Los Research Councils ingleses

 

Estos son organismos públicos “no ministeriales” financiados principalmente por el Ministerio de Comercio e Industria (Department of Trade and Industry, DTI), a través de la Oficina de Ciencia y Tecnología (OST). Esto quiere decir que, aunque sus presupuestos son públicos y sus empleados lo son del gobierno, gozan de una autonomía considerable relativa al Ministerio.

Hay que aclarar una distinción importante entre el Reino Unido y España relativa a los empleados del gobierno. En España, la mayoría de los empleados del gobierno son funcionarios públicos que disfrutan de una seguridad total en el empleo. En el Reino Unido, los funcionarios públicos (civil servants) trabajan directamente para los ministerios y algunos de sus organismos,  y constituyen una fracción minoritaria de los empleados del gobierno. Puesto que los Consejos de Investigación son organismos públicos “no ministeriales”, ninguno de sus empleados es funcionario público, lo cual les dota de la misma flexibilidad laboral que la existente en el sector privado.[1] En particular, los Directores Generales Ejecutivos de los Consejos de Investigación reciben un sueldo que se negocia individualmente, con un bono por rendimiento que puede ascender hasta el 20% del sueldo.

Los Consejos de Investigación tienen una misión dual, un tanto compleja. Son por una parte organismos que administran y distribuyen fondos de investigación a las universidades; por otra parte, son organismos que realizan investigación en sus propios institutos. Los dos tercios de su presupuesto lo dedican a la financiación de la investigación en las universidades y a programas de formación de postgraduados, sobre todo a nivel de doctorado. Los programas de investigación y de formación de postgraduados se seleccionan de acuerdo con el llamado “principio de Haldane”, en el que prima absolutamente la calidad científica y no las consideraciones políticas. Este principio, que asegura la calidad y excelencia de la investigación, es respetado por los gobiernos sucesivos. Un tercio del presupuesto se dedica a investigación y desarrollo en institutos de los propios Consejos de Investigación.

Con estos dos mecanismos se logra una claridad total de objetivos: la formación postgraduada se lleva a cabo en las universidades, y como esta formación requiere absolutamente de una investigación universitaria vibrante, los Consejos de Investigación financian a ambas y éstas permanecen unidas. Este es el método más eficaz para separar la investigación universitaria de la investigación más aplicada, la cual se lleva a cabo en institutos y laboratorios no universitarios.

Los siete Consejos de Investigación tienen unos 10.000 empleados, de los cuales el 80% son personal científico y técnico que llevan a cabo investigación y desarrollo en sus propios institutos y en el Laboratorio Central de los Consejos de Investigación. El presupuesto total de los Consejos de Investigación se eleva a unos 2.400 millones de euros.

El Consejo del Laboratorio Central de los Consejos de Investigación es el organismo responsable de la operación del “laboratorio central” de los Consejos de Investigación. De hecho el “laboratorio central” está integrado por dos grandes laboratorios situados en lugares distintos, el Rutherford-Appleton Laboratory, y el Daresbury Laboratory; además, dispone también del  Chilbolton Observatory, una instalación con una antena de radar de 25 m de diámetro para estudios meteorológicos.

 

Objetivos. Los objetivos de los Consejos de Investigación son mejorar y ampliar “la base científica y tecnológica” del Reino Unido, la cual provee los conocimientos básicos necesarios para desarrollar los futuros avances tecnológicos, de los que dependen el progreso económico y las mejoras en la sanidad, bienestar social y calidad de vida.

La base científica y tecnológica es un concepto algo difuso. Está integrada en primer lugar por los medios humanos, es decir, por los investigadores y otro personal científico y técnico. Luego siguen las infraestructuras científicas y técnicas de todo tipo, universidades, laboratorios, bibliotecas, redes de ordenadores, etc.

Estos objetivos establecen con claridad el fin último de la investigación y desarrollo: el progreso económico y las mejoras en la sanidad, bienestar social y calidad de vida, y sirven al mismo tiempo de punto de referencia relativo al conflicto perenne entre la investigación básica y la aplicada.

