El Instituto Rockefeller de Investigación Médica

 

            Este instituto tiene una historia muy rica como exponente de la filantropía americana de principios del siglo XX. Mi intención es dar una descripción somera del mismo, que sirva para resaltar los valores e ideales universales que fueron la base de su fundación, muy análogos a los del Instituto Pasteur.

            El Instituto Rockefeller fue fundado en 1901 en Nueva York como una institución dedicada exclusivamente a la investigación médica. En los Estados Unidos no había precedentes que pudieran servir de guía para crear un instituto de este tipo, por lo que se tuvieron en cuenta el Instituto Pasteur y el Instituto Koch de Enfermedades Infecciosas creado en Berlín en 1891. Sus comienzos fueron muy modestos, debido a las malas experiencias que tuvo que soportar Rockefeller con la fundación de la Universidad de Chicago, bajo el liderazgo del Presidente Harper.[1]  El benefactor estaba muy preocupado con la posibilidad de que el Instituto confiara exclusivamente en su apoyo económico, y no desarrollara la capacidad de generar parte de sus propios recursos, de acuerdo con la ética protestante del trabajo.[2]

            Con el asesoramiento de su colaborador, Frederick Gates, la preocupación inicial de Rockefeller fue seleccionar a los médicos más eminentes. En esta selección contó con la colaboración de William Welch, primer decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, establecida a finales del siglo XIX de acuerdo con los estándares de investigación médica de las universidades alemanas. Welch contrató al primer director del Instituto, Simon Flexner, profesor de patología de la Universidad de Pennsylvania.

            Welch fue el primer Presidente del Consejo de Administración del Instituto, del que también formaban parte el Dr. Flexner, Gates y el hijo de Rockefeller, John, conocido como Junior. Inicialmente, el Instituto tenía su sede en unos locales alquilados modestos, y en 1906 ocupó un edificio nuevo de seis plantas. Durante bastante tiempo, Rockefeller se abstuvo de interferir con el Instituto y, sólo varios años después de la inauguración de la nueva sede, su hijo le espetó: “Padre, nunca has estado en el Instituto. Cojamos un taxi y visitémoslo.”[3] Un médico les guió a través de una visita breve. Rockefeller le dio las gracias, salió y nunca más regresó.

            Esto viene a cuento de que, aunque Rockefeller era un hombre tímido, su actitud con respecto al Instituto era de un profundo respeto hacia sus eminencias médicas, y estaba motivada por el sincero deseo de no interferir en su trabajo. No obstante, con la excepción de Standard Oil, Rockefeller estuvo más orgulloso del Instituto que de ninguna otra de sus creaciones. Se mantenía informado con todo detalle de sus investigaciones y, cuando se lograba algún descubrimiento excepcional, se le llegaban a escapar lágrimas de alegría.

            Un hito del Rockefeller fue el desarrollo por el Dr. Flexner de un suero que demostró su eficacia en el tratamiento de la meningitis cerebroespinal, y que salvó las vidas de cientos de neoyorquinos, tratados gratuitamente. En 1907, John Jr. le indicó a su padre que había llegado el momento de construir el pequeño hospital adyacente al Instituto que se había prometido a Flexner. El coste total de construcción y del patrimonio[4] del hospital era de $8 millones, una suma considerable en aquel entonces. El triunfo del suero de Flexner fue decisivo y Rockefeller, en homenaje a este descubrimiento, anunció la creación de un hospital de 60 camas con un pabellón de aislamiento de nueve camas. El hospital fue inaugurado en 1910 y ofrecía tratamiento gratuito a todos los pacientes afectados de las enfermedades infecciosas en las que estaba especializado.

            Flexner se reveló posteriormente como un cazatalentos excepcional. Entre otros, contrató a un científico experimental japonés, Hideyo Noguchi, que llevó a cabo investigaciones pioneras sobre la sífilis. Pero su contratación más famosa fue la del cirujano francés Alexis Carrel, entonces establecido en Chicago. El Dr. Carrel fue el primer cirujano que, con una técnica de su invención, pudo volver a juntar arterias y venas que habían sido seccionadas, con lo que se salvó la vida de pacientes que hasta entonces estaban condenados a morir a causa de la hemorragia. Carrel ganó el premio Nobel de Medicina en 1912, el primero logrado en Estados Unidos. En un memorándum a Rockefeller escrito por Gates, le manifestaba: “los valores de la investigación médica son los más universales, porque son los más valiosos y los que impactan de forma más íntima a cualquier ser humano.”

            El Instituto se consolidó como una fundación independiente establecida a perpetuidad, con unos estatutos que crearon dos consejos de gobierno: uno de consejeros científicos con un control absoluto sobre la investigación, y otro de consejeros fiscales con control sobre los presupuestos. El conflicto perpetuo entre los investigadores (“queremos más dinero”) y los financieros (“esto es lo que hay”) fue así resuelto de forma inteligente: “esto es lo que hay pero sois vosotros quienes decidís en lo que se ha de emplear.”

            En 1965 el Instituto se convirtió en la Universidad Rockefeller, una institución peculiar en donde sólo se realizan estudios médicos post-graduados e investigación. Al llegar a los años 70, esta institución había producido un total de 16 premios Nobel.

            El Instituto Pasteur está dedicado a la investigación y a la asistencia clínica, pero tiene quizás una vertiente clínica más acusada que la Universidad Rockefeller, y naturalmente la dotación económica del Pasteur es en la actualidad muy inferior a la de la Rockefeller. Mi interés en describir ambas joyas de la medicina mundial ha sido para poner de manifiesto sus ideales comunes de servicio a la humanidad a través de la investigación, y resaltar el hecho de que estos patrimonios de la humanidad sólo se construyen por medio del mantenimiento y desarrollo de estos ideales durante muchas décadas, libres de cualquier control político.

 



[1] Véase el capítulo 3.

 

[2] La Fundación Rockefeller ha sido uno de los motores más importantes del desarrollo de la ciencia en el siglo XX. Su influencia se hizo sentir también en España, ya que donó los fondos para la construcción del Instituto de Física y Química en 1926, también conocido como “el Rockefeller”. En 1936, Winston Churchill le rindió homenaje: “Cuando la historia pronuncie su veredicto final sobre John D. Rockefeller, es probable que su apoyo a la investigación será reconocido como un hito en el progreso de la humanidad ... La ciencia en la actualidad debe tanto a los hombres ricos, generosos y visionarios, como el arte del Renacimiento debe al patrocinio de Papas y Príncipes. Entre estos hombres ricos, John D. Rockefeller es el exponente supremo.” (Chernow, ob. citada, p. 479).

 

[3] Chernow, ob. citada, p. 475.

 

[4] La palabra inglesa endowment (patrimonio) tiene un significado preciso en Estados Unidos, en relación con instituciones educativas y de investigación sin fines de lucro. El ejemplo más claro es el de una cátedra patrocinada (endowed chair): un benefactor dona el capital para crear una cátedra que lleva su nombre, de tal cuantía que la renta del endowment (capital o patrimonio) es suficiente para pagar el sueldo y otros gastos del catedrático a perpetuidad. Cuando un catedrático se retira, la cátedra patrocinada se concede a otro. En el caso de un hospital, no sólo hay que pagar su construcción sino que hay que donar un capital cuya renta sufraga en todo o en parte los costes de funcionamiento.