El sistema español de universidades y de ciencia y tecnología es causa
de un debate continuo entre diversos sectores de la sociedad. El trasfondo de
este debate es que hay un consenso general de que tanto las universidades como
la ciencia y tecnología españolas están muy lejos del nivel que debería tener
un país europeo con la décima economía mundial.
La preocupación de la sociedad por estas
cuestiones tiene una motivación que es compartida por todos los sectores
responsables: la calidad del sistema universitario y de ciencia y tecnología
contribuye de forma directa al desarrollo económico del país, a la mejora de la
calidad de vida y de la sanidad, y al logro de un mayor bienestar general de
los ciudadanos.
La investigación
científica y el desarrollo técnico son el resultado de un sistema complejo que
comienza en las universidades y que culmina en las empresas tecnológicas. El
nivel tecnológico de un país influye de forma directa en su desarrollo
económico, nivel de empleo y en su renta per capita. Suiza, una nación con un
nivel tecnológico alto y sin recursos naturales significativos, es una sociedad
basada en el conocimiento que tiene una renta per capita de $38.000 versus los
$14.000 de España. A grandes rasgos, los componentes esenciales de este sistema
científico y técnico son: las universidades, cuyas misiones principales
incluyen la formación de profesionales científicos y técnicos calificados, la investigación básica y la aplicada, y
la difusión de los conocimientos generados; los laboratorios no universitarios,
tanto públicos como los de la empresas privadas, que son la sede natural de la
investigación aplicada; y, por último, las empresas tecnológicas en las que la
tecnología propia es el activo principal, porque es la base de sus productos
competitivos y de alto valor añadido.
Este sistema tiene una
característica fundamental: todos sus componentes tienen que estar interconectados;
en caso contrario, el sistema deja de existir y es substituido por una serie de
actividades inconexas que no tienen una repercusión social significativa. Un
ejemplo ilustra este punto. Si una institución, como el Centro de Biología
Molecular del CSIC, produce un número de doctores que en su mayoría no pueden
encontrar empleos adecuados fuera del ámbito del propio Centro, entonces no
forma parte de un sistema científico y técnico, sino que es un circuito cerrado
sin repercusión social significativa.
El fallo esencial del
sistema español de universidades y de ciencia y tecnología es precisamente la
escasa conexión entre sus componentes. Muchos estamentos son responsables de
esta situación, pero una de las responsabilidades principales la tienen los
científicos e ingenieros que forman parte del sistema, entre los que se cuentan
los profesores universitarios y los investigadores de los organismos públicos
de investigación.
Desgraciadamente, en
vez de centrar el debate en las características técnicas objetivas del
problema, éste se ha politizado hasta alcanzar el paroxismo. Cuestiones que no
tienen nada que ver con la política se convierten en campos de batalla
partidistas, llegándose a hacer manifiestos en los que se proclama que todo lo
hecho por el gobierno anterior será deshecho y se volverá a empezar de nuevo.
Esta es la receta más segura para garantizar el fracaso de todo intento de reforma y progreso. Porque
la historia de las grandes universidades e instituciones científicas del mundo
apunta a un principio universal: todas han alcanzado la excelencia después de
décadas o siglos de estabilidad, en los que se han regido por una serie de
valores universales. Entre éstos ocupa un lugar clave la independencia del
poder político.
La politización tiene como consecuencia nociva el
extremo intervencionismo del gobierno central en todo lo relativo a las
universidades y a la ciencia y tecnología. Esto causa otro efecto perverso, ya
que la mayoría de los miembros del estamento universitario, científico y
técnico esperan que el gobierno solucione todos los problemas. Muchos de
nuestros jóvenes científicos e ingenieros, que deberían contarse entre los
miembros más libres y emprendedores de la sociedad, esperan que el gobierno les
solucione su vida profesional a través de la creación de un número creciente de
plazas de funcionarios. No se pone énfasis en la iniciativa y responsabilidad
personales.