Para lograr estos objetivos, los Consejos de Investigación promueven y financian la investigación básica y aplicada y la formación de postgraduados, dando un énfasis especial a las necesidades de las organizaciones e industrias que van a emplear a los graduados y a utilizar los resultados de la investigación, con el fin de aumentar la competitividad económica del Reino Unido.

Tomo como ejemplo al Consejo de Investigación de Ingeniería y Ciencias (EPSRC), el cual tiene un presupuesto de 700 millones de euros. Este Consejo financia la formación postgraduada y la investigación y desarrollo en áreas tan diversas como matemáticas puras y aplicadas, ciencias (física, química, biología), ingeniería de fabricación, prevención del crimen, transporte, sanidad y energía. Esto resulta en beneficios tangibles para las industrias manufactureras, químicas y farmacéuticas, de construcción, electrónicas y de comunicación.

En los últimos años,  el presupuesto para las matemáticas puras y aplicadas ha crecido paulatinamente, con el fin de ampliar sus aplicaciones en los campos de la ingeniería, la industria y el comercio. Un ejemplo de esto son las compañías financieras de la City de Londres, las cuales emplean un número importante de graduados en ciencias, ingeniería y matemáticas, incluso a nivel de doctores. Casi el 25% de los graduados en matemáticas encuentran su primer empleo en el sector de servicios financieros, y este porcentaje es del 10% para los graduados en ciencias e ingeniería. El atractivo de estos graduados para el sector financiero estriba en sus capacidades numéricas y de resolución cuantitativa de problemas. Incluso áreas de matemáticas avanzadas como las ecuaciones en derivadas parciales tienen aplicación en el área de instrumentos financieros complejos como los futuros y derivados.

La responsabilidad por la operación del Culham Laboratory de fusión nuclear ha sido transferida al EPSRC. Culham ha sido la sede del programa de fusión en el Reino Unido durante decenios, y es donde está instalado el Joint European Torus (JET), la máquina tokamak de confinamiento magnético de plasmas más grande del mundo. El JET es el fruto de la colaboración de 19 países europeos, y es la máquina europea precursora del ITER.

El EPSRC realiza un esfuerzo especial para asegurarse de que el personal formado y los conocimientos generados en sus programas se transfieren a la industria, al comercio y al gobierno. Esta es la política del gobierno, la cual emana a través de la Oficina de Ciencia y Tecnología (OST) del Ministerio de Comercio e Industria (DTI). Los miembros del EPSRC responsables de ejecutar esta política son el Director General Ejecutivo (el único miembro con dedicación exclusiva) y un Presidente y trece consejeros con funciones supervisoras. Diez de sus miembros son profesores universitarios, tres miembros (doctores) trabajan en la industria y los otros dos (también doctores) pertenecen al DTI y al Ministerio de Defensa. La preponderancia científica y técnica es clara, aunque los dos representantes de los dos ministerios velan por el cumplimiento de las directivas del gobierno. Pero éste no está satisfecho sólo con este control. El Primer Ministro, Blair, ha establecido una evaluación sistemática quinquenal de todos los Consejos de Investigación. El objetivo de esta evaluación periódica es analizar el funcionamiento y resultados de cada Consejo, y su conformidad con la política del gobierno. Esta evaluación escrita presentada al Gobierno puede conducir en principio a una organización distinta de los Consejos, a su abolición, a su consolidación con otro Consejo, a su privatización o a su adscripción al DTI, poniendo fin a su autonomía. Esta manera de exigir responsabilidades a los Consejos no sería posible si el personal científico y técnico fueran funcionarios inamovibles.

Llevar a la práctica  la política del gobierno es ciertamente un desafío difícil, sobre todo en ciertas áreas como la fusión nuclear, en donde el objetivo esencial es conseguir un reactor que genere energía eléctrica a partir de las reacciones nucleares de fusión. Este objetivo, perseguido por todos los países avanzados en los últimos 50 años, está todavía lejos de conseguirse y ya ha consumido miles de millones de euros a nivel mundial.

