REFLEXIONES FINALES

 

            En el primer párrafo del primer capítulo se manifiesta: los países con tecnología propia, con el 15% de la población mundial, generan la casi totalidad de las innovaciones tecnológicas y el 55,5% del producto bruto del mundo. España no está entre esos países, ni está en vías de lograrlo, porque tiene un sistema medieval de universidades y organismos públicos de investigación en los que los puestos clave, catedráticos y profesores de investigación, son funcionarios del Estado, y en el que el intervencionismo extremo del Gobierno es un mal endémico. El simbolismo en las  universidades es puramente medieval, con los nombramientos de catedráticos y profesores titulares firmados por el Rey.[1]

            A lo largo de este libro se han descrito algunas universidades y organismos de investigación, tanto públicos como privados, que destacan por su excelencia en el ámbito mundial. Este análisis ha puesto de manifiesto que la condición esencial para lograr la excelencia es la adopción de una serie de valores universales, los cuales resultan en formas de gobierno y de funcionamiento que son independientes de la titularidad pública o privada de las instituciones. Un ejemplo de esto es el método de selección de catedráticos en las universidades americanas, el cual es idéntico tanto para las universidades públicas como las  privadas.

            En lo que sigue trato de señalar y resumir algunas de las características principales de las instituciones de excelencia mundial descritas en este estudio. Estas deberían implantarse en España para iniciar la larga marcha que nos permita alcanzar un nivel científico y tecnológico equiparable al de los países de nuestro entorno cultural, lo cual redundaría en un mayor bienestar de los españoles. Estas características no están relacionadas con el nivel de financiación.

 

 

Las universidades como entes con identidad propia

 

            El sistema unificado de universidades públicas españolas es un fracaso; esto es un hecho probado a lo largo de varios siglos. Cada universidad tiene que ser distinta y desarrollar sus características y carácter propios; para lograr estos objetivos, es indispensable que las universidades tengan una independencia total del poder político. La Universidad de California y las EPF de Suiza son ejemplos claros de sistemas de gobierno de universidades públicas que son independientes del poder político; de hecho, ambas universidades tienen sistemas análogos: el poder político nombra a sus juntas de gobierno por períodos fijos de tiempo y las dota de plena soberanía. No hay ministro ni otra autoridad política que controle el funcionamiento de la universidad, ni normas generales de aplicación en todo el ámbito estatal para elegir a las autoridades académicas, como es el método pintoresco de elección de los rectores en España.[2] Una de las características esenciales de la Universidad de Cambridge (pública y privada) es ser una comunidad académica que goza de un autogobierno pleno y que se rige por un derecho consuetudinario propio que se ha desarrollado continuamente desde 1209.

            Para que cada universidad pueda llegar a ser distinta y desarrollar su propia excelencia, las gobiernos autonómicos tienen que lograr no la llamada autonomía sino la plena soberanía en el ámbito universitario. De esta forma, hay que esperar que los principios y valores universales sobre el gobierno y la organización de las universidades se vayan imponiendo paulatinamente porque, cuando surja una universidad pública basada en estos valores universales y en la independencia del poder político, las otras seguirán su ejemplo. Por supuesto, estos valores universales no contemplan la existencia de la figura profesor-funcionario.

            El problema de la endogamia se resolverá cuando haya una autoridad ejecutiva suprema en la universidad, es decir, un rector, un presidente, un canciller, separado e independiente del cuerpo de profesores, que tenga el poder inapelable de rechazar, cuando lo juzgue oportuno, las propuestas de nombramiento de profesores titulares y catedráticos hechas por los departamentos. Evidentemente, esto requiere que este rector o ejecutivo no sea profesor durante su mandato y que sea elegido por una junta de gobierno entre profesores o personalidades académicas de cualquier universidad, no por los profesores, estudiantes y otro personal de la misma universidad. Este es el sistema prevalente en algunas de las mejores universidades del mundo, como hemos descrito con bastante detalle en los casos de Harvard, UC, y EPF, y de la Universidad de Navarra la cual, aunque no está en la liga anterior, está basada en los valores universales citados.