La cantinela utilizada como excusa, mil veces
repetida, es que España dedica sólo el 0,9% de su PIB a ciencia y tecnología,
mientras que el promedio en la Unión Europea es del orden del 2%. Esto es
cierto, pero la conclusión que de ello pretende deducirse no es cierta, es
decir, la eliminación del atraso español no se logrará aumentando al nivel
europeo nuestro porcentaje del PIB dedicado a I+D. Esto puede verse claramente
analizando los datos siguientes. En el año 2001,[1]
los PIB español y suizo fueron $582 y $247 mil millones, respectivamente.
España con el 0,9% dedicó un total de $5,29 mil millones a I+D, mientras que
Suiza con su 2,75% dedicó $6,79 mil millones. El gasto suizo en I+D es por
tanto un 30% superior al español; pero el promedio de patentes suizas
registradas por año en Estados Unidos en el quinquenio 1997-2001 es 1.519
mientras que el promedio español es 154 patentes por año, es decir, el número
de patentes suizas es 9,9 veces superior al español.[2]
Por otra parte, el número de científicos suizos que figuran entre los autores
más citados en las revistas científicas y técnicas internacionales se eleva a
74,[3]
mientras que en España hay once autores entre los más citados. Estos dos
indicadores, de tecnología (medida por las patentes) y de ciencia (medida por
autores más citados), son respectivamente diez y siete veces mayores en Suiza que
en España, cuando el presupuesto suizo de I+D es aproximadamente un 30%
superior al español. Y Suiza logra todo esto partiendo de la base de unas seis
universidades investigadoras, un número que es unas 10 veces menor que el
número de universidades españolas, 71.[4]
Algunos de nuestros científicos, tanto dentro como
fuera de España, han logrado un alto grado de excelencia y una reputación
internacional. El problema no es el material humano. Como declaró Massagué, el
prominente científico catalán en el Instituto Sloan-Kettering de Nueva York:
“la mayor parte del talento (científico) del país se encuentra hoy día dentro
de España, y la mejor inversión que puede hacerse es cultivarlo.” Pero esta
misión no puede llevarse a cabo manteniendo las estructuras burocráticas,
medievales y politizadas del sistema universitario y científico español.
La eliminación del atraso secular español en la
calidad de las universidades, y en ciencia y tecnología, requiere la solución
de una serie de problemas políticos y culturales, previo al aumento de los
presupuestos. Esta solución requiere un Pacto de Estado entre los partidos
políticos principales, porque los cambios radicales necesarios sólo pueden
lograrse y mantenerse con un amplio consenso.
La solución es radical
porque el sistema antiguo tendrá que ser abandonado rápidamente, a medida que
se pone en marcha el nuevo sistema. Hay dos países que han hecho revoluciones
sociales y económicas de un calado todavía más profundo que el propuesto aquí.
En 1978 Deng Xiaoping introdujo en China una política de liberalización
económica, y desde entonces ésta dio como resultado un crecimiento medio del
PIB del orden del 10% anual. Con la introducción de la liberalización económica
por su Ministro de Finanzas Manmohan Singh en 1991, India ha gozado de un
crecimiento medio del PIB del 6%. Ambos cambios fueron radicales, ya que
supusieron el abandono del comunismo de Mao y del socialismo de Nehru, los
cuales fueron la causa directa del estancamiento económico de ambos países
durante décadas. También en los ámbitos científico y tecnológico, estos dos
países han experimentado un crecimiento espectacular, hasta el punto de que en
Estados Unidos se contempla con preocupación
un futuro en el que el liderazgo en esta esfera pueda pasar a estos dos
países.
Algunas de las medidas que deberán adoptarse en España
son: lograr que el sistema universitario y de ciencia y tecnología sea
independientes del poder político; conceder a las autonomías la plena soberanía
en el ámbito universitario, lo cual conlleva por un lado el que las
universidades puedan ser distintas entre si y por otro que cada una otorgue
títulos propios; y, por otra parte, eliminar el estatus de funcionario tanto
entre los profesores universitarios como entre los investigadores de los organismos
públicos de investigación. Estas soluciones estructurales no requieren el
aumento de los presupuestos.