La nueva ciencia generada en el programa de fusión, la física de plasmas (gases totalmente ionizados), ha sido el origen de algunas aplicaciones importantes, como las pantallas planas de plasma, el uso de técnicas de pulverización con plasmas para recubrir superficies de polímeros utilizados en medios magnéticos de grabación, el uso de procesos de plasmas en la fabricación de chips como el Pentium, etc. La cuestión que deben plantearse los responsables de la política científica es la de juzgar si estas tecnologías no podrían haber sido desarrolladas a un coste muy inferior, sin necesidad de perseguir el Santo Grial de la fusión durante medio siglo.

Mientras haya ciencia y científicos habrá siempre una “lucha de clases” irresoluble entre los científicos, por un lado, y los administradores y políticos que proveen los dineros para la ciencia, por el otro. Los científicos puros, por naturaleza, persiguen el conocimiento como un fin en si mismo, sin considerar sus posibles aplicaciones. Todos los desarrollos tecnológicos están basados en descubrimientos científicos anteriores. Pero también es cierto que la investigación aplicada existe, con la que pueden obtenerse resultados prácticos mucho más rápidamente que con la investigación pura. En las sociedades avanzadas, los responsables de la política científica saben que un cierto volumen de investigación pura es esencial y debe ser financiada, sobre todo en las universidades que son la sede natural de la investigación pura.

La cuestión es distinta cuando los gobiernos crean laboratorios “nacionales” para lograr también objetivos “nacionales”. Estos objetivos no son otros que mejorar la economía, la sanidad, el bienestar social y la calidad de vida. Los laboratorios nacionales persiguen en teoría estos objetivos nacionales en todos los países. El ejemplo de la fusión nuclear ilustra esto claramente. Los gobiernos de todo el mundo desarrollado no crearon los laboratorios de fusión para promover la ciencia de la física del plasma. No, los crearon para desarrollar un reactor que produjese energía eléctrica ilimitada con un mínimo de  contaminación ambiental.

Otro caso singular es la física de partículas o de alta energía, en donde se persiguen, por definición, objetivos científicos puros. Los aceleradores de partículas con los que se investiga la estructura fundamental de la materia son las instalaciones científicas más grandes y más caras. Los físicos de alta energía alegan, por supuesto, que los conocimientos fundamentales adquiridos justifican los enormes presupuestos invertidos. El Consejo de Investigación de Astronomía y Física de Partículas (APPRC) realiza investigación pura en estas dos áreas. Esta es su misión principal. La investigación pura genera nuevos conocimientos y trata de elucidar algunas de las cuestiones científicas  más fundamentales: ¿qué es y cómo funciona un agujero negro?, ¿qué pasó en el primer segundo después del big bang?, ¿cuál es la masa de los neutrinos?, etc. Está claro que la resolución de cuestiones de este tipo se traduce en que unos pocos científicos saben más, pero no tiene un impacto social previsible. Enfrentado con la presión del gobierno de “contribuir a la sociedad”,  el APPRC manifiesta que su contribución principal es la formación de científicos de categoría mundial. Yo creo que éste es el argumento y la defensa más sólidos de los programas de astronomía y de física de partículas. Cuando en la Segunda Guerra Mundial se desató la carrera por la bomba atómica entre Alemania y los aliados occidentales, fueron los científicos puros europeos y americanos, reconvertidos rápidamente en científicos aplicados, los que hicieron las contribuciones decisivas al proyecto de la bomba atómica en Los Alamos.[2] Por otra parte, en el presupuesto de €332 millones del APPRC para 2001, €2 millones (el 0.6% del total) están asignados a “explotación tecnológica”, lo cual demuestra que ésta apenas existe.

Claramente, son los responsables políticos al más alto nivel los que tienen que decidir, con base a consideraciones del interés nacional, el nivel del esfuerzo en esta área. Los físicos de alta  energía también aducen siempre que se obtienen resultados tecnológicos importantes, fruto del enorme esfuerzo tecnológico necesario para construir y operar un acelerador. Por ejemplo, señalan los resultados obtenidos en la tecnología del magnetismo basada en superconductores, surgida de la construcción de los imanes gigantescos requeridos por los aceleradores. Pero está claro que estos resultados tecnológicos pueden ser obtenidos igualmente como fruto de investigaciones aplicadas, sin necesidad de construir los aceleradores. Salvando las distancias en el tiempo, la tecnología del magnetismo de vanguardia a finales de los años 20, utilizada por Lawrence en uno de sus primeros ciclotrones, había sido desarrollada en relación con la ingeniería de radio (véase el capítulo 2).

