admitir sin mas a las oposiciones a los cuerpos superiores de la administración a los titulados de las universidades privadas que considerara de calidad suficiente. Esto debería estar basado simplemente en una medida administrativa ágil y flexible, sin el rango de una ley de las Cortes Generales.

 

[5] Véase el Apéndice B.