Los problemas a que se refieren estas medidas forman
un entramado estructural, mezcla de características medievales y políticas, que
hace imposible la mejora de la calidad del sistema español de universidades y
de ciencia y tecnología.
Como no soy un visionario idealista, revolucionario o
radical, sino un científico que ha sido profesor en algunas universidades
norteamericanas y españolas, y que ha trabajado en laboratorios públicos y
privados norteamericanos y españoles, me abstengo de pontificar y de dar
opiniones. Lo que he intentado hacer es manifestar, a través de la descripción
de instituciones internacionales de prestigio mundial, que hay otra manera de
hacer las cosas a como se hacen en España, y que ello ha resultado en sistemas
universitarios y de ciencia y tecnología de una calidad claramente superior a
la de los sistemas españoles. En otras palabras, las soluciones radicales
mencionadas anteriormente no son nada revolucionarias, sino que son la norma en
los países de mayor pujanza científica y técnica, como Estados Unidos, Suiza y
el Reino Unido; otros países de alto desarrollo científico y técnico, como
Francia y Alemania, mantienen algunas estructuras anticuadas que limitan su
potencial científico y técnico.
El objetivo de este libro es describir los sistemas
científicos y técnicos de algunos países avanzados de nuestro entorno cultural
(Europa y los Estados Unidos) y contrastarlos con el sistema español, poniendo
un énfasis especial en las universidades públicas y privadas y en los
laboratorios públicos de investigación. Se identifican las tradiciones y los
valores universales de instituciones de gran prestigio internacional que puedan
ser asumidos por España, ya que son independientes de los niveles
presupuestarios.
En el capítulo 1 se dan datos que muestran el bajísimo
nivel tecnológico de España comparado con el de algunos países de nuestro
entorno (Suiza, Francia e Inglaterra).
La Universidad de California, la mejor universidad
pública de los Estados Unidos, es el tema del capítulo 2, en el que se da un
énfasis especial tanto a su sistema de gobierno e independencia del poder
político, como a sus contribuciones a
la ciencia, ingeniería y economía de California. En el capítulo 3 se describen
tres universidades privadas americanas emblemáticas: Harvard, Stanford y
Chicago; el acento aquí es en la evolución de sus tradiciones y valores
propios, al margen de cualquier influencia política, que dotan a cada una de
ellas de una excelencia única y característica.
Algunas universidades privadas españolas son el objeto
del capítulo 4. Entre ellas destaca la Universidad de Navarra, la de mayor
calidad entre las universidades españolas, públicas o privadas, resultado de un
sistema de valores académicos común al de las grandes universidades
extranjeras, laicas o confesionales; otras, como la Universidad Alfonso X El Sabio y la Universidad Camilo José Cela son,
simplemente, sociedades mercantiles con fines de lucro, de mayor o menor éxito
comercial y que, por sus objetivos, no pueden contemplar la excelencia
académica.
La tradición centralista y estatalista de Francia y
España lo invade todo, y da origen a organismos públicos de investigación centralizados
y burocratizados como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
y el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), cuyas contribuciones
a la ciencia, tecnología y economía de sus países siguen siendo objeto de
controversia. Estos son el tema del capítulo 6.
En
el capítulo 7 se describen algunos laboratorios públicos de Estados Unidos,
España y el Reino Unido. La cuestión no es comparar los presupuestos y medios
humanos y materiales, sino sus sistemas de gobierno y de personal. En Estados
Unidos y Reino Unido los laboratorios son públicos, pero independientes de los
gobiernos; mientras que en el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y
Tecnológicas (CIEMAT) español, el Consejo
de Ministros controla directamente las cuestiones relativas a la contratación,
categorías y ascensos del personal, lo cual produce un galimatías de personal
investigador que hace imposible el funcionamiento racional del laboratorio.