A mediados de los 90, Tim Berners-Lee, un informático inglés del Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN) inventó la World Wide Web, el estándar mundial de software y comunicaciones utilizado para acceder a Internet. La motivación inicial fue facilitar el intercambio instantáneo de información entre los grupos de física de alta energía de todo el mundo. Debe notarse que este software no tiene una relación directa con la física de alta energía, y sirve igualmente para el intercambio de información de cualquier tipo: arte, literatura, datos bancarios, bolsas de valores, etc., es decir, lo que hoy llamamos simplemente Internet.

Las revisiones quinquenales de los Consejos de Investigación instituidas por el gobierno británico tienen como objeto examinar y establecer en qué medida los Consejos Científicos han puesto en práctica las actuaciones en materia científica establecidas por el Gobierno.

Uno de los indicadores del rendimiento de los Consejos de Investigación es el número de artículos publicados en las revistas internacionales y su índice de impacto,[3] así como el número de doctores graduados en sus programas. Un identificador claro y valioso es la determinación cuantitativa de los gastos de administración como porcentaje del presupuesto total de los Consejos. Existe una insatisfacción manifiesta con el indicador de artículos publicados, porque éstos no miden en absoluto el impacto del trabajo en los objetivos “nacionales” (crecimiento económico, mejora en la sanidad, etc.). Los Consejos están preocupados por el problema, porque el gobierno también lo está, y siguen trabajando en la identificación de otros indicadores.

Una manera de hacerlo es llevar a cabo cada cinco o seis años un ejercicio de control para identificar los resultados “nacionales” concretos que hayan surgido de los presupuestos de investigación y desarrollo, ya sea del último período de cinco años o de períodos anteriores.

Una de las recomendaciones de la última revisión sobre el funcionamiento de los Consejos de Investigación es el nuevo sistema denominado Cuentas de Formación de Doctores (DTA). Este consiste en la asignación a una universidad de una cantidad total para la formación de doctores en un área determinada. La universidad tiene la facultad de distribuir estos fondos de forma discrecional, dentro del área de actuación del Consejo de Investigación que los asigna. Uno de los objetivos de esta discrecionalidad es que los candidatos a doctor reciban una beca cuya cuantía varíe según la demanda del mercado en las diferentes disciplinas. La cuantía mínima de las becas se establece en unos €16.000 anuales. La finalidad de este mínimo es que las universidades no utilicen esta flexibilidad para atraer a un mayor número de estudiantes de doctorado, en detrimento de su calidad.

Otra recomendación de la revisión es que deben fomentarse los proyectos de doctorado en los que se desarrolle la creatividad valorada por las empresas.

 

Interacciones con las empresas.  Por iniciativa de las universidades y de las empresas, se han creado unas asociaciones universidad-empresa denominadas Faraday Partnerships, cuya finalidad es establecer un marco para la colaboración entre universidades y empresas en áreas tecnológicas y proyectos concretos. En la actualidad funcionan 24 Asociaciones Faraday en áreas tan diversas como regeneración de entornos naturales contaminados, automoción y aeroespacio, tratamiento digital de imágenes, plásticos, genética y genómica de animales de granja, proceso de alimentos, técnicas de radio de alta potencia, etc.

Como ejemplo de las Asociaciones Faraday, el núcleo duro de la Asociación Pro-bio (Pro-bio Faraday Partnership)[4] está integrada por:

 

C-Tech Innovation Limited

UMIST (University of Manchester Institute of Science and Technology)

University College London

University of Edinburgh

Cambridge University

BHR Solutions

 

Esta Asociación tiene como objetivo responder al desafío de integrar los avances en biociencias con los equipos y procesos necesarios para estimular y desarrollar una industria química y farmacéutica más dinámica. La Asociación incluye a nueve universidades con capacidades clave en ciencias biológicas, en química e ingeniería. Las áreas de investigación identificadas son:

Descubrimiento y desarrollo de biocatalizadores

Desarrollo de procesos integrados

Diseño y modelación de procesos

Las propuestas de investigación serán agrupadas para crear programas significativos de investigación, y serán presentadas tanto al Consejo de Investigación de Ingeniería y Ciencias como a otras fuentes de financiación.