            Es interesante señalar el voluntarismo bien intencionado del actual gobierno español para tratar de resolver el problema de la endogamia, del cual es plenamente consciente. Me refiero a la habilitación incorporada en la nueva Ley Orgánica de Universidades (LOU), y de aplicación en todo el ámbito estatal. La habilitación consiste en un examen estatal que habilita al que lo apruebe a presentarse a un concurso de acceso a una cátedra. La habilitación es un concepto originario de las universidades alemanas, en las que después de obtener el título de doctor es preciso hacer una especie de super-tesis para obtener la venia legendi (el derecho a enseñar). La habilitación alemana en la actualidad ha degenerado en un sistema en el que la edad media del habilitado es de unos 40 años, y solo después de esta edad alcanza la plena independencia investigadora. El resultado final, tal como lo describe Cardona de forma sucinta y lúcida en el Apéndice, es que la productividad científica alemana está en plena decadencia.

            Es muy interesante notar el hecho de que la EPF de Zurich, al ser una institución del ámbito universitario germánico, tenía incorporada la habilitación en su proceso de nombramiento de catedráticos. Esta característica  pintoresca y anticuada ha saltado por los aires cuando la EPFZ decidió intentar contratar a los mejores profesores del mundo.[3] No puede ni pensarse en la habilitación cuando uno quiere contratar a una eminencia de Harvard, de la Universidad de Kioto, o de Cambridge.

            Si el comienzo de solución del problema de las universidades públicas españolas requiere que las autonomías alcancen la plena soberanía sobre su ámbito universitario, es evidente que la primera y más básica expresión de esta soberanía es que cada universidad confiera exclusivamente títulos “propios”, lo cual requiere la desaparición de los títulos “oficiales”.

            La coordinación deseable entre las distintas universidades se logra en los distintos países por medio de la celebración de asambleas consultivas, conferencias de rectores, etc.

 

 

Escuelas Politécnicas Nacionales Españolas

 

            Lo revelador del ejemplo suizo es observar como unas pocas universidades investigadoras (cinco o seis) bastan para dotar a un país con uno de los niveles científicos y tecnológicos más altos del mundo, lo cual ha resultado a su vez en una industria farmacéutica y química que ocupa un lugar de liderazgo mundial.

            En vez de pensar en un proyecto faraónico como el ITER, en un área tan problemática como la energía de fusión (véase el capítulo 7), el Gobierno Central debería embarcarse en la aventura fascinante de crear un par de universidades tecnológicas, modeladas según las EPF suizas, una en Madrid y otra en Barcelona. Este tendría que ser un proyecto de Estado con la concurrencia de los dos partidos políticos principales. El material humano español tiene las mismas potencialidades que el de cualquier otro país, pero no ha tenido acceso a instituciones españolas organizadas según las pautas utilizadas universalmente en las grandes instituciones extranjeras. El impacto sobre el país podría ser espectacular.

            La soberanía nacional reside en el Congreso de los Diputados, y éste podría aprobar  las leyes necesarias para crear el nuevo marco institucional.  Naturalmente, las previsibles convulsiones y protestas que esta iniciativa causaría en el establecimiento universitario y científico convencional tendrían que ser ignoradas por completo. Existe un cuerpo de experiencia a nivel mundial sobre cómo proceder en la creación de nuevas universidades investigadoras. Los comienzos tienen que ser muy deliberados, respetando rigurosamente los principios y valores universales a los que he aludido anteriormente.