Un
suceso pintoresco tratado en el capítulo 8 fue la decisión del gobierno de
postular a España como sede del ITER, un proyecto gigantesco mundial sobre la
energía de fusión. Esta fue una decisión temeraria que, en caso de haber
triunfado, hubiera significado saltar de un presupuesto anual de fusión de $10 millones
a otro de entre $100 y $200 millones anuales, es decir, un aumento súbito por
un factor de entre 10 y 20, en un país subdesarrollado científicamente en
muchas áreas esenciales del conocimiento. Esto se hizo ignorando la historia de
la energía de fusión durante los últimos 50 años, una historia repleta de
pequeños progresos que no han resuelto los grandes problemas pendientes para
lograr la energía de fusión, un objetivo que se vislumbra como realizable en
los próximos 50 años.
El
capítulo 9 contiene una descripción de algunas instituciones que han logrado un
nivel extraordinario de excelencia: el Instituto Pasteur de París, el Instituto
Rockefeller de Investigación Médica (hoy Universidad Rockefeller) de Nueva York
y la Escuela Politécnica Federal de Zurich. Todas tienen en común una serie de
valores y tradiciones universales que han sido desarrolladas durante más de un
siglo de estabilidad, gozando para ello de plena independencia del poder
político. Con anterioridad al aumento de los presupuestos, son estas
tradiciones y valores los que tienen que implantarse en España para iniciar la
larga marcha hacia un sistema universitario y de ciencia y tecnología de nivel
internacional.
El déficit español en estructuras científicas y técnicas modernas se pone de manifiesto cuando se plantea el regreso de algunas figuras científicas del extranjero. Este es el caso de Mariano Barbacid, director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, una institución creada a su medida. Es imposible contemplar la incorporación de estas figuras (en la actualidad hay planes de atraer a Joan Massagué y a Salvador Moncada) a las estructuras funcionariales existentes en las universidades o en los organismos públicos de investigación, con sus escalafones y sueldos iguales para todo el mundo. Se pretende crear centros a su medida. Esto no es la solución, sino crear estructuras nuevas basadas en los valores universales del mundo científico y técnico internacional, en las que puedan incorporarse las figuras y otros investigadores que quieran regresar.
Por
último, en el Apéndice A, escrito conjuntamente con Manuel Cardona y resultado de
un largo diálogo, éste describe de forma lúcida las características tanto
positivas como negativas del sistema alemán de universidades y de ciencia y
tecnología. Asimismo, de forma franca y políticamente incorrecta, debatimos
sobre la endogamia en los distintos países, el CSIC y el CNRS, el flagelo de
los funcionarios investigadores,[5]
la importancia de las figuras científicas ejemplares, y el hecho de que dos universidades de prestigio e influencia
mundiales, Harvard y Stanford, no podrían existir con la fiscalidad que se
aplica en España a las instituciones sin fines de lucro y a las donaciones
filantrópicas. No, el problema más importante de la ciencia en España no es el
dinero. El Apéndice B es un comentario sobre el Pacto de Estado por la Ciencia,
un manifiesto de la élite de los científicos biomédicos españoles. Como todos
son funcionarios o reciben sus sueldos del sector público, dirigen su
manifiesto al Estado para que aumente los presupuestos y las plazas de
funcionarios investigadores. No dirigen sus llamamientos y acciones a las
empresas españolas, las cuales son las que tienen que jugar el papel esencial
para el despegue de la investigación y el desarrollo.
Quiero expresar
mi agradecimiento a las personas que me han facilitado información, bien
dándome o prestándome libros y documentos, o manteniendo conmigo diálogos y
contestando a mis preguntas. Si hay errores o inexactidudes en algunos de los
datos presentados, la responsabilidad es únicamente mía. Asimismo, las
opiniones sobre las distintas instituciones descritas son mías exclusivamente y
no reflejan las de las personas que amablemente me dieron información. Otras
personas leyeron el manuscrito e hicieron críticas y sugerencias que resultaron
en su mejora.
Walter Alvarez, catedrático de geología de la Universidad de
California en Berkeley, me reveló la solución de un enigma que me había
intrigado durante años: ¿Cuáles eran los orígenes familiares de su padre, Luis
W. Alvarez, premio Nobel de Física de 1968?
Arthur Bienenstock, decano de investigación de la Universidad de
Stanford, me aclaró cuestiones relativas al nombramiento de catedráticos y al
gobierno de la universidad.