Conclusión

Una de las características del sistema británico de ciencia y tecnología es su independencia y autonomía con respecto al Gobierno, ya que los Consejos de Investigación son organismos públicos “no ministeriales”. La contrapartida de esta autonomía es su responsabilidad de alcanzar los objetivos fijados por el Gobierno. Cada cinco años, se procede a una evaluación en profundidad de los Consejos de Investigación, cuyo resultado es un informe sobre los mismos que debe presentarse ante el Parlamento para su debate. Esta evaluación puede dar lugar a que un Consejo determinado sea abolido, privatizado o adscrito directamente a un ministerio.

El “sistema” británico de ciencia y tecnología funciona relativamente bien. Es todo menos un sistema, ya que está basado en tradiciones desarrolladas durante siglos y que han resultado en situaciones incomprensibles para los no británicos, pero que han demostrado su eficacia. La mejor universidad científica inglesa, Cambridge, es en palabras de su Canciller una “organización compleja”, porque tiene algunas características que vienen de siglos atrás; por ejemplo, los profesores están encuadrados en facultades (lo normal en todo el mundo) y también en algunos “sindicatos” (syndicates), unos organismos similares a las facultades pero que solo un inglés es capaz de comprender.

Una medida global de la salud de la ciencia en el Reino Unido está dada por los datos siguientes: en los 60 ganó 11 premios Nobel en Química, Física y Medicina, 13 en los 70, cuatro en los 80 y dos en los 90. Entre los científicos más citados del mundo, se encuentran 69 autores británicos, un número superior al de Alemania y Francia juntos (66).[5]

 

 



[1] Hay muchas características de la cultura británica que son difíciles de comprender para los españoles y franceses, acostumbrados al poder regulador omnímodo del gobierno central. Por ejemplo, las universidades de Oxford y Cambridge, ¿son públicas o privadas? La respuesta correcta es: son públicas y privadas. Los famosos colegios de las dos Universidades, por ejemplo el King´s College  de Cambridge fundado en 1441 por el rey Enrique VI,  son corporaciones privadas con Rector, socios (fellows) y activos propios (edificios, capital mobiliario, etc.). La Universidad otorga los títulos y dispone de instalaciones propias (aulas, bibliotecas, laboratorios) ajenas a los colegios, financiadas en parte por el gobierno, el cual provee aproximadamente el 50% del presupuesto; el otro 50% se obtiene de contratos de investigación, de las rentas del capital propio de la universidad,  donaciones, etc. Tiene unos estatutos que datan del siglo XIII y que sólo pueden ser modificados por la Reina. Los profesores de la universidad son nombrados por la universidad y pagados por la universidad, pero no son funcionarios, y hay normas explícitas para su despido.  Después de su nombramiento, los colegios ofrecen generalmente a los profesores un puesto de fellow, lo cual conlleva un sueldo suplementario. Los colegios nombran a sus fellows independientemente de la universidad, y éstos a su vez pueden ser nombrados más tarde profesores de la universidad.  La independencia de los colegios con respecto al gobierno es total; esto quedó establecido en 1689, cuando los fellows del King´s College rechazaron el nombramiento de Isaac Newton como su Rector, hecho por el rey Guillermo III. No es posible estudiar en la universidad sin haber sido admitido previamente por alguno de los colegios, donde los estudiantes viven y reciben tutorías individualmente, la característica más marcada del sistema educativo de Oxford y Cambridge.  Además de las tutorías, los estudiantes asisten a “algunas clases” en la universidad. En Oxford sólo hay un examen, al final de los tres años de la licenciatura; en Cambridge, hay dos: uno “a mitad de camino” y otro al final.

 

 

[2] Véase la nota 49 de pie de página en el capítulo 3.

 

[3] Véase el Apéndice B.

 

[4] www.faradaypartnerships.org.uk

 

[5] Véase Publicaciones y citas científicas como justificación en el Apéndice B.