            Como ejemplo de este tipo de iniciativas, puede considerarse el caso de la Universidad de California, la cual está creando su décimo campus en Merced, una localidad en el Valle de San Joaquín.[4] Piensa abrir sus puertas en el otoño de 2004 y de momento UC ha nombrado a su Canciller y a ocho profesores. Esto sirve para ilustrar el hecho de que el establecimiento de una universidad investigadora procede lentamente y con mucha cautela, es decir, no se necesitan grandes presupuestos iniciales. Lo fundamental es sentar las bases rigurosas de una institución que aspire a la excelencia y que pueda durar hasta el fin de la civilización.

            Debe notarse que la EPF de Zurich fue creada en 1855 y tiene en la actualidad 11.700 alumnos. Su presupuesto anual es de unos €690 millones. En este siglo y medio de existencia su impacto en la ciencia, tecnología y economía suizas ha sido notable.

            El CSIC ha sido creado en 1939, y su presupuesto anual es de unos €421 millones. Su impacto en la ciencia, tecnología y economía españolas es menos que notable y sigue siendo objeto de controversia.

 

 

La universalidad actual de los estudios universitarios

 

            La explosión de la demanda de estudios universitarios es un fenómeno mundial. El aumento extraordinario en el número de alumnos ha tenido lugar incluso en países menos desarrollados. Esto es en si un fenómeno positivo, ya que cuanto mejor educados estén los ciudadanos mayor será el nivel de bienestar del conjunto de la sociedad en todos los aspectos (convivencia democrática, bienestar individual, competitividad económica, etc.). Un análisis profundo de la situación resultante ha sido realizado recientemente.[5]

            Esta aumento vertiginoso del número de estudiantes ha resultado en un problema bien definido, denominado masificación universitaria. Las universidades privadas de élite a nivel mundial no sufren el problema, puesto que imponen criterios muy selectivos para la admisión de estudiantes con el fin de mantener los niveles deseados de calidad. El ejemplo más notable de esta característica es el del California Institute of Technology que tiene el mismo número de estudiantes que hace unos 30 años, es decir, unos 2.100.[6]

            El problema de la masificación se da de forma aguda en las universidades públicas, las cuales se ven obligadas por los poderes públicos a dar cabida a las nuevas cohortes de estudiantes. Esto plantea inmediatamente la cuestión de la pérdida de calidad de la enseñanza universitaria, un problema que se manifiesta en muchos países.

            En España hay aproximadamente 65 universidades, la mayoría de ellas públicas. Las diferencias de calidad entre las mismas puede ser abismal, ya que su creación se ha hecho de forma bastante irreflexiva, respondiendo al criterio de una universidad en cada pueblo, para que nuestros hijos e hijas puedan estudiar sin abandonar el hogar paterno. Desde el punto de vista humano y familiar, esto es un objetivo loable, pero el problema de la calidad de la enseñanza universitaria tiene que ser encarado frontalmente, porque el futuro del país depende de esta calidad. Una universidad de calidad requiere, entre otras cosas, criterios de admisión de los alumnos basados en el mérito, y una masa crítica elevada de recursos económicos para la investigación. No todos los alumnos tienen la vocación, fuerza de voluntad o lo que sea, requeridas para realizar con éxito carreras de segundo ciclo (licenciaturas e ingenierías), por lo que un porcentaje notable de los mismos no termina los estudios, y esto es muy negativo tanto para los individuos implicados como para el país. Y ya no hablemos de los estudios de post-grado, masters y doctorados; no es posible tener estos programas en cada pueblo.

            Se llega así a lo obvio: tiene que haber una diferenciación entre los centros universitarios. Una diferenciación que separe las instituciones universitarias en dos categorías básicas: colegios universitarios en los que se imparten enseñanzas de un nivel máximo de licenciatura e ingeniería, pero donde no hay investigación; y universidades investigadoras, con programas rigurosos de doctorado y un nivel internacional de investigación.