Manuel Cardona, Director Emérito del Instituto Max Planck de Estado
Sólido de Stuttgart, coautor del Apéndice, me dio una información valiosa sobre
la habilitación en las universidades alemanas, la Sociedad Max Planck, el Centre
National de la Recherche Scientifique francés y el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas. También me transmitió algunos de sus vastos conocimientos
sobre los valores y tradiciones universales que imperan en el mundo científico
internacional.
Manuel Garcia Velarde, catedrático de física de la Universidad Complutense,
me comunicó una visión amplia sobre el entorno de las universidades públicas
españolas, por medio de conversaciones y la entrega de numerosos artículos
científicos y de prensa.
Pedro Gil, Vicerrector de la Universidad de Navarra, de forma
directa y abierta me informó sobre su universidad, sus valores, su historia y
su financiación. Guido Stein, secretario general de la universidad, contestó
con franqueza a todas mis preguntas, y Cristina Nuin, de la oficina de
relaciones públicas, organizó mi visita, facilitó mis entrevistas, y me proporcionó
varios libros y documentos.
Lucila Izquierdo, Secretaria General Técnica del CIEMAT,
me dio una visión clara de su Centro y me facilitó numerosos y valiosos
documentos sobre el mismo. Manuel Quinteiro y Jesús Sánchez Izquierdo, miembros
de la antigua Junta de Energía Nuclear (predecesora del CIEMAT), me hablaron de
sus experiencias y compartieron conmigo sus recuerdos.
William
Kastenberg, catedrático de ingeniería de la Universidad de
California en Berkeley, me dio información precisa sobre la remuneración
económica que reciben los catedráticos con cargo a los contratos de
investigación.
Juan Maldacena, catedrático de física de la Universidad de Harvard,
me facilitó una descripción detallada del proceso de nombramiento de
catedráticos en esta universidad.
Juan Mulet Meliá, Director de la Fundación Cotec, me dio
varias publicaciones de su Fundación con valiosa información sobre el sistema
español de ciencia y tecnología.
Fernando Murillo, investigador jubilado del antiguo
Instituto de Cultura Hispánica, me prestó diversos materiales de su extenso
archivo sobre cuestiones universitarias.
José Luis Olaizola, novelista ganador del premio Planeta
de 1983, se ofreció generosamente a leer críticamente el manuscrito. Sus
comentarios no sólo mejoraron el estilo del mismo, en particular me señaló
bastantes anglicismos, sino que también identificó algunas cuestiones
esenciales que no había tratado adecuadamente.
Lorenzo Plaza, investigador jubilado del CSIC, me habló de los
tiempos iniciales del Consejo y de algunas de sus personalidades y de su
calidad humana. Su hermana, Ana Plaza, antigua colaboradora del Consejo, me dio
un ejemplar del libro que su marido, Rafael Velasco, investigador del Consejo (fallecido), escribió sobre
Miguel Catalán, descubridor de los multipletes atómicos.
Juan Regidor,
profesor de investigación del CSIC en excedencia, y su mujer María Dolores
Conde, antigua directora de investigación de Explosivos Rio Tinto, me
facilitaron numerosos libros y documentos sobre el CSIC, patentes y
transferencia de tecnología.
Alejo Vidal-Cuadras, eurodiputado y catedrático de física
de la Universidad Autónoma de Barcelona, leyó críticamente una versión inicial
del manuscrito, sugirió varias mejoras y me animó a completarlo.
Manuel Villa
Cellino, Rector de la Universidad Antonio de Nebrija, me habló extensamente
sobre su universidad, sus valores (en especial sus criterios rigurosos de
selección de alumnos basados en el mérito), y sus aspiraciones; asimismo, me
proporcionó una valiosa documentación.
Mi mujer Ann Canosa, traductora jubilada del Ministerio
de Asuntos Exteriores, con su agudeza habitual para el lenguaje, leyó una parte
considerable del manuscrito y me señaló numerosos fallos de estilo, lo cual ha
resultado en una clara mejora del mismo.