            De hecho en los programas universitarios españoles actuales ya hay tres tramos: carreras técnicas o diplomaturas con un máximo de tres años (primer ciclo), licenciaturas o ingenierías con 4-6 años de estudios (segundo ciclo), y luego los programas de master y doctorados (tercer ciclo). El concepto de “una universidad en cada pueblo” debe cambiarse por “un colegio universitario de primer ciclo en cada pueblo”; si al terminar el primer ciclo de estudios, el estudiante quiere continuar con el segundo ciclo, tendría que desplazarse para asistir a un colegio universitario de segundo ciclo. De esta forma, se limitaría el fracaso escolar y tanto los estudiantes como la sociedad saldrían beneficiados. Los estudiantes con una vocación fuerte y los méritos necesarios serían admitidos directamente en colegios universitarios de segundo ciclo o en universidades investigadoras.

            Dado el estado actual de las universidades españolas y nuestra capacidad económica, una buena pregunta para los poderes públicos es: ¿cuántas universidades investigadoras de nivel internacional debe tener el país? Esto es más fácil de contestar con una perspectiva de corto plazo, porque este  número está limitado sobre todo por los recursos económicos disponibles. Los recursos humanos (profesores de nivel internacional de cualquier nacionalidad) no plantean ningún problema, porque éstos están disponibles tanto en España como en el extranjero.

            De todos modos, la creación de nuevas universidades investigadoras es un proceso muy lento, porque lo esencial es la adopción de los niveles internacionales de calidad y su desarrollo paulatino y consistente. En paralelo, podría procederse a la reorganización de las “universidades en cada pueblo” actuales para crear los colegios universitarios mencionados.

            España debe guiarse por la experiencia de países que han afrontado el mismo problema y han tratado de solucionarlo de forma racional. Como hemos descrito en el capítulo 2, el Estado de California ha establecido un sistema universitario público con instituciones separadas de tres niveles: (1) Community colleges, en los que se pueden hacer dos años de licenciatura y que corresponden aproximadamente al nivel del primer ciclo español (diplomaturas o carreras técnicas de tres años); son gratuitos y hay 108 en todo el Estado (“uno en cada pueblo”). (2) California State University, con estudios de licenciatura e ingeniería de cuatro años y algunos masters; dispone de 23 campus a lo largo del Estado y tiene un nivel testimonial de investigación. (3) La Universidad de California, un conjunto de nueve universidades investigadoras del máximo nivel, con sus campus en Berkeley, Los Angeles, San Diego, San Francisco, Santa Barbara, etc. Sólo los estudiantes que se gradúan en el bachillerato con las máximas calificaciones pueden aspirar a ir a UC (véase el capítulo 2 para más detalles).

            El Estado de Nueva York tiene también un sistema público extenso de instituciones universitarias, con cuatro categorías de centros universitarios.

 



[1] Hay una conexión entre la concesión de tierras y títulos nobiliarios por los reyes en la Edad Media, y la concesión en propiedad de una plaza de catedrático o profesor titular. De acuerdo con este sistema, un catedrático (por ejemplo, Javier Solana) puede en derecho reincorporarse a su cátedra después de décadas de ausencia. Es esto lo que entiendo por medieval.  Puede hacerse la misma reflexión con respecto a otros puestos del Estado ganados por oposición.

 

[2] En mayo de 2003, se celebraron elecciones para Rector de la Universidad Complutense de Madrid. La izquierda universitaria (incluía a la Federación Socialista Madrileña, Izquierda Unida, los sindicatos CC OO y UGT) presentó una candidatura única. Otro candidato quiso desligar su candidatura de cualquier “connotación política” (La Razón, 10 de abril 2003, p. 45). Esta politización extrema de la universidad es grotesca, surrealista y única en el mundo civilizado. No, el problema principal de la universidad española no es el presupuestario.

 

[3] A pesar de que alguien dijo que es casi tan difícil cambiar una universidad como trasladar un cementerio.

 

[4] www.ucmerced.edu

 

[5] Victor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez, Educación Superior y Futuro de España, Fundación Santillana, Madrid, 2001, p. 79.

 

[6] Véase la nota 23 de pie de página en el capítulo 2.